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by Paulina Barbosa —Mexico.

Teníamos meses planeando el viaje, sabía que él tenía todo bajo control, sabía que la luna de miel sería perfecta, llena de aventuras y lugares por conocer, al menos no esperaba lo que realmente pasó. Ambos amábamos la aventura, antes de conocernos éramos exploradores natos, mientras yo había recorrido algunas partes de la selva Amazónica, él había ido en varias ocasiones al Tibet y de safari en África.

Una amiga nos presentó, quizá pensó que nos llevaríamos bien o no sé, pero fue amor a primera vista, amor por el otro y un espíritu aventurero compartido. Teníamos seis meses saliendo cuando me propuso matrimonio, no lo dudé, aunque decidimos que haríamos la luna de miel antes de la boda.

A pesar de todos los kilómetros recorridos por nuestra cuenta, aún había un sitio que ninguno había pisado, aunque nos costó trabajo encontrarlo. Decidimos comenzar el viaje en Irlanda, de allí habíamos pensado viajar hacía Reino Unido, de ahí a Ámsterdam y concluir nuestro viaje en Noruega. Pero nada de eso pasó.

Llegamos a Dublín como lo esperado, de ahí viajamos a Galway y finalmente nos instalamos en la isla de Inisheer, era un lugar pequeño acogedor en todo sentido, un lugar para recorrerlo a pie, visitamos el faro y la zona de la bahía.

Teníamos dos días, que íbamos de una atracción turística a otra, así que al final del segundo era normal que termináramos agotados, pero debido al cambio de horario no pude dormir, dejé a Mika completamente dormido y me puse a deambular por el cuarto de hotel. Eran las dos de la mañana y seguía sin poder conciliar el sueño cuando un leve zumbido lleno el ambiente. Abrí curiosa las persianas, sorprendentemente no estaba oscuro, era un cielo de madrugada iluminado, la luz se volvió tan intensa casi como el sonido, Mika se levantó de golpe apretando sus oídos, me miraba extrañado, cerró las persianas, vi sus labios moverse pero no alcanzaba a escuchar lo que decía, me tomó del brazo y me jaló de vuelta a la cama.

Desperté cuando me dio un beso en la mejilla, eran las 10:30, sería otro día ocupado.

  • ¿Crees que lo soñamos? – dije mientras me arreglaba frente al espejo
  • No lo sé, fue extraño – miró el reloj, tomó la mochila – Vamos, se hace tarde, tenemos mucho que hacer, espero que ya hayan preparado el desayuno

Lo seguí por el pasillo, no había nadie, no se escuchaba ni un sonido, se me hizo raro y podía notar el nerviosismo de él en cada paso que daba.

Bajamos hasta el área común, nada o nadie.

  • Extraño, ayer este lugar estaba lleno de mochileros – asentí, dejó caer la mochila y se dirigió a la cocina, le seguí para no quedarme ahí
  • Mika, no hay nadie – él asintió
  • Tranquila Cathy, quizá es día festivo – asentí – Vamos, salgamos de aquí

 

Afuera parecía un pueblo fantasma, no había movimiento alguno. Ni sonido, ni nada similar, nada. Mika y yo recorrimos cada rincón y cada calle que encontramos sin éxito. no había ¡Nadie! Tenía rato llamando a casa y no había línea, estaba agotada de seguir a Mika, quién por ser más alto se movía mucho más rápido que yo. Finalmente, me dejé caer a mitad de un cruce y me puse a lloriquear suavemente.

  • Es el fin – solté – somos los únicos que quedamos
  • Cathy, vamos, quítate del camino – intentó levantarme sin éxito
  • ¿Temes que me atropellen? – del llanto pase a la risa – vamos, ¿no lo ves? Somos los únicos aquí

Mika me ignoró, siguió caminando hasta que le perdí de vista. Me quedé ahí sentada largo rato, hasta que me percaté que debía estar atardeciendo, pero no, el cielo seguía igual de claro como si recién comenzara la mañana. Después de un rato, escuché un carro aproximarse, me incorporé radiante y con cierta esperanza hasta que vi que quién conducía era Mika, se detuvo junto a mí y me abrió la puerta.

  • Vamos, haremos esto con estilo – subí a la camioneta, al menos era más acogedora que el pavimento

Conducimos hasta las afueras, sin encontrar otros autos, sin encontrar un alma en el camino, llegamos hasta el faro. Subimos hasta el foco, esperando tener una mejor perspectiva de la isla, pero era claro que no había nadie más.

Al cabo de un par de horas regresamos al pueblo y al hostel. Me metí directo a la cama sin siquiera quitarme la ropa, Mika tomó la computadora.

  • ¿Aún hay internet?
  • Sí, pero no han actualizado las páginas de noticias – lo escuché maldecir por lo bajo – No hay nada, ni siquiera hay movimiento en las redes – cerró de golpe la computadora y se metió conmigo a las cobijas
  • ¿Qué hora es?
  • Casi media noche
  • Y aún hay luz

Nos quedamos dormidos, secretamente los dos esperábamos que todo esto fuera sólo un mal sueño y que al día siguiente todo iría normal. Pero eso no pasó.

Al día siguiente seguíamos siendo los únicos seres vivos en el planeta. Dos seres humanos hambrientos que optaron por ir a la tienda más cercana y saquearla. Luego, Mika me pidió que señalara la casa que más me gustara, así lo hice y dirigimos nuestros pasos hacía allí.

Han transcurrido varios meses desde entonces. No hemos visto a nadie más, por el momento comprendemos que somos nosotros, dos extranjeros en tierra ajena los únicos sobrevivientes de una especie de apocalipsis que desterró todo rastro de la humanidad, nosotros, y aún no comprendíamos el por qué.

Recorríamos la isla buscando señales de vida, pero nunca teníamos éxito, veíamos aves, ganado, pero no, no personas, después de una semana nos rendimos. Habíamos saqueado cada tienda a nuestro paso, pero igualmente el agua comenzó a escasear y cuando la instalación eléctrica fallo, la comida se fue echando a perder.

Íbamos de una casa a otra, marcando aquellas donde sabíamos no había nadie. Así fueron nuestras primeras semanas. Mika trataba de hacerme sentir bien, de hacerme sonreír, pero por mucho que aún lo amara, sentía nostalgia por mi casa, lamentaba no haberme despedido en persona de mi padre o haberme dado tiempo para salir con mi grupo de amigos antes del viaje. Incluso me lamenté por dejar un libro a medio leer.

 

Nunca anochece, el clima parece estático, y salvo por esporádicas lluvias o la neblina que cubre la bahía, todo nos da la sensación de estar en el limbo.

  • ¿Crees que haya más gente como nosotros? – solté un día en el desayuno
  • ¿Atrapados? – preguntó Mika mirando su plato de avena
  • Vivos
  • No lo sé Cathy, ojalá pudiera decir porque nos sucedió esto, pero lamento no tener respuestas
  • No lo sientas, no es tu culpa

Nuestras conversaciones se han vuelto cada vez más esporádicas, a veces pasamos todo el día separados, otras gritándonos, pero al llegar la hora de dormir nos abrazamos para reconfortarnos. Lo cierto, es que ya no hablamos del futuro, porque no sabemos si habrá uno. Por ahora estamos aquí, atrapados, dos supervivientes del apocalipsis. Al menos estaremos aquí hasta que los víveres escaseen o estemos imposibilitados para conseguir agua, aquí, atrapados. Y… solos.

 

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