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by Pedro García

La vida en el olvidado valle de Tron era tranquila. Apenas llegaban noticias de más allá de las boscosas montañas que lo rodeaban y mucho menos extranjeros que perturbaran a sus escasos habitantes. Sus vidas eran como una parsimoniosa rueda de molino, marcadas por las estaciones que regulaban las labores agrícolas. Así había sido siempre, o al menos según lo que contaban los casi centenarios ancianos de largas barbas blancas.

Los caminos que llevaban hasta la pequeña aldea no aparecían en los mapas desde hacía casi cien años. Habían sido invadidos por las zarzas, y sus puentes, derribados por el paso del tiempo, no eran más que un montón de piedras cubiertas de musgo bajo las aguas cristalinas de sus ríos.

Pero no todo dura eternamente. Una noche, arropado por la oscuridad y guiado por los espíritus antiguos de la naturaleza, un joven llamado Bartar encontró los ancestrales senderos que llevaban hasta este rincón apartado del reino. Él no lo sabía, pero para aquellas luciérnagas que seguía con la intuición era alguien con una gran importancia.

Cuando llegó al final del bosque, donde los viejos abetos permitían vislumbrar todo el valle, lo vio. La escasa luz de un miserable candil de aceite y el denso humo de las chimeneas en la lejanía le indicaron donde se encontraba el pequeño pueblo.

Descendió durante el crepúsculo, mientras el sol se asomaba por entre las montañas con timidez. Cuando alcanzó las primeras casas de piedra, sus habitantes salían de sus hogares con sus herramientas de trabajo al hombro, camino de los campos. Lo miraron con curiosidad ¿De quién sería hijo aquel muchacho? Ni los pastores que conocían hasta el último rincón de aquel valle, ni el herrero que surtía de herramientas a todos sus habitantes lo habían visto antes. Ninguno de ellos imaginaba que podía venir más allá del bosque, y mucho menos de los picos nevados que rodeaban el valle.

Bartar los escuchó susurrar a su paso y sintió sus miradas entre curiosas y un poco temerosas en el fondo. Mientras tanto, una suave brisa lo empujaba poco a poco hacia su verdadero destino. Junto a un enorme y viejo roble se alzaba un edificio que era algo más que una vivienda. Lo habitaba un pequeño grupo de ancianos, curanderos según los vecinos, aunque algo más que eso en la realidad.

Lo esperaban en el pequeño portal, ansiosos por saber quién era aquel joven cuya fuerte presencia mágica habían percibido y que los espíritus traían hasta ellos. Eran los guardianes de una ancestral tradición, tan antigua que fuera de aquella depresión habían sido primero perseguidos y luego relegados al olvido.

Eran los últimos naturomantes, los que hablaban con la naturaleza y podían interceder ante ella para beneficiar o perjudicar a los hombres. En realidad sus hechizos eran los verdaderos responsables del aislamiento del valle de Tron del resto del reino. Solo así pudieron evitar que los cazadores de brujas los exterminaran.

—Bienvenido, te estábamos esperando —dijo el más anciano, vestido con una larga túnica blanca y un bastón que terminaba en un ramillete de hojas y flores—. Debes tener hambre, el camino a través de las montañas es largo. Por favor, acepta nuestra invitación y desayuna con nosotros.

Bartar sintió algo raro en ellos, una sensación que no recorría su cuerpo desde que murió su antiguo maestro, un nuevo sentido que le permitía reconocer a otros practicantes de magia.

Entró con ellos y se sentó en una larga mesa junto a una acogedora chimenea. La sala estaba adornada con alambiques y alquitaras que destilaban gota a gota las esencias de plantas mágicas para hechizos y pociones. También encontró altares dedicados a deidades forestales y enormes estanterías que ascendían hasta el alto techo pobladas por centenares de códices y rollos de pergaminos.

Los magos le sirvieron pan de centeno, queso y leche de oveja que el joven devoró con ansia. No había comido en condiciones durante tres días, cuando empezó su huida tras el fracasado ritual de iniciación.

—Mi nombre es Arbirskar —se presentó el  jefe de ellos—. Soy el archimago de esta comunidad, la última que practica la Naturomancia, al menos en este reino. El viento nos trajo noticias de ti. Estabas cerca y nos susurró que necesitabas ayuda, así que te abrimos los antiguos caminos y le ordenamos que te guiara hasta nosotros. Hace más de cien años que no vemos un joven iniciado. Dime joven, ¿cómo te llamas y cuál es la rama de la magia a la que dedicas tus estudios?

—Me llamo Bartar y era aprendiz de Gerión. Estudiaba Hematomancia, incluso hice el rito de iniciación, pero todo fue mal y mi maestro acabó muriendo.

—Lo dudo, nada ocurre como una casualidad para los dioses antiguos. Ellos deseaban el alma del antiguo archimago y tú eres su sustituto, sangre nueva para sus planes. Ahora estás atado a sus deseos.

—Pero yo no quiero servirles, no voy a sacrificar niños y hablar con seres del infierno.

—Lo siento pero no tienes elección. Nosotros te acogeríamos en nuestra comunidad, pero Gaia no acepta iniciados del culto de la sangre. Jamás podrás unirte a nosotros. No obstante, puedes quedarte todo el tiempo que quieras, la hospitalidad es una de nuestras virtudes. Aquí nos protege nuestra diosa, no pasará nada mientras estés con nosotros.

Bartar aceptó la invitación de los naturomantes y durante días vivió con ellos y aprendió las propiedades mágicas de muchas plantas de los bosques. Los vecinos dejaron de mirarle como a un extraño, al fin y al cabo, si los curanderos lo aceptaban debía ser alguien de la zona poco conocido.

No obstante, la feliz estancia de Bartar no iba a ser eterna. Una noche de luna llena, mientras leía un tomo de botánica en la cama, el viento abrió la ventana, apagando las velas a su paso. De las sombras aparecieron tres figuras, los dioses de la sangre. Bartar tiró el libro y se cubrió con las sábanas, esperando que todo fuera una alucinación, hasta que algo tiró de ellas y le confirmó que eran reales.

—¡No, no os he invocado! ¡¡Iros, no quiero saber nada de vosotros!! —dijo estremeciéndose de terror.

—Mortal, nosotros somos quienes damos las órdenes y tú nuestro siervo. Hemos venido porque llevamos días sin recibir un sacrificio de sangre, y tenemos sed, mucha sed. Busca alguien que podamos usar para saciarnos.

—¡Jamás! Iros y no volváis nunca. ¡Reniego a vuestra bendición, quiero ser libre de nuevo!

—No puedes renunciar a los poderes que recibiste, nuestro contrato es eterno. No importa que no quieras hacerlo por propia voluntad, lo haremos nosotros mismos.

Los dioses formaron un torbellino de oscuridad que lo envolvió, mientras sentía como algo se introducía en su interior, se adueñaba de su mente y tomaba el control de sus acciones sin que pudiera siquiera gritar pidiendo auxilio.

El muchacho despertó al amanecer, sobresaltado por el terrible sueño que había tenido. Aliviado por lo que parecía haber sido un sueño bajó hasta la sala, pero allí no había nadie. Era extraño, pues normalmente los magos despertaban antes de la salida del sol. Salió al exterior y lo que encontró era peor que una pesadilla.

El viejo roble estaba cubierto de la sangre de decenas de cuerpos que colgaban atravesados por las ramas. Hombres, mujeres, niños e incluso ganado colgaban como sanguinolentos frutos, inertes, con el terror en sus miradas vacías y muertas. Entre los cadáveres pudo ver las túnicas blancas de los magos. Gaia no había podido salvarlos del brutal sacrificio. Era una visión espantosa que acompañaría a Bartar durante toda su vida.

Junto al pequeño lago rojo que se había formado alrededor del árbol vio a los dioses, bebiendo como si fueran animales. Bartar huyó del lugar, no quería saber nada de ellos, pero no era tan fácil como alejarse de aquella visión. « ¿A dónde vas, acaso crees que eres ajeno a esto, mortal? Nosotros guiamos tus manos, pero eso no significa que no sea obra tuya» —escuchó dentro de su cabeza. «Cada vez que te niegues a obedecernos o hacernos un sacrificio te esperará algo así, hasta que nos aceptes como tus amos y señores».

Bartar corrió y corrió, atravesó el bosque de abetos, ahora grises y marchitos, y las montañas. Los caminos volvían a estar despejados y las zarzas se habían retirado hasta las orillas de los arroyos. Todavía pasaría mucho tiempo antes de que alguien más se aventurara a adentrarse en el valle de Tron, pero para aquel entonces, ya nada quedaría como recuerdo de los naturomantes y su trágico final.

 

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