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Pedro j. Guirao Marco

El sol caía con fuerza. Dentro de su casa, Merche sentía que estaba a punto de asfixiarse, así que decidió salir al pinar, donde la brisa pudiera hacer más soportable la tarde.

—¡Coño! ¿eres tú Merche? —un sujeto, enjuto, de barba abandonada y mirada lasciva, se abalanzó sobre ella para abrazarla.

—Hola, Jacinto; me preocupas. Cuando alguien, con tu perspicacia, se ve obligado a preguntarme eso, dudo. Podría ser cualquiera —la respuesta de Merche supuraba tanto desprecio como su lenguaje corporal, doblando los brazos por delante para evitar el abrazo.

—No me llamaste después de «aquello». Deberíamos repetirlo. Seguro que sabría hacerte pasar un buen rato.

—Seguro que sí, pero sabes que estoy muy ocupada; el gabinete, la asociación, los niños… Cuando quiera contratar los servicios de una ayudante puede que te llame. Nos vemos

Merche se alejó a buen ritmo, tomando distancia de aquel hombre que la miraba con expresión de rabia. Siempre caminaba de prisa, absorta en sus pensamientos que a menudo se convertían en un diálogo. «Se cree un seductor y es un gilipollas engreído y torpe. ¿Qué te pareció la que montó cuando fui tan tonta como para aceptar una cena en su casa? ¡Me puso pizza de supermercado calentada al microondas!, ¡hay que ser imbécil!, ¡y encima, en la sobremesa, puso una porno en la tele con dos tíos vejando a una mujer!, ¡pretendía calentarme con esa mierda para echar un polvo e intentó forzarme, convencido de la efectividad de su estrategia! Salí de allí sin despedirme siquiera, he estado acojonada temiendo su reacción de misógino cobarde y ¿ahora me aborda como si hubiera sido una velada inolvidable? Te juro, Merche, que hay sujetos a los que habría que encerrar en una jaula y tirar la llave al mar».

Había recorrido varias calles cuando llegó al pinar y miró a su alrededor para elegir un banco donde tranquilizarse.

Patricio bajaba andando por la carretera del hotel, los ojos fijos en el suelo no prestaban atención al entorno, pero vio a la mujer sentada en el banco y se acercó.

—Disculpe. ¿No sabrá donde comprar hilo bramante por aquí?

—Tendrías que bajar hasta el paseo de la playa. Pablo tiene casi de todo en el súper.

—Entonces, permíteme otra pregunta ¿voy bien encaminado a la playa? —agradeció el tuteo de ella.

—Quizá irías mejor bajando por las escalinatas, hay menos peligro que por la carretera.

—¿Es aquella de la derecha?

—Yo también voy allí. Si no te importa, te acompaño —Merche no sabía por qué se ofreció.

Se introdujeron unos metros más en el pinar y, entre escaleras y calles, llegaron a la playa.

—La calle que ves entre los chiringuitos de la orilla y las casas, es el paseo. Ven —Merche se asió a su brazo.

Caminaron por el paseo, con la playa a su derecha, una cala agradable, de aguas cristalinas y acceso de guijarros, bordeada por dos pequeños cabos que se adentraban en el mar. Muy mediterránea.

—En agradecimiento ¿puedo compensar la ayuda invitándote a tomar algo?

—Eso nunca se desprecia. Acepto. Tú eliges el sitio.

—Es la primera vez que estoy aquí, pero asumo tu reto.

Al cabo de unos minutos de paseo y observación, Patricio señaló un chiringuito.

—Ese de ahí. Es el sitio.

—¿Por qué tan seguro?

—Por valores añadidos que lo distinguen. Esa barca de colores chillones y llena de arena, varada junto al garito, le aporta un atractivo tipismo, y al estar en el extremo oriente de la playa la brisa del suroeste llega sin obstáculos y si rola a viento de levante estaremos protegidos. Típico, agradable y fresco. Si además sirven bien será perfecto y si no te pasaré el testigo. ¡Camarero, por favor, sírvanos dos gin tonic! En copa de balón, si es usted tan amable.

—Entonces, si tenemos toda una tarde por delante, convendrá conocer tu nombre.

—Soy Patricio, Patricio Guimarães.

—Yo soy Merche, Merche Jirón.

—Todo un placer, sin lugar a dudas, Merche.

—El placer, de momento, es mío, Patricio. Luego ya veremos.

Los gin tonic iban reponiéndose casi a la misma velocidad que fluía la conversación, pausada y reservada en él, alborotada y abierta en ella, características que se acentuaban con cada nuevo servicio. Patricio sondeaba a Merche con la intención de que estuviera a gusto, hablando de su mundo conocido, y Merche se dejaba llevar sin oponer resistencia. A veces, Merche se acercaba su copa a la boca y, antes de beber, sacaba la punta de la lengua, la introducía levemente en el líquido y la retiraba con rapidez; Patricio disfrutaba del gesto e incluso se sorprendía esperando la repetición.

Ya era noche cerrada, el efecto de las bebidas desordenaba el pensamiento y enlentecía los reflejos, cuando Patricio preguntó:

—¿Sería muy atrevido invitarte a cenar en mi apartamento? Me gustas y quisiera cocinar para ti, si me lo permites.

—Bueno… tal como lo pides suena intrigante. ¡Vamos!

Salieron del chiringuito y subieron las cuestas, que los vapores del alcohol hicieron interminables, hasta llegar a la parte alta, donde Patricio tenía alquilado un apartamento pequeño.

—Entra, por favor, y ponte cómoda. Yo iré preparando algo.

Merche recorrió la casa y terminó en la terraza, donde Patricio acababa de instalar mesa, mantel, servicio y sillas para dos. Era espaciosa, solada con terrazo rústico en color teja donde había distribuidas plantas en grandes tiestos de loza, con un frontal encalado de obra en su mitad inferior, pasamanos de madera en la superior y acceso directo tanto al salón como al dormitorio principal. Las luces de la playa se veían a unos 300 metros al frente y la brisa hacía muy apetecible la estancia.

Al cabo de un rato, Patricio salió con un enfriador de pie que contenía una botella de vino, y dos platos cubiertos con sendas cúpulas de acero. Dispuso el enfriador junto a la mesa y los platos sobre ella, cada uno frente a una silla.

—No conozco tus gustos, pero me sugieres frescura y sabor a mar —retiró las cúpulas con parsimonia—, por eso te he preparado una ensalada de Rotini al pesto, con cola de langosta, queso feta en dados y un toque encurtido a base de alcaparras de Murcia y boquerones en vinagre. Lo maridaremos, si te parece bien, con un Matarromera blanco de Rueda bien frío, fermentado en barrica y 100% verdejo de la cosecha de 2013. Me parece una cena adecuada a la tarde que me has regalado y espero acertar —Merche evitó hacer comentarios. No sabía hacia donde quería conducirla Patricio. Lo había pasado bien, pero el agasajo la descolocaba.

La cena transcurrió animada, como la conversación. Después Patricio propuso poner una película. Merche recordó el caso de Jacinto. «Joder, Merche. No me digas…» -pensó.

—Perdona, Patricio. Antes de que hagas algo que eche a perder esta magnífica velada te pido que medites lo que vas a poner.

—¿No estarás pensando que voy a poner porno?

—Pues, ahora que lo dices… pero sin querer ofenderte, claro. Solo por disipar dudas.

—Merche, ver una película donde una mujer, por muy buena que esté, decide si pasearse o correrse no me afecta, mientras no tenga un vínculo emocional con ella. Excitarse con una desconocida inalcanzable me parece una actividad casi trágica, ¿de qué sirve? Además, las situaciones expuestas no son excitantes sino irreales, cuando no rayan en lo repugnante y digno de denuncia. Los primeros planos explícitos destruyen el erotismo, las miradas a cámara rompen la ilusión del voyeur y la violencia machista gratuita cohíbe la excitación. Sin embargo, si tuviera vínculos emocionales con la protagonista sí que me afectaría, pero mis emociones dependerían del contenido. Celos, si está con otros hombres, en tal caso me negaría a verla; ira y preocupación, si la filmación tiene sesgo violento; o agradecimiento, si se trata de un regalo íntimo y personal, solo para mis ojos. Un tesoro privado impagable. La verdad es que quería ponerte «Orígenes», de Mike Cahill, una película de 2014 que contiene una bonita descripción del entrelazamiento cuántico y he pensado que vendría muy a cuento.

—Vale. Mientras la pones, iré al baño unos minutos.

—Ve al grande, está en la habitación principal y es más cómodo.

Patricio aprovechó el receso para retirar la mesa de la terraza. Colocando los platos en el lavavajillas escuchó un ruido sordo y un gemido ahogado que parecían provenir de la habitación. Se acercó sigiloso. En el camino, por prevención, cogió con la mano izquierda una estrecha bitácora en forma de prisma que hacía las veces de mesita rinconera. No veía otro objeto con suficiente contundencia para servir de defensa. Apoyó la mano derecha en la puerta y empezó a abrirla con lentitud.

Merche estaba doblada sobre la cama, mirando hacia abajo, con los pies en el suelo y lo que parecía ser parte de la toalla del bidé introducida en la boca, la falda subida hasta la cintura y las bragas, de algodón blanco, cuatro centímetros por encima de las rodillas. Desde atrás, un individuo enjuto, con barba abandonada desde hace días y un maligno brillo de lascivia en los ojos, forcejeaba intentando penetrarla sin que los compulsivos bandazos de las caderas de ella lo permitieran. La bitácora ascendió hasta casi tropezar con el ventilador de techo que pendía sobre la cama y descendió con velocidad hasta impactar en la cabeza del violador, hundiéndole el cráneo.

Sin alterarse, Patricio empujó el cuerpo inerte al suelo liberando a una Merche inmóvil y aterrada. Le puso la mano sobre el hombro, ella saltó como si se hubiera liberado un resorte.

—Tranquila. Soy yo. Ha terminado —y se quedó mirando el cráneo deformado y los restos de sangre y masa encefálica salpicados por el suelo y la cama. Merche se abrazó a él, temblando, pero sin derramar una lágrima, y estuvieron así durante muchos minutos. Entonces, ella se separó, se desnudó y se tumbó boca abajo.

—Me gustas, Patricio. Te ayudaré a deshacerte del cuerpo de Jacinto —le dijo.

—¿Le conocías?

—Sí, y era un verdadero gilipollas. Ven a la cama.

—Espera. Se me ha ocurrido algo para este momento sublime. Ahora vuelvo

Entonces sonó “Say It (over and over again)”, en el saxo de Coltrane, y una fragancia de Aloe Vera comenzó a inundar el espacio.

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