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by Lucas Corso

1

Nora era muy joven, por mucho que su forma de mirar al mundo pretendiera dar la impresión contraria. A sus ojos les faltaban años, no así a su mirada. Y aunque a veces le había funcionado, casi siempre había tenido más que ver con su carácter decidido que con cualquier otra característica relacionada con su cuerpo menudo, el cual parecía estar casi siempre a punto de romperse. Quizá por eso lo de ser policía fuese algo que sorprendiera a todos. Y quizá por esa razón, y a pesar del genio, tuviese que esforzarse el doble que sus compañeros para hacerse oír o simplemente para que notasen que estaba ahí. Por ello cuando pusieron sobre su escritorio aquel dossier amarillo, pensó que sería un caso insustancial más que no tardaría mucho en olvidar. Y de entrada eso le pareció: un médico al que todos buscaban y al que nadie había encontrado todavía, por lo que decidió que puestos a aburrirse de nuevo, prefería hacerlo en el sofá de su casa, lejos de aquella silla chirriante y de los timbrazos del teléfono. De todas formas, aquella noche no había mucho más que hacer allí.

Condujo por una ciudad que no era la suya, ensimismada con aquel atardecer tan rosa y tan frío,  relajando el ceño para darse un respiro. Pensó que echaba de menos a sus amigos. Luego que, en realidad, lo que extrañaba era tenerlos, aunque fuesen otros. Los suyos estaban muy lejos de allí y sus intenciones de volver a estar cerca aún más. Todavía no estaba dispuesta a rendirse y volver con el rabo entre las piernas a la casilla de salida. Había estado a punto de hacerlo muchas veces, pero siempre se había resistido. Ni siquiera cedió cuando el sueldo no le daba ni para pipas, ni cuando estuvo una semana en cama apañándoselas con lo que iba quedando en la nevera. Y tampoco lo haría cuando tiempo después, y a raíz de leer en profundidad aquella carpeta amarilla, convivir con el miedo se convirtiese en una rutina.

Se sentó en el sofá y colocó frente a ella el dossier del caso. Todavía no le apetecía cenar, pero se le antojó tener a mano algo que llevarse a la boca. Masticar la ayudaba a concentrarse y se había quedado sin chicles, por lo que se hizo con una bolsa de frutos secos. La abrió, comió unos cuantos y después repartió los distintos documentos de la carpeta sobre la mesa. Se recogió el pelo castaño en un moño ayudándose con un bolígrafo vacío y comenzó a leer. Poco sabía que, después de hacerlo y tras apuntar sus primeras conjeturas, su vida nunca más volvería a ser la misma.

 

2

Según Nora pudo leer en uno de los informes, el doctor Tecler había visitado en octubre dos hospitales psiquiátricos. El mes siguiente pasó por cuatro distintos. Y ahora, a mediados de diciembre, ya había estado en hasta siete centros, separados entre ellos por una distancia considerable. Que el caso hubiese llegado a la comisaría donde ella trabajaba se debía a que precisamente el último centro que el doctor visitó fue el de la ciudad; que esa carpeta hubiese acabado en su escritorio tampoco tenía mucho misterio: Nora era la única que no estaba trabajando en ningún caso. Lo realmente interesante era por qué las visitas del doctor Tecler a los hospitales habían acabado llamando tanto la atención como su desaparición.

Leyó los informes atentamente, prestando especial atención a la duración de las visitas del doctor, así como las horas de entrada y salida, apuntando todos los datos en una bloc de notas negro con una partida de Pac-Man dibujada en la cubierta. Estas entrevistas con los internos no eran especialmente largas y todas se habían hecho en privado. Nadie sabía realmente de qué habían hablado, tan sólo que el doctor estaba realizando un estudio sobre la conducta. A simple vista, y según la ficha de los mismos, no parecía que tuviesen nada en común entre ellos, a parte del hecho de estar internados.

Nora consultó un último montón de documentos que estaban grapados. Observó que todos eran informes de altas. Leyó los nombres y aquello llamó definitivamente su atención: eran las mismas personas que el doctor Tecler había estado visitando. Menos de dos semanas después de su encuentro con él, estas personas habían experimentado una mejoría tan sorprendente que incluso su nivel de lucidez competía con el de los médicos, los cuales no daban crédito a lo que veían. Sin embargo, intentar compartir con Tecler aquellas experiencias resultó imposible: nadie pudo dar con él. Era como si se hubiese volatilizado.

Junto al dossier venía también un DVD. Nora leyó Internos – Cámaras de seguridad escrito en la caja. Lo extrajo y lo puso en el portátil. Se recostó en el sofá y esperó. El video, dividido en dos partes, era un montaje de lo que las cámaras de cada centro habían grabado durante los días en los que los internos eran dados de alta y abandonaban el lugar. A su vez, también podían verse grabaciones de los mismos antes del encuentro con Tecler. A Nora le resultó llamativa la diferencia de comportamiento, y no le extrañó que para sus médicos resultase tan sorprendente. Aquellos hombres despidiéndose de todos antes de volver al mundo eran, sin lugar a dudas, personas normales. Nada en ellas parecía fuera de lo común, ni siquiera peculiar. Parecían uno más entre los demás. Hasta que de repente algo hizo clic en su cabeza. El clic responsable de que nunca hubiese tirado la toalla, que siempre le hacía entusiasmarse por lo que hacía porque sabía que valía para hacerlo. El clic que le hacía sentirse la mejor, por encima incluso de sus superiores. Se acercó a la pantalla hasta casi tocarla con la punta de la nariz y volvió a reproducir el video. Y entonces sonrió. Porque sí, la imagen no era muy buena y los detalles no se podían apreciar del todo bien, pero aun así resultaba evidente. Tan sólo había que fijarse, tener curiosidad, observar con atención. Y entonces sintió un escalofrío, pero no por ello dejó de sonreír, porque supo que al fin iba a dejar de aburrirse.

Volvió a recostarse en el sofá, pensando en lo que acababa de ver. Después pensó en el nombre del doctor desaparecido: Tecler.

—Buen juego de palabras… —murmuró.

Admitió que él no se había comido a nadie, como su homónimo en la ficción, pero igualmente había hecho algo inaudito: había curado trece veces al mismo paciente y en distintos lugares. O dicho de otra manera: las personas que se veían en el video abandonando las clínicas eran en realidad la misma. Con lo cual se planteaban muchas cuestiones, como por ejemplo cómo lo había hecho. Pero  sólo una de ellas le quitó el sueño a Nora: ¿dónde estaban ahora los internos que Tecler había ido a ver?

 

Tres

Una vez que se descubrió que el extraño y mañoso doctor Tecler no existía como tal, comenzó lo que algunos diarios no tardaron en bautizar como una «caza de fantasmas», pues también pareciera que aquellos trece internos desaparecidos jamás hubiesen existido. Además, el abrigo y el sombrero con los que siempre iba ataviado el misterioso personaje se convirtieron de la noche a la mañana en algo icónico, hasta el punto de que cualquiera que por desconocimiento o por simpática imitación fuese de la misma guisa por la calle, era tarde o temprano interceptado por algún policía para pedirle inmediatamente la documentación.

Al atraer semejante atención mediática, el caso se convirtió en algo demasiado grande para que lo llevara una sola persona, por lo que Nora tuvo ayuda y, sin tiempo para siquiera asimilarlo, pasó de ser el último mono a estar a cargo de un grupo de policías, alguno de los cuales era incluso más novato que ella pero con las mismas ganas de abrirse paso en la comisaría.

En cuanto a Aldo Dante, todavía pasarían algunos años hasta que su nombre apareciese en un informe policial. Para ese entonces ya nadie hablaría del caso del doctor Tecler, y tan sólo Nora llegaría a unir los dos nombres para dar con la clave definitiva. Y poco le importaría que en aquel informe figurasen términos tan inauditos como maldición y hombre lobo, de la misma manera que tampoco le daría ningún tipo de importancia a que el nombre de Dante apareciera en una hoja de defunción, pues por las cosas que habría ido averiguando sobre él durante todo aquel tiempo, sabría que la muerte era tan sólo un detalle sin importancia que ni mucho menos iba a evitar que aquel hombre volviese a cruzarse en su camino tarde o temprano.

 

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