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by Frank Spoiler

Malena recorría como tantas y tantas veces el caudal de aquel río, no era muy caudaloso, pero, sí lo suficiente para que ella y sus amiguitos, todos de parecida o igual edad a ella, pudieran disfrutar del agua sin pasar ningún peligro. Ese día, Malena, estaba sola, su mamá no quiso que fuera al colegio pues tenía fiebre. Tampoco se pudo quedar con ella, así que tuvo que dejarla al cuidado del viejo Eduardo. Este era un hombre que la mayor parte del día se la pasaba bebiendo y la parte que le restaba se la pasaba durmiendo. Claro está que a María, madre de Malena, y viuda, no tenía más opciones, y hasta ese día el viejo Eduardo se había ocupado muy bien de la niña. Ese día no tenía por qué ser diferente, se decía inocentemente María al coger el autobús que la trasladaría hasta el pueblo de al lado donde trabajaba de panadera.

Esa fue la razón de que no viera como Malena, una vez recuperada y burlando al viejo Eduardo, saliera por la ventana de la parte de atrás. La niña no recordaba que era día de colegio y que sus amiguitos no estarían donde siempre. Su pequeño río.

 

― Hola, pequeña―

La voz, salida de unos cercanos matorrales, sorprendió y asustó a la pequeña Malena.

― No, no te asustes pequeña― Detrás de la voz apareció el rostro de un joven rubio, ojos azules y facciones muy amables. Incluso a Malena, en su inocencia de niña, aún en la pubertad, le pareció hasta guapo y atractivo.

Tanto se lo pareció que lo dejó acercarse totalmente confiada y tranquila. Ya ni se acordaba de lo que le decía siempre su mamá; «hija, nunca y bajo ningún concepto dejes que se aproxime a ti ningún extraño y menos si no estoy yo o el viejo Eduardo».

Cuando por fin fue acordarse de sus palabras fue demasiado tarde. El joven ya estaba ante ella, agarrándola por su vestido rosa y tirándola al suelo de bruces. Sus gritos de susto y miedo no pararon al joven que con una mano y mucha destreza desgarró sin perder tiempo el vestido y arrancó de un tirón las braguitas de la niña.

Poco pudo hacer la pequeña para detener al agresor de su inocencia salvo, mirar con ojos de pavor y desorbitado una cicatriz que a modo de mariposa le cruzaba por medio cuello. Y otra cosa más… su olor, un olor que jamás olvidaría en todos los años de su vida.

Lamentablemente ese no fue el único día para olvidar, detrás de ese día vinieron muchos más, tantos que cuando llegó la hora de morir, ella pidió vender su alma al diablo para poder vengar cuanto esos días vivió.

 

֍  ֍  ֍  ֍

 

― ¿Pensaste en ellos mientras les destrozabas a golpes hasta que acabaste con sus vidas?― Preguntaba Heriotza, al pegarle otra soberana patada en los intestinos.

Samuel aulló de dolor.

― Esos pobres ancianos… ¿Qué te hicieron ellos, di? Esta vez la patada fue en la entrepierna. Samuel se dobló sobre sí mismo soltando un alarido y perdiendo seguidamente el conocimiento.

 

Heriotza se sentó tranquila en el sofá a esperar que despertara. No había llegado a tiempo para salvar a los dos pobres ancianos, pero, sí podría vengarlos.

Cuando Samuel despertó se vio así mismo colgado de los pies a través de un espejo que había colgado en el salón, estaba atado de pies y manos, las manos a su espalda. Parecía un cerdo después de pasar por las manos del matarife una vez degollado.

Empezó a agitarse con los ojos desorbitados y una expresión de miedo y horror en sus pupilas, buscaba desesperadamente a la mujer que había logrado noquearlo y atarlo de esa manera tan poco “honrosa”, sobre todo a un hombre como él,  acostumbrado como estaba de  aterrorizar y no a ser aterrorizado.

Las manos de Heriotza lo sorprendieron una vez más, siendo agarrado por detrás con la maestría de un matarife, lo sujetó por el cuello, volviéndolo hacia ella. Samuel lanzó un alarido de pavor al ver lo que sujetaba Heriotza en su mano izquierda. Un gancho de carnicero,  lo había encontrado en la cocina y, al parecer, le iba a dar un buen servicio. Con una velocidad endiablada y, aprovechando que tenía la boca abierta, le enganchó la lengua y tiró de ella hacia fuera, segando de un seco tajo su asquerosa y sucia lengua. Increíble  la velocidad con que lo hizo, un ojo humano hubiera sido incapaz de verlo. No así Isaac, (discípulo aventajado de Satán) él sí lo vio. Desde una esquina del salón, sentado a caballito en una raída silla de cuero negro, fumándose tranquilo un cigarrillo habano Monterrey.  Fue el sonriente testigo mudo de cuanto sucedió aquella noche. Pudo gozar viendo cómo una vez le cortada la lengua a Samuel, Heriotza, ya sin preocuparse que sus gritos la denunciaran, le fuera sacando la piel con la destreza de un cirujano, o como lo hace un cazador profesional con su pieza después de haberle dado muerte.  Sin hacer caso a sus gritos de horror ni a sus alaridos de dolor. Isaac  vio una cosa más, cómo mientras lo hacía, Heriotza, tenía un orgasmo intenso y espectacular. Vaya, que disfrutó de cojones la tía.

― ¿Otra vez haciendo limpieza?― Escuchó una voz al fondo del oscuro salón.

― ¿Qué haces aquí?― Respondió Heriotza con desdén.

― Recogiendo las ganancias― Contestó la voz al mismo tiempo que su silueta se inclinaba sobre el inmundo cadáver de su última víctima.

― Descuida, ése no irá a ningún lado―. Dijo la chica con desdén.

― Un cabrón menos… ― concluyó la voz. ― Tienes una sorprendente habilidad de encontrarte siempre este tipo de basura.

― Si… una verdadera coincidencia― Dijo Heriotza soltando un suspiro de impaciencia.

― ¿De verdad?― La voz le sonó irónica a Heriotza.

 

La chica le miró con suspicacia.

― Tengo que irme― Respondió después de unos instantes

―Aún tengo algo que hacer.

― Oh, sí querida― Respondió la voz. ― La noche aún es joven― Escuchó su carcajada burlona.

 

La chica no respondió, odiaba cuando cuestionaban su elección de deudores potenciales. Se alejó del oscuro callejón a toda prisa. Nunca había dado explicaciones y no iba a empezar ahora. Aunque se tratara de él. Caminó unas cuantas calles antes de decidir que era mejor cambiar de forma. Detestaba el cuerpo humano, era demasiado lento para su gusto. La transición fue imperceptible. El lustroso pelo negro que ahora cubría su cuerpo la hacía prácticamente invisible durante la noche, aunque tampoco fuera algo que la preocupara, ya que si lograba llamar la atención de algún incauto, solo vería una hermosa gata negra. Con movimientos suaves y elegantes, continuó su camino por la solitaria calle. Si, la noche aún era joven, así que emprendió una nueva búsqueda.

—¡Eres un idiota! —. Escuchó gritar  al otro lado de la calle a  un ebrio, antes que éste cayera al suelo, cuando el guardia de la cantina lo empujó sacándolo del lugar.

La hermosa gata se detuvo un momento debajo de una farola que iluminaba tenuemente la escena. Sus ojos color violeta seguían uno a uno los movimientos de este hombre una vez y se hubo levantado.

― Sí, sí, soy lo que tú digas― dijo el guarda con indiferencia.

― Pero ahora ¡lárgate!― gritó.

― Te vas a arrepentir imbécil, ¡no sabes con quien tratas!―, continuó gritando el borracho mientras andando a trompicones en dirección de nuevo a la cantina,  mientras se sacudía el pantalón de su elegante traje de sastre.

El guardia entró de nuevo a la cantina, cerrándole la puerta en las narices.

― Idiota― Susurró de nuevo el ebrio mientras daba media vuelta para alejarse.

Sí… Ella pudo sentirlo, este tipo tenía una cuenta pendiente.

Siguió al sujeto calle abajo, mientras tanto, buscaría su debilidad, ¿Otro Pedófilo? Increíble… pero no. ¿Tal vez un estafador? Qué extraño… tampoco… ―se preguntaba― sin dejar de observarlo andando tras él.

Ah… Quién lo diría, un exitoso hombre de negocios con un lado, verdaderamente negro.

“Que empiece la cacería”-se dijo para sí-  Heriotza.

En sus ojos de color violeta, se podía leer la más terrible de las ansias… Ansias que se depositaban en sus manos para destruir a cuantos humanos mal nacidos se encontraba en su camino y a los que no caían, los buscaba.

“De los buenos ya se ocupará “Jainkoa”, (Dios) aquel que los dejó en el olvido. Aquel que, una vez creados, “apenas recién nacidos” los dejó en el más terrible de los olvidos, marchando y olvidando la promesa incumplida de guiarlos, enseñarlos y cuidarlos”.

Aunque eso a Heriotza ahora no le importaba, ella tenía otra misión; hacer padecer los  mayores horrores y sufrimientos a cuantos mal nacidos se encuentre en su camino, porque… a ki te reinga  (infierno) le hacen falta “inquilinos”.

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