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by Melba Goméz —EEUU.

Caminaba despacio entre toda esta gente de abolengo con mi mejor sonrisa —la que tanto le gustaba a mi esposo—, Don Eduviges Montes de Villaseñor, el Gobernador del Estado. Me preparé para este momento toda la vida. Tomé clases de modelaje, inglés y otras artes que me serían útiles en el futuro, según me aseguró mi madre. Al menos —las de modelaje—, me sirvieron para que llevara ese vestido dorado, ceñido a cada curva de mi cuerpo y que enseñaba mis tetas, las que mi marido mostraba con orgullo a sus correligionarios y amigos. Me repugnaba cuando me agarraba por la cintura como trofeo de feria y presumía de mi belleza y juventud. Como si no tuviera rostro, todos me miraban fijamente al pecho, lo que invariablemente provocaba una erección a mi querido Eduviges quien me sacaba de la fiesta para darme un par de estocadas por el culo en par de minutos. No duraba más. Me reventaba tener que limpiarme ese embarre asqueroso. Tardaba más en asearme que lo que duraba el acto, pero ya me había acostumbrado. Retocaba el peinado y el maquillaje y salía del baño como si nada hubiera pasado, mientras el Gobernador se paseaba ufano para que todos vieran que todavía podía follar.

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Eduviges tenía setenta años y mientras más lo miraba más asco me daba. Su vientre era tan grande que el pantalón solo le servía debajo de la barriga. Sudaba como cerdo, sobre todo cuando «hacíamos el amor», aunque él no usaba precisamente esas palabras, era más prosaico cuando estábamos en la cama o en donde me cogiera.  Era un viejo libidinoso, con todo y que me tenía, andaba manoseando a cuanta muchachita se encontraba por el camino. Supongo que a ellas también las habían entrenado para usar sus encantos, ya que todos en la ciudad conocían sus debilidades tanto como las conocía mi padre.

Mi madre me crio peinando mis rizos dorados con un cepillo de cerdas suaves todas las noches. Desde niña me acostumbró a usar cremas en todo el cuerpo, porque la piel hidratada de mantenía más joven. Me bañaba con agua fría, para que las carnes no se me aflojaran. Me dijo que mi virginidad era lo más valioso que tenía y me aconsejó que no la perdiera con nadie que no pudiera pagar su importe.

—Es una pieza de negociación, niña —decía muy seria—. Puedes salvar el patrimonio de la familia.

Jamás entendí exactamente lo que era la «virginidad» de la que mi madre hablaba. Cuando busqué información en línea, la respuesta no era muy alentadora. Leí, «virgen es la mujer que no ha tenido relaciones sexuales». Esa explicación no me ayudaba mucho. La otra respuesta — la científica— especificaba que era «la ruptura del himen de la mujer de cualquier modo». Cualquier cosa que fuera una ruptura —pensé— debía causar un dolor terrible. Así es que con esos datos me fue más fácil guardar la maravillosa joya que nos sacaría a todos de la más terrible bancarrota.

Cuando cumplí trece años, mi padre me llevó a un rodeo en el que iban a estar muchas personas importantes, incluyendo al señor Gobernador. Mi madre puso especial atención a mi vestimenta. Me puso unos vaqueros apretados, unas botas adornadas con diseños de color turquesa y una blusa ceñida. Había heredado el inmenso busto de mi abuela y según mi mamá era un atributo al que las mujeres siempre debíamos sacar partido.

Tan pronto me vio el lujurioso Gobernador, se acercó para verme de cerca.

—¡Qué hermosa jovencita! —dijo mirándome de arriba abajo, mientras mi padre, como un pendejo, le reía la gracia al anciano decrépito.

—¡Ve, hija! —insistió el viejo—. Busca el caballo que quieras y diviértete. Es más… —dijo mientras llamaba a uno de sus lame botas—. Tráele el Pegaso a la niña —ordenó—. Seguro que estará encantada con él.

La semana siguiente una camioneta arrastraba el transporte de Pegaso hasta mi casa. Era un regalo. La bestia era hermosa, era cierto, pero no me agradaba quién lo enviaba.

—Está rete bonito ese animal —insistió mi madre quien se daba cuenta de mi disgusto—. Debes subirlo y pasear un rato. Después de todo ahora es tuyo, como lo será todo lo del Gobernador.

—¿Cómo que todo lo del Gobernador será mío? —pregunté confundida.

—Sí, mi amor. El Gobernador quedó tan impactado con tu belleza que ha pedido tu mano a tu padre.

—¡Madre, no quiero casarme con ese vejestorio!

—Marta, la vida es así —dijo despacio—. Las mujeres tenemos que sacrificarnos por la familia. Tú has tenido mucha suerte de que este hombre tan poderoso se haya fijado en ti y hasta haya pedido tu mano en matrimonio. Otras, solo reciben unos cuantos dólares por su virginidad y luego a paseo.

—No puedo creer que me estés diciendo esto…

—Yo también tuve que aceptar la voluntad de mi padre, hija. Tu papá era de una familia de abolengo, pero no tenían dinero, y la mía, tenía dinero, pero no linaje, por eso se empeñaron en unir las dos familias. Pero cuando murieron nuestros padres, mi pusilánime marido, perdió la poca herencia que nos dejaron. ¡Solo tú puedes salvarnos de la ruina!

No se habló más. Dos meses más tarde me casaba con el Gobernador, vestida de blanco como una verdadera virgen. La crema y nata de la sociedad se encontraban en la iglesia y la ceremonia estaba amenizada por el grupo de música norteña de moda. Yo solo sentía horror por la dichosa ruptura de mí himen y en cuánto me dolería cuando el viejo barrigón se me tirara encima. Los demás hombres hacían bromas subidas de tono sobre el evento y mi padre achantado sonreía.

Cuando acabó la celebración, Eduviges se quedó fumando un puro en el balcón y me dijo secamente que subiera a la alcoba y me desnudara. Mi madre me había puesto en la maleta una bata virginal —de las que se usan en las noches de boda—, me la puse y esperé. Una hora después el hombre entró en la habitación borracho, sudado y apestoso.

—Te dije que te desnudaras —dijo.

—Es que mi madre…

—¡Tu madre al carajo! Ahora eres mi propiedad.

Dicho esto, se me acercó y de un tirón me rompió la bata. Me empujó a la cama y me apretó los senos. Como un salvaje comenzó a chuparlos y a morderlos sin importarle que me hacía daño. Yo casi vomitaba de asco. Se agarró el pene y lo batió hasta que obtuvo una erección. Me haló hacia él para que lo pusiera en mi boca. Cuando vio que estaba dando arcadas, me tiró de nuevo, se subió sobre mí y en un par de estocadas acabó con mi dichosa virginidad. Sentía su sudor repugnante sobre mi cuerpo y entre mis piernas un líquido pegajoso. Él se levantó de la cama y salió de nuevo. Sentí alivio. Al rato regresó —aún más borracho—, y repitió la operación. Me sentía humillada, despojada de todo mi orgullo, pero no lloré. Desde ese mismo momento comencé a odiar a mis padres y al marido que me impusieron.

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En estos cuatro años que he estado casada Eduviges dejó de atacarme, salvo en las fiestas cuando quería demostrar que seguía perfectamente saludable y capacitado para violarme. Mientras, no se quedaba en el rancho. Prefería irse a la ciudad a pagar por la virginidad de otras niñas. Me acostumbré a salir a cabalgar a Pegaso, cuando lo hacía me sentía tranquila.

En esa época llegó Ramiro, el encargado de las caballerizas. Lo miraba desde la ventana bañando a los caballos sin camisa y sentía que se le enchilaba la sangre. Imaginaba su vientre plano sobre el mío «haciendo el amor», de verdad. Esa mañana me puse unos pantalones cortísimos y una blusa amarrada sobre el ombligo. Salí descalza hasta donde estaba Ramiro.

—¿Ya bañaste a Pegaso?

—Sí, señora —contestó observándome, sintiendo que se le encandecían los sentidos —¿Quiere salir ahora?

—Quiero… Pero no quiero ir sola.

Ramiro que llevaba un tiempo observando a la mujer del Gobernador, no se hizo de rogar. Se puso la camisa, buscó a Pegaso y a otro caballo. Me ayudó a montar, poniéndome su mano en la nalga. Me estremecí, pero no me quejé. Cabalgué hasta un lugar en donde sabía había una casucha abandonada. Me bajé del caballo y sin mediar palabra entramos y por muchas horas dimos rienda suelta a nuestros deseos. Desde ese día buscábamos la hora de encontrarnos a solas. Le confié todo lo que había sufrido, cómo mis padres la vendieron y cómo el viejo me violaba.

—Tengo que deshacerme de mi marido, de mi padre y de mi madre —confesé entre lágrimas desesperadas.

Ramiro guardó silencio, tan largo que pensé que había dicho demasiado.

—Yo te ayudo —dijo finalmente.

Me sentía segura pues tenía un aliado. Conspiramos para matar a la gente que me destruyeron la vida. Esperamos una fiesta de esas en las que Eduviges acostumbraba a forzarme a tener sexo.  Enviamos una canasta con un vino envenenado que se tomaría el viejo panzón y que compartiría con mis queridos padres. Yo tomaría una copa, pero no lo bebería. Todo salió exactamente como lo habíamos planeado.

Lloré amargamente durante el velorio. Insistieron en que dijera algunas palabras.

—He perdido a los seres más importantes de mi vida. Lucharé porque el asesino pague con la propia.

Las gentes gritaban enardecidas pidiéndome que ocupara el puesto de mi esposo. Sería la señora Gobernadora y haría lo que le viniera en gana. Por fin sería libre, todo lo demás sobraba.

En ese mismo momento la Policía llegaba con una orden de registro y allanamiento a la cabaña de Ramiro. Encontraron oculta entre sus ropas una botella que contenía el mismo veneno con el que asesinaron a mi familia. Lo condenaron a muerte por magnicidio.

 

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