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Llevaba bastante tiempo mi vida desorganizada en algunos aspectos y en otros rutinario como las insistentes horas de un reloj siempre dispuestas para hacer el mismo recorrido.

Me miraba como cualquier día en el espejo sin darme mucho énfasis, lo que me quedaba era ir a mi puesto de trabajo como cajero reponedor en un supermercado y cada jornada se repetía un turno partido para de manera mecánica cumplir el horario.

Daba mi hora de salida, me cambiaba y me iba directo a mi casa, un pequeño apartamento de soltero, lo justo y necesario para un hombre que ya a mis 39 años no le pedía más a la vida. Abría mi correo y varias páginas de contactos y pasaba el resto de mis horas tratando de conocer alguna pretendiente con ganas de hacerme más entretenido el resto de horas.

Nuevamente me levantaba para la misma rutina. Martes a dos días de mi día libre pero con mucho más movimiento de lo habitual. Me encontraba en el almacén cuando escuché.

̶  José por favor acuda a su caja.

Dejando todo me fui directo, habían sacado varias ofertas al 50% y eso me estaba teniendo la mañana entera de la misma manera, pero entonces, todo cambió.

Hasta ese momento no me había fijado nunca en nada y mucho menos en nadie, las típicas anécdotas que te llevas a tu casa y poco más.

La cinta trasportadora de alimentos no paraba de avanzar, se cobraba a un cliente para comenzar con otro.

El habitual señor de 70 años se puso a rechinar los dientes.

̶  Señora tome el separador.

Entonces la vi, una mujer que por algún motivo había captado mi atención entre tantas personas cada día. Sin sentirse ofendida ni mucho menos fue poniendo los productos en aquella banda.

̶  Vamos chicos ayudar a mamá.

No lo dijo dos veces y comenzaron a poner todo hasta casi sacar el total del carro. Había observado su compra, más o menos para una semana, con buenos hábitos de comida, y una pequeña dosis golosa. Aquella mujer morena de ojos verdes tenía una sonrisa muy hermosa. Sin darme cuenta yo también tenía una sonrisa inevitable en la cara y más simpatía que nunca.

̶  Vaya dos ayudantes guapos que tienes. La dije sin poder evitar que se fuera sin más.

̶  La verdad es que no me puedo quejar – Respondió mirándome a los ojos con su bonita sonrisa atravesándome.

̶  Me los quedó aquí conmigo para que me ayuden.

̶  Oye seguro que no te dicen que no ¿verdad chicos? Les preguntaba a sus hijos mientras a la vez me pagaba. Se fueron sonrientes y mi turno en el día acabó con la diferencia de llegar a mi casa y ponerme de una vez a ordenar cada rincón de mi sencillo piso.

Así estuve varías semanas sabiendo que los viernes es cuando iba a comprar, siempre aparecía sola con sus hijos, y desde aquel día trataba de estar en mi puesto de cajero sobre las horas que solía venir, pude saber que gustos de colonia cogía, que bebían, y todo lo referente a su nevera.

Lo bueno que tiene mi trabajo es que puedes conocer a una persona en sus hábitos y gustos solo por lo que compra. Necesitaba saber más de ella y cada viernes había dejado caer las preguntas oportunas para poder saber un poco más.

Aquel viernes resultó ser muy especial como para tratar de dar un siguiente paso. Las cajas estaban como cada víspera de fin de semana colapsadas, pero ese día aquella mujer por la que mis semanas se hacían más cortas, prefirió pudiéndose poner en dos cajas casi vacías guardar fila y eligió la mía.

Era la siguiente para que la atendiera, fue poniendo con sus encantadores ayudantes todo en la banda. Yo tenía un pequeño detalle apartado para ellos y me armé de valor para tramar mi meditado plan.

̶  Veo que tus dos muchachos son ya unos expertos ayudantes, ¿tu marido y tu estaréis encantados con ellos?

̶  Bueno en mi caso estoy sola pero por eso son unos estupendos ayudantes.

̶  Disculpa entonces. Decía mientras que por dentro me llené de alegría.

Ella sonrió con picardía.  ̶ No te preocupes somos los nuevos formatos de familia que hay en este siglo.

̶  Bueno pues entonces tengo un premio de una promoción que la semana anterior hubo y creo que tus chicarrones no llegaron a ver. Le dije mientras que apartaba entre sus bolsas de la compra una mía que la dejaba para que pudieran meter en el carro.

̶  Uyssssss pero que suerte muchas gracias.

̶  Shhh que me quedo sin trabajo. Exclamé sonriendo mientras le guiñaba un ojo y cogía su tarjeta para cobrar su compra. Hasta ahora no me había percatado de ese pequeño detalle donde también puedes conocer a quien te diriges por el nombre de la tarjeta.

̶  Aquí tienes Rocío ¡feliz fin de semana!

̶  Muchas gracias Jose igualmente. Me decía sonriente y más bella que nunca.

Yo me la había jugado, tenía claro que merecía la pena. Mes y medio había tratado de conocer y averiguar todo sobre ella como para poder apostar por intentarlo.

Rocío llegó a su casa no muy alejada de aquel supermercado (donde Jose trabajaba) con un brillo especial en sus ojos. Mientras que sus hijos la ayudaban a ordenar la compra, no pudo obviar ir directa a la bolsa que llegaba de más. Dos kínder huevo, una bolsa de chuches y una caja de bombones donde se veía una pequeña notita que abrió con mucha ilusión.

“Buenas tardes, perdóname el atrevimiento gracias por alegrarme cada día que apareces por mi puesto de trabajo, me encantaría si no estás con nadie, tener la oportunidad de conocerte, besos Jose 679388554”

Rocío radiante como nunca, fue directa a su móvil y le mandó a Jose una respuesta:

Gracias por tu precioso detalle será un placer poder conocernos.

Jose esperó a que terminase su turno y entonces descubrió que desde el día que había visto a Rocío, su vida había cambiado, tanto, que tenía la oportunidad de pasar una vida entera con ella y sus dos hijos.

Desde aquel día ellos hablaban y se seguían enamorando cada día más, llegó el jueves que libraba Jose para poder quedar con ella.

Sabía a la perfección hasta el tipo de leche semidesnatada tomaba y claro está, acertó en su elección de restaurante. Los besos llegaron en el postre ese que acaba en un pequeño pisito bien apañado y organizado, con un hombre de 39 años, que se había mirado aquel día en el espejo poniendo mucho énfasis en conquistar el corazón de aquella clienta del supermercado.

 

Taller de Escritura FlemingLAB “Historias de amor”

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