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Amigos me inclino por empezar la semana con esta historia de mafia y globalización de la droga: La Cosa Nostra -j re.

Enterraron a Dom Elmer cerca de las 12 del mediodía. Antes en la iglesia no cabía un alma. Era pequeña en una aldea que se asomaba a al Mediterráneo bajando en olas sucesivas de planicies onduladas. ¡El saliente rocoso más bello de Sicilia!, exclamaba con orgullo algún despistado para quien quisiera oírle, pero detrás se escondía la cara oculta de uno de los capos más astuto. Era la familia Elmer que dominaba la trata de blancas, las obras públicas y el tráfico de droga. Desde pequeños los chavales se juntaban en las esquinas para practicar al juego del plato, una tradición donde la puntería y la astucia se combinaban para ir seleccionando si serias pistolero, contrabandista o jefe de un clan. Para ellos las suaves colinas y el sol que baña la isla eran su capital. Nada había en Sicilia más que belleza y el comercio y para ellos era natural comerciar u obtener del jugoso dividendo.

En el cementerio local se apiñaban coches negros largos y del que bajaron grandes venidos de América, eran sus primos que manejaban Las Vegas, o Nueva York, algunos de camisas floreadas otros hablando un inglés travestido de italiano o siciliano. La Cosa Nostra se había vuelto hermética después de tanto acoso policial, por ello Dom Elmer era el último. Capaz de variar una ensalada con un toque de aceite de oliva, o de asesinar a 100 sin que la policía comprendiera de donde salía esa furia y ese odio. Pero en los corrillos, solo de hablaba de que los chinos le habían tumbado. En su propia tierra, una triada venida de Shanghai escondida tras acuerdos de fe y sangre, en tres años dominaba el comercio de la droga más cara: la heroína. Y… desde allí la enviaban a toda Europa.

En la suave ladera, mientras el sacerdote rezaba, se podía distinguir a su viuda de 50 años y sus tres hijos. Detrás unas 30 camisas embutidas en trajes negros y sombreros de fieltro. Mientras rezaban los móviles saltaban, mientras rezaban el mercado de futuros del alquiler de apartamentos dibujaba en sus LapTop pequeños la prisa por vender, o en sus smartphone el mercado de futuros de la marihuana liberada ya en California o Uruguay media los buques que iban de un extremo a otro del planeta. ¿Qué podía ofrecer Sicilia en esta nueva sociedad globalizada de la droga? Hombres y opacidad. Esa era la consigna de Dom Elmer y con ella había logrado triunfar, pero los chinos le anteponían precios baratos y rapidez de entrega, y no aceptaban pactos.

En la cena posterior apareció un invitado no deseado, Son Jon, el chino que manejaba todo el sur de Shanghái y era un amante de Sicilia. El murmullo le precedió y los hombres venidos de América le hicieron un sitio. Entre ellos parecía encajar su mirada de odio con la más fría y taimada de los sicilianos de América. La Cosa Nostra tenía su cita anual, todos sabían que del entierro, la policía renovaría sus fotos, pero no les importaba, detrás de la cita, detrás del homenaje latía un intento de plasmar un acuerdo entre Asia y América que se debatía en esta isla tan bella y rodeada de un azul que le bordeaba, a veces calmo, en otras embravecido.

Son Jon movió ficha envió a su ayudante a dar el pésame a la viuda. Graziela Margerita conocedora de quien le había matado a su marido, extendió su mano y recibió un papel firmado por un millón de euros y lo paso al párroco que se sentaba detrás, luego sin decir nada pero manteniendo la mirada al chino, aventuro una frase:

#Los negocios aquí son los de América.

Era el primer paso para indicarle a los chinos que su influencia acababa en la isla si querían pactar otras rutas o mercados. En el patio se hicieron una foto. Graziella Margerita aparecía en el centro y en ambos lados se desparramaban los chinos y los sicilianos de América. ¿Había pacto? Para ello deberíamos regresar a tres años atrás, cuando Dom Elmer recibió una tarde de abril a un recién llegado Son Jon.

Continuará…

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