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by j re crivello

Graziela Margerita entro al despacho de su marido, para ella la muerte de Dom Elmer hacia una semana estaba muy reciente. Dio vueltas sin sentido, todo estaba en el aire, conocía poco de cómo se guiaba un clan enclavado en una isla y en estos primeros días todo funcionaba por su propia inercia, pero su gran maestro fue su marido y sabía que surgirían los primeros intentos de arrebatarle el negocio. Aunque se sentía deprimida, en ella surgía un gran deseo de transformar todo en dinero y marcharse, pero Sicilia era un gran espíritu de amor a la tierra y en este territorio se vivía amando las colinas y el mar. Llamo a su lugarteniente Rocco, este no era una luz, pero siempre estaba dispuesto a la acción. Intercambiaron una larga charla, lo que temía estaba en el espíritu de la organización, un gran miedo a ser superados por ese chino de Shanghái que se movía a caballo de la heroína y se estaba haciendo rico transformando a la isla en un espacio de lucha por el territorio y poniendo dinero en miles de negocios dispares lo que aumentaba el precio del suelo, descontrolaba el crecimiento y despertaba un apetito que rompía los moldes tradicionales de sus paisanos

—Vivimos una inflación de sandias —exclamó Rocco. Graziela entendió a que se refería, eran los euros que caían del cielo traídos por la droga desde muy lejos y corrompían a los lugareños. Todo parecía sencillo, todo crecía como un hongo parecido a la mafia árabe de los sultanatos. Alli tan solo cien familias domesticaban a la sociedad con prebendas del petróleo. ¿Y si no era ese el futuro? Tal vez acabaríamos como en Venezuela, con inflación, precios desbocados y un tipo gritando desde la tele oficial al estilo Maduro. ¡No! —Pensó-, debía dar vuelta a la situación poniendo a su organización en marcha. Llamo por teléfono y quedo para la tarde con Federicci. Un abogado que siempre resolvía los problemas de su marido.

 

17Hs

Entro en el despacho de Federicci. Dos besos, se sentó en un sofá y se miraron. Hacía tiempo que se conocían. Pero nunca habían hablado más de unos minutos. La mirada cuajada de verdes del abogado era nerviosa, cínica y con cierto amor a la aventura. ¿Sería este su aliado? Nada decía que podía este cuarentón de casi su edad un tipo que se mojara más allá de su profesión y por ello Graziela dijo:

—Sicilia se desangra. Su interlocutor asintió para luego soltar una parrafada:

—Hacemos buenos negocios. Todo está despierto y el dinero fluye. El oro blanco es como el petróleo, nos cautiva a todos, pero deja millones de muertos en Italia. Y aquí, todos piensan en empaquetar heroína para Son Jon, con lo cual sus tradicionales aliados le abandonan por este negocio que parece no tener fin.

—¿Qué debo hacer? —pregunto Graziela

—Si Ud. se suma, el negocio explotara y la policía llegará a la isla y seremos todos destrozados. Mi consejo es un pacto con el chino para que traslade fuera una parte de su organización.

—#Los negocios aquí son los de América —repitió la frase del entierro de su marido. El la miro, en cierto sentido estaba de acuerdo, pero la lucha seria larga y desigual y dijo.

—Son Jon no aceptará un acuerdo, las triadas chinas son voraces. No están acostumbradas a la democracia ni al pacto, acabarán por destruir nuestra isla del cielo. Y una pelea puede terminar con nuestros recursos.

—He pensado-dijo Graziela ¿Y si reorientamos nuestros negocios? Por ejemplo abandonamos la trata de blancas y nos concentramos en el tráfico de marihuana, la construcción y las obras públicas.

—Para ello deberíamos cambiar la ley como en California o Uruguay para una marihuana libre.

—¿Una marihuana blanda que se vende como el tabaco? Y se siembra aquí —agregó Graziela. Federicci movió la cabeza con cuidado, era una buena idea, saco una hoja y escribió en el papel: cambio de la ley, candidato blanco en la política para defenderla y apunto su nombre entre paréntesis, partido propio, dinero para ello y guerra a la heroína (guerra al chino) y se lo mostro a ella.

#Moveremos ficha —dijo Graziella. Una seductora matrona de cuarenta años se puso de pie, en su muñeca derecha hicieron ruido varias pulseras de marfil delgado, su vestido de naranjas suave y ligero rozo la mesa. Antes de salir se peinó varias veces su melena que le llegaba a los hombros y mirando a Federicci dejo que su media sonrisa mostrara a las enseñanzas de Dom Elmer para despedirse con un:

#Antes de la guerra le explicare al chino que los sicilianos nos arde la sangre —y se marchó.

Datos:

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