El lunes continua Dom Elmer

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by J. re crivello

Wert pulsó el timbre de la casa de Marta, había venido solo. Frente a sí, una unifamiliar de tonos grises con lo que imaginaba que escondería un jardincillo interior. Una voz femenina le abrió paso, atravesó un camino de guijarros, al lado, la monotonía del manto verde tan solo era rota por un rosal. Luego escuchó un «tac» y la puerta se abrió desde el interior, un comedor y al final una silueta delgada, de una mujer casi en los treinta y cinco, de cabello oscuro y tez fina y blanca. Serían las siete de la tarde, en Barcelona la ciudad mudaba la piel, los turistas se calzaban ropa de noche, los últimos japos adoraban la Sagrada Familia y Wert ya en retirada venía al núcleo del conflicto: dos cuchillos, dos cuchillos retumbaban en sus preocupaciones. La exótica mujer le ofreció asiento, un sofá amarillo chillón rompía la uniformidad de los grises de diseño. ¿Por qué había aceptado verla en su propio terreno? Tal vez así desvelar algo que le había pasado inadvertido: un detalle, un tic, una mueca de risa nerviosa. Pero delante se sentaba una mujer de piernas lisas y claras, una cadera de las antiguas, unos hombros cortados en seco y una sonrisa blanca y enigmática, además de unos labios pintados de rojo como las estrellas antiguas de Hollywood. Ese era el primer aviso, toda la atmósfera era de diseño pero el hielo lo cortaba la poseedora de las claves, tan caliente, tan dueña de sí misma pero con un sabor antiguo, clásico, aterradoramente clásico. Y preguntó mirándola a ella:

— ¿El cuchillo? ¿Es suyo?

—No hay otro —respondió mirándole con dos ojos azules parecidos a dos zafiros.

—El que Ud. nos entrega tiene restos de sangre del escritor y de otra persona, y el que nos entrega J. Re es igual, pero con sangre de él.  ¿Cómo explica que existan dos cuchillos?

—Solo hay uno. El otro es una infamia de quien no sé porque razón intenta implicarme en un caso raro.

—Explíqueme nuevamente lo que ocurrió. Marta detalla que el accidente fue tonto, bromeaban, él se desequilibró, se le vino encima al estar bebido y se enterró la daga en un segundo. Al desmayarse el pánico la empujó a quitárselo, dejó una toalla tapando el agujero y salió corriendo a llamar a su amiga A. Fer  y a la policía.

—Ud. ha llamado a la Policía unos minutos después que a su amiga.

—Es lógico —respondió Marta— con los nervios, al regresar vi que no estaba el escritor en la cocina y dudé. ¿A quién llamar si no había accidente? ¿Le diría a la policía que un amigo se había cortado levemente y que yo tenía el cuchillo y no sabía dónde estaba él?

—Lógico, dijo Wert. Y repasó mentalmente, tenemos un herido, dos cuchillos con sangre y una señora muy lista. El caso está cerrado y preguntó: ¿Cuál es su relación con el escritor?

—Nada, solo acepte que subiera a mi casa ese día. Le invite a una copa y ocurrió el infeliz desenlace.

— ¿Y si el escritor presenta una denuncia por herida con arma blanca?

—No lo hará.

— ¿Cómo lo sabe? Marta se puso de pie y caminó como si pensara en esa opción pero estuviera muy segura de la reacción del otro. Luego marcó con un lápiz en una hoja una respuesta y al inclinarse muy cerca de Wert percibió un halo envolvente y arrebatador. Algo seguía haciendo «crack» en su cabeza. Abrió el papel y leyó:

«Lo sé».

Aquella respuesta le iluminó. Quien estuvo allí esa noche estaba en el círculo íntimo de Marta. Se puso de pie y caminando al azar vio una foto encima de un mueble de varios jóvenes y preguntó si podía quedársela, ella asintió, y puso detrás «nombre de la banda de los seis» y le solicitó a Marta que detallara en un papel sus nombres, sus teléfonos y direcciones de correo electrónico. Wert se despidió. Al salir envió un WhatsApp al escritor:

#Hemos presentado denuncia por heridas leves en casa de Marta Foss, pase a firmar mañana#

Un mensaje de J. Re apareció en la pantalla.

#Ok#

Wert caminó lentamente por el Paseo Sant Juan. Otra vez lloviznaba. La ciudad estaba cálidamente oscura. Un viento movía las hojas de los plataneros hacia la montaña. En los laterales del paseo un grupo de porreros, calaban y calaban. ¡Qué asco! —dijo.

 

 

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