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by J. re crivello

Wert entró en la sede de la Policía autonómica —los Mossos—, ya conocía este camino, cada tanto le llamaban sus superiores por algo que rozaba la ilegalidad, o para decir que le debían un favor pero le pedían otro, o que tenían un colega y lo querían introducir en el escalafón, en suma, el ruido de la burocracia y la política juntos. Se detuvo ante una puerta inmensa, el edificio era antiguo pero se habían gastado la pasta en su remodelación. La secretaria, una morena esponjosa pero funcionaria desde hace diez años le sugirió que quien le esperaba era el Jefe de los Mossos, a quien le nombraba el Conseller de Interior. Ya les conocía, a su superior directo, un nacionalista que pegaba manguerazos a los manifestantes cuando eran okupas. Al abrirse la puerta, en una sala diáfana, al fondo pudo ver al Jefe y una mujer vestida de policía, con varias condecoraciones —ahora las llevaban al estilo americano—, unos sencillos grabados en la guerrera lateral. A medida que se acercaba descubrió que la conocía. Era la estrella ascendente, joven, muy guapa, o como mínimo vistosa, hábil al comunicar, y obsesiva en las leyes. Los tres se sentaron en una mesa redonda. Sus dos interlocutores sonrieron, él sonrió, los tres sonrieron. M. Lancioni fue directo, la presentó describiendo sus servicios, su tenacidad, su forma de actuar con las leyes —un capítulo que iba directo a su mentón — por su estilo personalista, desequilibrado y volcado en la acción al borde del reglamento. Luego solo dijo tres palabras:

—Será su sucesora. Wert trago saliva, venía a la rutina y su vida cambiaba. ¿Qué le parece la idea? —preguntó el Jefe.

—Bien. Dentro de él pasaron miles de recuerdos de los años duros. Pero ¿a cuento de que enviaban a la más eficiente al distrito de Gracia? El corazón de Barcelona, donde se cocían pocos crímenes, pocos robos, pocas historias, pero donde vivían los okupas más belicosos de la ciudad. ¡Se aburrirá o hay gato encerrado! —pensó. Y el jefe continuó.

—Pero antes quiero que investigue este asesinato: «el de los cuchillos» como ya le llama la prensa junto con ella —y miró a quien se sentaba entre ambos. En los próximos meses espero que trabajen juntos, que conozca la comisaría, que tenemos proyectado fusionar con otros tres distritos. Ahora se veía el fondo del tema, la enviaban a una macro-comisaría para dar algún salto después. Un silencio cubrió sus pensamientos y Wert intentaba no incluirles en la charla, pero dirigir una macro-comisaría no era juego de niños. ¿Y para él? ¿Qué tramaban? Su jubilación o un puesto de chupatintas era lo más probable. El Jefe retomó: —Y… como no hay dos sin tres, cuando acaben la fusión y descubran al asesino, Ud. ocupará mi puesto —y sonrío. Wert esta vez ni respiro, solo preguntaría:

— ¿Jefe de los Mossos?

—Si

—Es un cargo político —dejó salir suavemente Wert pero dando a entender que no se vendía ni prestaba a manejos

—El sistema de ascenso cambiará, lo ha diseñado Esquerra republicana y la CUP, —luego agregó— Ud. será el primero que será nombrado por combinación de puntos, hoja de servicios y algo de política. Tendremos un Jefe por primera vez profesional.

— ¿Y si no acepto?

—Le jubilamos hasta que cumpla los sesenta y cinco. Pero para Ud. es un gran paso, por ahora no tendrá grandes cambios hasta que acabe la fusión y el caso del asesinato.

— ¿Por qué tienen tanto interés en un caso de asesinato que está casi sin fuelle?

—Intuimos que el escritor de derechas y antinacionalista J. Re la va a liar. Wert respiró, la Inspectora suspiró. Pasados unos segundos, la Inspectora Ma. Rawson habló por primera vez, voz suave, rapidez al pronunciar las eses y un acento que no descubría de dónde venía.

—Para mí es un placer trabajar con Wert —mientras miraba a su Jefe—, no hubiera imaginado hasta ayer que todo daría un giro tan rápido. Wert la miró y sonrió. Y dijo ya despachandose de toda hipocresía: «Y Ud. me sustituirá como Jefa de los Mossos». Ella sonrió. Lo implícito aparecía en esa carrera de rivalidades y apoyos tácitos. Wert se sentía incómodo, la pinza por primera vez le rodeaba. Luego Lancioni dijo:

—Bueno, veo que estamos de acuerdo. Wert y Ma Rawson salieron a la calle, en la acera mientras se dirigían al coche policial, ella se giró. Los ojos verdes muy claros le atraían. Wert se olió una trampa después de casi cinco años de vivir divorciado.

—Tengo una idea sobre el caso. Y dijo: el muerto fue asesinado por alguien muy caliente.

— ¿En que se basa? —preguntó Wert.

—Marta casi no ha hablado y su silencio es una forma de decirnos: ¡no podéis conmigo!

Montaron en el coche, por primera vez él no conducía, y las piernas rosadas de un vello suave y rubio le distraían, pero intuyó que iban a casa de Marta. La ciudad estaba en su cenit, mediodía, aceras llenas de vendedores, japos echando fotos, damas gruesas y tacón subido para ocultar las nalgas entubadas en faldas a la moda y una tormenta que amenazaba descargar a la hora de la siesta. La Inspectora Ma Rawson dijo:

¡We will catch her!         

 

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