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Para quienes han llegado hasta aqui, quedan solo 6 capítulos. ¿Los devoraremos? -j re

by J. re crivello

03:30

El pitido del móvil se repitió durante un largo rato, Wert luchaba con su sopor, ¡era ella!, seguro que era ella —pensó. Al final, quien le llamaba desistió. Wert le quitó el sonido al teléfono y con tranquilidad se puso de pie, ya estaba desvelado. A los cinco minutos percibió que su móvil vibraba y lo cogió:

—Ayer noche me marché en taxi y hoy durante todo el día no nos vimos      —dijo Ma Rawson. Lo siento. Wert sonrió, mientras se miraba en el espejo las arrugas debajo de los ojos. Y respondió:

—No te preocupes. La había tuteado. ¡Qué desastre! Se detuvo, ya la había estropeado. Pudo oír una leve risa y una frase rápida pegando palabra a palabra.

—«Yanosoylapoli» ¡Cabrona! —exclamó Wert. De nuevo la comunicación se cortó. Wert fue hasta la cocina, dio vueltas como un zombi, de repente intuyó que algo no encajaba, él trabajaba a la antigua y su método era perfecto, por ello abrió la nevera. En su interior iba pegando papelitos al azar. Le gustaba resumir ideas de los casos que iban surgiendo. Vio cinco desde el amarillo al rosa y una tapa de yogurt de hace unos días escrita por detrás. La cogió e intentó descifrar lo que decía, con una lupa miro debajo de una luz, ponía:

«El desaparecido está muerto» ¡joder! ¿Y dónde esconde uno a un muerto? Pasados unos segundos marcaba el número del móvil de la Rawson:

—Si  Marta tiene una segunda residencia, el muerto está allí. Ma. Rawson dormía boca abajo. Sus piernas redondas se prolongaban en unas nalgas cubiertas por unas bragas ajustadas y con lunares negros de tamaños irregulares al estilo pañuelo flamenco. Solo respondió:

— ¿Ud. no duerme? Y el móvil rodó por el suelo. Wert luego llamó a un juez amigo, un tal J. Ramos. Al atender la llamada este pudo ver las cuatro en el reloj de su mesilla y le escucho diciendo: «Qué narices! ¿Tú sabes qué hora es?». Wert le hubiera dicho que tenía una pista, que le había despertado su adjunta, que estaba desvelado y hubiera aguantado las bromas sobre si la adjunta estaba buena, pero fue directo:

— ¿Qué puedo hacer para conseguir una autorización para examinar un piso de alguien que no es oficialmente sospechoso?

—Pon en la solicitud: Célula islamista.

— ¿Solo dos palabras?

—Dos palabras y la dirección, e intenta pasar desapercibido ante el juez, que cuando vea tu firma en la solicitud la denegará, pero las están concediendo en horas… « ¡Para esto me llamas!» Y cortó. Wert se vistió, estaba contento, llegaría a las siete a la comisaría. Preparo café con tostadas y aceite, y puso a toda pastilla la música de Los Chunguitos.

 

09:00

Ma Rawson descubrió una casa de Marta a nombre de su padre en La Floresta. En el Registro de la Propiedad decían que existía una solicitud de cambio de nombre desde tres meses firmada por una Marta con el mismo DNI. Todo coincidía, ahora tocaba convencer al juez. Ambos siguieron la consigna del amigo: «célula islamista». Y lo firmó ella para no despertar al juez con el apellido Wert. Pasados unos treinta minutos el juez les llamó. Razonó con ellos que era una solicitud fuera de su zona y ni siquiera ponían un detalle. Ma Rawson argumento con sumo cuidado que era un chivatazo surgido en un bar. Un hilillo de voz del juez exhalo una pregunta que los precipitaba al desastre.

— ¿Qué bar? La Rawson respondió:

—La Puñalada. El juez ante la respuesta reía con fuerza y mientras tanto, aunque no lo vieran, firmaba la orden. A punto de asfixiarse repitió:

— ¡La Puñalada! Pasen a buscar la orden —dijo antes de despedirse y agregó. Dele saludos a Wert. «La tenemos» fue la exclamación del Jefe de Policía.

 

14:00

Entraron en la casa unos diez policías. ¡Nada! No encontraron, nada. Ma Rawson intento ser positiva, al mencionar que tenían mucho material personal de Marta, y era necesario analizarlo antes de dar el siguiente paso. Al regresar a comisaría todos se reían. Un pequeño cartel apareció en la mesa de Wert: «célula islamista». Intuyó que venía del bromista del Departamento de Estupros. Ya sentado en su despacho lo dobló para tirarlo a la papelera. A través del cristal pudo ver sus ojos claros, su melena rubia, en un segundo una ráfaga de sus miradas se cruzaron, Wert disimuló. Y un mensaje entró en su whatsapp:

#Cenamos a las 9 en mi piso#

#Ok, llevaré vino# —respondió Wert

La ciudad era una larga cola de japos haciendo fotos. Era viernes, Wert pudo pensar que era el día perfecto. Para la cena, se pondría una chomba de color gris y pantalones tejanos negros y como hacía calor unas sandalias de tipo cincuentón. Miró por la ventana, pudo ver una Barcelona llena de gente con ideas en la cabeza, con sueños y una asesina que tenía un cuerpo metido en una nevera o enterrado. «¡En una nevera!» Allí está —pensó.

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