Mañana termina este relato largo y estará abierto (gratis) en Amazon para aquel que quiera bajarselo o regalarlo a sus amigos. Ha batido records de 100 lectores por día. ¡Gracias por la compañia! Prometo regresar con otra historia de crimen y humor. No es tan fácil conseguir ese tono intermedio. Saludos -j re

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by J. re crivello

03:00

—La nevera —Wert presiente el sitio y en su conversación con la Rawson agrega además: «La instalación».

— ¿Ahora eres brujo? —exclama Ma Rawson. Está en su cama estirada y ya falta de sueño. Sus piernas rosadas las tiene estiradas encima de un cojín, el médico le ha recomendado hacer ese ejercicio para las largas horas de pie, con su pelvis en altura. Lleva una braga de caras del Pato Donald pequeñas, lo cual supone el pasto de las llamas del deseo masculino. Hoy no le había gustado la detención de Blanca, ni los métodos mafiosos de Wert pero el resultado aparecido en el móvil de Blanca fue demoledor; aún en su interior retumbaba aquel:   #Atízale# o el más loco de: #Apasionata per tu#.

— ¿Dónde pueden guardar un cuerpo sino? ¿Me oyes? Wert percibe que la Rawson duerme plácidamente. Decide hacer lo mismo pero lucha contra su imaginación, ella está ahí, seguro, la intuye con esa ropa interior original. ¿Es amor o sexo? Recuerda la frase de un amigo: ¡un revoltillo!

 

09:00

Esa mañana Ma Rawson decide disfrazarse de señora de la limpieza y espera agazapada que Marta salga de su casa y se filtra por una ventana. Recorre las habitaciones dejando que su intuición le guíe. Dominada por el fastidio va directo al congelador, recuerda viejas pelis que los traficantes esconden el dinero en atados de plástico, pero cuál será su sorpresa cuando al final ve un juego de llaves, las retira y ve que llevan un hilo atado; es un papel que pone «Él». Nada más enigmático.

Decide regresar a Comisaría y sin decir nada a Wert llama a los posibles alquiladores de neveras describiendo a la posible clienta. Luego va a los Hipermercados principales mostrando la foto de Blanca y preguntando por ese tipo de clienta y si había comprado un freezer. Nada. Un acto de pura intuición le lleva hasta las oficinas de Wallapop. Le permiten bajar al hangar y puede hablar con los que manejan las furgonetas, se forma un corrillo y la mayoría participa «porque la poli esta buena», se acercan, se crea un tumulto. Casi al final Ma Rawson decide cambiar la foto de Blanca por la de su hermana Marta. Del grupo sale una voz aflautada, de un tipo de unos treinta años, con sortija en su oreja derecha, mientras de fondo se escucha un griterío:

— ¡A esa le llevé una nevera congeladora usada! Me la hizo subir a un cuarto de la primera planta de una casa en la montaña. Me acuerdo de ella ¡que morro me dejó después sin propina!

— ¿Dónde está esa casa? ¿Nos lleva hasta allí? El empleado asintió, y describió la carretera de la Arrabassada en la subida al Tibidabo. Ma Rawson llamó a Wert y le explicó que tenía la pista de la nevera. Luego Wert hizo lo mismo con el juez para pedir la orden de registro. Al principio este no quería ponerse, pero al final decidió escucharle. Wert fue suave y preciso, intentaba apartar su ego y su perfil de poli come jueces, concluyó con un «es para corroborar una hipótesis». El juez respondió:

—Ya tienes a una de las Foss sospechosa y que ha pasado por su Comisaría, con un escándalo del cual no paran de llamarme los «chicos buenos» de la Generalitat y su equipo de abogados y ahora quiere meter a la otra Foss. ¡Y, además quiere limpiar su casa! ¿Por una hipótesis?

—Si. La respuesta de Wert fue clara y nítida. El juez mascullaba con alguien cerca del teléfono, aunque en su interior conocía desde hace treinta años las intuiciones del Inspector.

—Vale. Yo firmo y Ud. entra y sale sin hacer ruido. Si no encuentra nada deja todo en su sitio ¡inmaculado! Y nos olvidamos de ello. Pero si encuentra… ¿el cadáver? ¡No irá Ud. a la prensa como siempre a cubrirse de gloria! Ni se lo dirá a su familia. Ud. dejará rodeada la casa sin permitir que entre nadie con un coche de paisano ¡Y me llama!

Wert aceptó y en minutos llegaron a la casa en la falda del Tibidabo, forzaron un cristal de una ventana trasera, subieron por la escalera con la compañía del distribuidor de Wallapop y este les mostró el arcón del freezer. Lo dejaron marcharse y con la llave que tenían abrieron. A. Reinz apareció, cortado a trozos y tieso como varios pollos congelados y su cabeza separada y puesta en la parte más alta de su cuerpo sonreía como si durmiera plácidamente.

— ¡Ya está! —exclamó Ma Rawson.

— ¿Por qué le mató? —preguntó Wert.

— ¡Da igual! El muerto está tan frío que Marta Foss no podrá negarlo —exclamó la Rawson.

— ¿Y si fue su hermana quien lo trajo hasta aquí para incriminarla? —insistió Wert.

— ¡No jodas! Quien le mató esa noche fue Marta. Blanca no estaba, tiene coartada  y el escritor J. Re estaba frito en el suelo. Reinz iría a por ella y esta se defendió y le mató.

— ¿Y por qué no dijo nada? —preguntó Wert

— ¿Una señorona de Sarria, casada,  millonaria, nacionalista va a decir que fue un error?

—Vale. Avisaré al juez, iré a verle. Tú te quedas aquí. Cuando tengamos la orden de detención te aviso.

Wert entró al despacho del juez. Sonreía ácidamente. El juez Olmos percibió esa sonrisa ácida. La conocía era la firma de un Jefe de Policía con mucha carrera, por ello preguntó:

— ¿Lo tiene?

—El cadáver está en el frigo, tro-ce-a-do. Wert alargó la palabra. Ahora nos falta interrogarla para conocer el móvil. El juez sonrió, luego le felicito. Wert mencionó a su equipo. El juez agregó:

—Ma Rawson es buena y sirvió dos whiskies. Y luego ya más cómodo preguntó algo que le llegaba a sus oídos desde hace meses: ¿Este caso es su despedida? Wert conocía a ese juez, excelente pero se chivaba como el agua. Bebió un sorbo, y dijo:

—Me iré de vacaciones. Me deben dos meses.

Los dos compartieron su satisfacción, mientras Wert a través de WhatsApp escribió:

#Te toca a ti detener a Marta Foss. Y agregó enigmático: #Venganza social

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