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by J. re crivello

Ma Rawson trajo en un coche patrulla a Marta Foss, al bajarse una nube de periodistas les esperaba. El juez Olmos ya había cantado. La llevaron a la sala de interrogatorios, allí estaba su abogado. Ma Rawson puso lentamente, como sopesando lo que diría, las imágenes de A. Reinz congelado y troceado en hilera y señaló:

— ¿Qué hacía A. Reinz en su casa?

—Mi clienta no contestará —dijo el abogado. Wert intervino:

—Está detenida por ser sospechosa de asesinato, el juez no le fijará fianza y será encerrada en la cárcel de Wad Ras con todas las que Ud. sabe que viven allí. Ellas están deseando recibir una visita de una Sra. de la alta burguesía.

— ¡No por Dios! —exclamó Marta.

— ¿Qué hacía A. Reinz en su casa esa tarde noche? —insistió Wert.

— ¿Si mi clienta confiesa y colabora, le reducirán la pena? —preguntó el abogado. Wert salió fuera un momento y consultó con el fiscal. Al regresar asintió y Marta comenzó a relatar lo que verdaderamente había ocurrido esa noche:

—Esa tarde-noche mi amiga A. Fer nos dejó en la entrada de mi casa. J. Re y yo íbamos bebidos. Llegamos a la cocina y en un juego de seducción fingí que le amenazaba con el cuchillo, con tan mala suerte que se le clavó al ser empujado por alguien que saltó desde atrás. Cuál sería mi sorpresa al ver a A. Renz, quien llevaba otro cuchillo e intentaba asesinarme. En el forcejeo, mientras el escritor caía al suelo, ¡le maté! , pues el cuchillo que él llevaba se giró clavándose en su corazón. Azorada me di cuenta que tenía dos muertos. Acerqué mi boca a la nariz del escritor y respiraba, luego a la nariz de Reinz y estaba muerto. Decidí trasladar a Reinz hasta el lavabo del cuarto de pánico. Al regresar el escritor había desaparecido.

— ¿Y Ud. decidió montar la historia de un solo muerto? —preguntó la Rawson

—Sí

— ¿Cómo se deshizo del cadáver? —pregunta Ma Rawson. Limpié todo, sabía que nadie conocía la existencia de la habitación. Como ustedes saben las casas burguesas las tienen con el fin de evitar secuestros y dentro —aparte del lavabo— hay una cama y comida para varios días. Al día siguiente cuando ya se marchó la policía, lo troceé con una sierra eléctrica y lo congelé en el freezer. Pasados unos días compré otro freezer para la casa de campo en Wallapop y con mi carrito de la compra cada tanto iba al supermercado Lidl, compraba y luego pasaba por casa y agregaba en el fondo una parte del cuerpo.

— ¿Cómo un pollo congelado? —dijo Ma.

—¡Igual! Después ponía encima las cervezas del fin de semana. Inclusive organicé tres fiestas para poder llevar todo más rápido.

— ¿Por qué no denunció el hecho? —Preguntó Wert.

— ¡Un escándalo! Soy parte de la burguesía. Mi padre me enseñó a dar ejemplo.

— ¿Ud. sabía que su hermana y A. Reinz planeaban asesinarla? —dijo la Rawson.

Ella sorprendida cuchicheó con su abogado, luego insinúo que solicitaría una reducción de condena pues ella temía por su vida. Ma Rawson estalló:

—¿Me dice que una persona fría y que se controla hasta trocear, hasta congelar, o hacer fiestas en la casa, pasar por el super y… hasta seguro que invitar a su hermana a ellas. Lo único que Ud. desea es… quedarse con todo.

— ¡Opiniones! —exclamó el abogado.

— ¿Por qué flirteaba con el escritor? —pregunto Wert.

—Fue una apuesta con mi amiga A. Fer.

— ¿Cómo se llevaba con su futuro cuñado?

—Casi no teníamos relación. ¡Era un estúpido! Un ambicioso que quería la fortuna de mi hermana Blanca. Wert y Ma Rawson salieron fuera para recapitular. Ma Rawson valoró que tenían al asesino, su declaración, el cuerpo y un caso cerrado. Para Wert ya era un problema del juez, la encerraría diez o veinte años y la sociedad debería aceptar que una buena familia estaba podrida. Volvieron a entrar y en una hora firmaron el escrito, en el cual, Marta Foss aceptaba su culpabilidad con el eximente de «asesinato en segundo grado grado en defensa propia».

 

Ma Rawson, al marcharse todos, entró en el despacho de Wert y se sentó balanceando sus piernas en el escritorio. Wert hizo lo mismo situándose a su lado. Sus manos apoyadas en el escritorio se rozaron.

—He pedido dos meses de vacaciones —dijo Wert, mirándole de lado para agregar. ¿Te quedas en comisaría? Ma Rawson sin dudarlo cambio la pregunta:

— ¿Nos vamos a África? Wert asintió.

Un beso de ambos disparó los aplausos de la sala de casi cien metros. Solo dos tahúres sentados y con las manos atadas aplaudían más fuerte que los polis, intuían que en el barrio de Gracia tendrían pista libre.

#Pista Libre.

 

Dos días después

— ¿Este es tu piso? —preguntó Ma Rawson.

—Si.

Un piso que tenía un comedor de papel a cuadros con una TV en blanco y negro; y una nevera llena de tapas de yogures con los datos del caso escritos por detrás. « ¡Joder!» —exclamó la Rawson con sorna. Y un lavabo con taza de váter blanco y madera negra; un espejo comido por el óxido. Y… una cama tan dura que la Rawson al desnudarse puso dos mantas debajo de la sábana. Wert reía ante las críticas. « ¿Me amas?» —preguntó ella. Wert vio una mujer tan rica y deliciosa, tan sana y llena de vida que intuyó que en África la amaría hasta colgado de los árboles.

—Sí —dijo. La Rawson abrió lentamente sus piernas, su vello rubio se erizó. Al fondo las maletas y dos billetes. El despertador sonaría a las 04:00.

 

Tres días después

By Ana Fernández

Ana llegó a casa agotada. La policía la había estado interrogando durante varios días seguidos, a ella y a Marta. Al final habían descubierto que su amiga mató a Renz en defensa propia mientras este intentaba asesinarla en su propia casa.
Todas las imágenes de la noche del suceso se agolpaban en su cabeza, la cena entre los tres amigos, todo el vino que se tomaron, y el momento en que Marta y Juan Re se bajaron de su coche y entraron en la casa de ella. Y esa imagen del retrovisor que aún le martilleaba en la cabeza. Ahora su amiga estaba detenida por homicidio involuntario y no había vuelto a ver a Juan Re.
Se dio una ducha y después de meterse en la cama con todas las sensaciones aún en su cabeza, se quedó dormida.
A las 7 de la mañana el timbre la despertó.
Cuando abrió la puerta vio a Juan Re con su media sonrisa enmarcada por la barba de varios días. Parecía salido de la resaca de una fiesta tecno.
— ¿Qué tripa se te ha roto Juan Re?
—Te echaba de menos Anita.

The End -saludos de Ana Fernández & j re crivello

 

 

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