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by j re crivello

Aquel fue mi error. El gran Bonaparte, al combatir la monarquía con una República de sangre y destierro. En cada nueva conquista me alejaría de mi antiguo objetivo. Pero, mientras más me obcecaba, aparecía ante mí, un vasto continente muerto en la trampa monárquica. De su inacción nacería nuestra furia.

Napoleón se detuvo en su monologo. Pudo observar como Santa Helena estaba dormida. El vientre plomizo de la isla le había traído algunas cartas. Se preguntó: ¿Por qué siempre me destierran a una isla? Su mano temblorosa había recogido de su boca un vomito de sangre. Ya su estómago no soportaba tanta carga de un brutal líquido que intuía le consumía. En un delicado papel escribiría: “He mirado desde la bruma que preside mi encierro. Hoy, tal vez no pueda demorar otro día. Me tortura este abandono solitario y terco en que, me han sumido”.

Bruselas es como un oxido que te corroe lentamente. En dos meses 30 horas de sol. Soy un presidente estéril, caído en desgracia donde la profecía me persigue. Cada twitter es una nueva casa de los fantasmas, cada visita un pliego de condiciones para que firme mi destierro a la isla de Helena. Camino por las noches en derredor: y hay niebla, de día niebla. La legitimidad aparece en mis manos y se esparce cual arena fina.

Todos dicen ponerme en su lista. Allí arriba, pero sus puñales imitan la danza del frio asesino. Me parezco a Napoleón, donde, un largo destierro confundirá la vision. Las metáforas son grandilocuentes, por ello he alquilado en Waterloo esta casa, allí creare una Republica de gestos. Puigdemont se distrae de su soliloquio, lejos Waterloo es un destino que le confunde con Napoleón.

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