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Algunas novelas comienzan con el final…

El jueves estuve comiendo en casa de una amiga y su marido. Siempre me interroga sobre lo último de lo que escribo. 1) Describí una de mis novelas Artl y le encanto ese tipo que se sienta en un zaguán herido de amor y abre sus recuerdos. Y dos) hablé de esa otra estúpida novela que me paraliza (¡no avanzo joder!) El Corazón dormido y me dijo: “te retírare el saludo” Hoy he preparado un guion nuevo, con colorines, tachones y dibujos al estilo del estimado Rafael R. Costa. Luego he marcado los capítulos que faltan 1) Cementerio 2) Patrimonio 3) Venganza 4) El triángulo 5) A este no lo puedo revelar y 6) Viva el Che! Ahora solo queda alimentar la fábula…

Lucas Boy se acercó hasta la ventana de la residencia, fuera se veía una viña ondulante y seca que pretendía brotar en esta primavera sin agua, sin dinero, sin esperanza. Y recordó a un gran maldito. Le conoció en Barcelona alrededor de los 70. Fueron amigos hasta que el caballo le mato. Era lento de hablar y de comer, sabia engañar a la gente en las Ramblas. Con un cigarrillo Marlboro desplumaba a cualquiera. Solo se atrevía a contar viejas historias de abandono, de su pueblo natal, de la imposibilidad de regresar, de la dura crisis –la de 1974. Y la gente le soltaba un buen pellizco. Para Lucas Boy aquel periodo de modernidad de Barcelona –y de Cataluña, no era más que un rosario de tipos venidos de fuera mezclados con los de aquí, y una atmosfera de libertad que partía al país entre los amantes y los que tenían miedo. A un tal Franco, al amor, al sexo, a tocarse las vainas sin esmero. Años crueles marcados por el fin de la siesta del Dictador, pero fructíferos en las relaciones entre las personas. En aquellos días, la cajetilla de Winston, algún porro y mucho riego vital de señoras y señores que amaban la vida y aborrecían la bandera y las náuseas. Pero, Lucas Boy volvió desde su ensimismamiento, echó para atrás la silla y pensó: los tiempos cambian y el rostro de los comisarios del crimen están cerca. No quiso agregar más, ni siquiera se atrevió a pensar en un país des-unido para satisfacer los deseos ideológicos de los nuevos. De los que sueñan con un Estado propio. No quería permitirse enturbiar esos viejos recuerdos. Fue hasta una mesa camilla y extrajo una carta, era de 1975, estaba escrita en carboncillo y tenia dibujada una inmensa nalga femenina y decía así:

—Lucas ¡te amo! Esta mañana he ido hasta el colmado y he comprado dos piezas de butifarra blanca, luego pan y dos manzanas de Lérida. Te he esperado hasta las cuatro. ¡No seas infame! Si te veo esta noche te prometo descabezarte a besos. Un tachón en rojo ponía ¡Que cursi! Y luego más abajo:

¡Caerá Franco y nos iremos a una casita a la playa! Lucas Boy lloro un largo espacio de tiempo. La carta se fue al suelo. La enfermera le puso una inyección y no la recogió. Se hizo de noche y la ventana se pobló de seres imaginarios que animan la viña que les rodeaba. Cerca de las 8. Era domingo le llamo su hijo. Hablaron largo rato. Y Lucas Boy dijo:

— ¡Quítame de aquí que me muero!

— ¿Y dónde te llevo padre? –pregunto su hijo

—Búscame un piso en el centro de una ciudad pequeña. Te prometo que no te molestare

— ¡Padre! ¡No me jodas! Lucas Boy insistió:

—Aprenderé a ponerme las inyecciones, a hacer de comer, pediremos al Mercadona mi vianda y pagaremos a una señora para que me baje hasta el Casal a jugar a las cartas una vez a la semana. Su hijo, abierto en silencio ante aquel amor antiguo y cargado, no se atrevió y respondió:

_ ¡Te lo prometo padre! Lucas Boy fue hasta la cama y sin más que sus dos manos se arrastró hasta trepar en aquella trampa de salud. Cerca de las 21 la enfermera le trajo la vianda y se enfadó ante su osadía. La sonrisa de Mr Boy era inmensa, con 90 años remataria la vida y los gramos de intenso instinto. Y… se durmió.

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