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Regresamos el lunes con el capítulo 5. Buen finde -j re

Lucas Boy y Caro Vespasiano, su amigo que era dueño de un nuevo legado –de tres hijos, un gato y un perro caminaron por una especie de estepa verde. La vid en esta época del año en el Macizo del Garraf / Penedés se presta a un cierta melancolía, largas hileras se mecen como un látigo de domador de circo, curvadas, subiendo y bajando e irresistibles a dar orden al territorio. Acababan de dejar una antigua masía. Lucas Boy argumentaba que aquella con varias habitaciones y un comedor cocina disponibles y mucho espacio para arreglar era una salida a su situación. El desempleo de Caro -del sector de la construcción- le permitía ir arreglando la casa y allí podía criar a sus hijos. Muy cerca estaba Vilanova donde sus hijos irían al colegio, el pagaría los gastos y un salario mínimo y crearían un hotel de agroturismo y una marca de vino propia. Esta zona era conocida por la cercanía de Villadelobos, otro enclave donde antiguamente se movían manadas de lobos salvajes que oteaban y establecían los límites de una vid, que era un producto criado con paciencia y esmero. De allí había surgido la divertida y especial manera de sus escasos habitantes de no aceptar ningún pago que no fuera dispuesto con el criterio de la manada. Caro Vespasiano pregunto:

— ¿Aquí somos manada?

—Casi. Allí abajo en el valle –dijo Lucas Boy señalando al amplio estuario que se divisaba del Mediterráneo y las cercanas Sitges y Vilanova- la gente ha roto en pedazos con su manada y sus comportamientos son cínicos y audaces. ¡No respetan las leyes! —exclamó.

—Es que desde aquí, —dijo Caro, se ve con cierta distancia y el paisaje te atrapa en su recuerdo. Ves una tierra ondulada, que se junta con la línea del horizonte y el espíritu de la manada está recordándonos a quien nos debemos. El pacto estaba sellado, los dos amigos entendían que su proyecto iba más allá de una letanía individual, deseaban poseer la tierra y servirla con los inquilinos que vendrían desde Barcelona, los niños, el gato y el perro.

—Será duro –dijo Lucas Boy. El cole se acaba la próxima semana y podrás instalar aquí a ellos, en la siguiente, luego le buscaremos uno en Vilanova. Allí –y señalo con el dedo- hay un terreno con viña antigua de una señora que vive en Barcelona, la próxima semana firmaremos un alquiler a diez años. Esa viña esta desolada, pero en cada junta de camino plantaremos rosales y mediremos la alcalinidad de su base para mejorar esas plantas que algunas tienen más de 50 años. Y aquí, desde este camino hasta allí arriba —señalo con el pulgar derecho— ira un sendero para que nuestros visitantes lo recorran y allí haremos la vendimia y participaran en el ciclo del vino todos nuestros clientes del hotel y siguió desgranando complejas historias de como crecer en un medio hostil dotado de tan solo sueños.

— ¿Comienzo mañana? –dijo Caro. Traeré una muda y herramientas y si me das algo de dinero comprare lo necesario para adecentar  la primera zona donde instalarnos.

—OK. Nada era tan tradicional como en épocas de crisis que los acuerdos surgidos de la potente voz de una amistad y los deseos de crecer. Los dos amigos confiaban el uno en el otro y el espíritu de la manada les protegía. En los tiempos tan difíciles que nublaban España, este espíritu estaba olvidado y trataba de resurgir.

—Le llamaremos al hotel: “Espíritu de la manada” –dijo Caro

— ¿No es poco comercial? –pregunto Lucas Boy

—Al final le llamaran “Espíritu”, —matizo Caro.

 «««

Me llamo W B –me dicen Webe-. He salido de la cárcel de mujeres –de Wad Ras-, y a pesar de mantener el tipo tengo miedo de caer en la droga. ¡Estás curada! –dijo el psiquiatra, pero él no conoce mi alma. Es altiva, loca, seduce y crea una carrera incierta con los hombres, se mezcla y corroe con el sexo y los equívocos. Desde que Luis F. falleció por el caballo, deje de inyectarme. Pero la cárcel es un espacio lleno de inmundicia y si conquistas algún corazón, o ella a ti, se supone que el pacto es de hierro. La almeja (1) está muy buscada y he tenido propuestas difíciles de resistir. La vasca (2) y los bemoles (3) están del otro lado del muro y durante tantos años debía improvisar.

En las duchas dominaba el bujio (4) del bujarron (5) con lo cual casi siempre me quedaba en mi cama para meterme los dedos. Ahora que estoy en libertad, aparecerán muchos y Lucas Boy detrás de su fachada, no creo que esquive chivar (6) conmigo.

 

Diez años antes

A Luis F le repugnaba todo. Desde una caja de cerillas comprada en un chino, hasta los melindros que servían en la cafetería debajo de su casa. Y por citar algo más, cada vez que tiraba de la cadena, su wáter producía un chillido que le reventaba el tímpano. Alguna vez hasta tuvo la tentación de meter la cabeza o la mano dentro para ver si había dejado olvidado o escondido desde hace años un paquete de droga. Como en aquellos programas de la tele americana que sacan lo insólito, o muestran a las señoras obesas, o los negros con cara estirada y marginal que hacen de público y sonríen como si aquello no estuviera en el guion. Para el, era un día definitivo y estúpido, quizás sabía que le quedaban cinco días, su reloj vital se apagaba y ni siquiera podía meterle mano a WeBe, o cambiar el agua del canario que presidia la sala, quien vivía sin mucho refuerzo de mijo. Y en este intuir que le quedaba poco, un colega le había traído una caja inmensa que había robado en un descuido en la Rambla, donde venden bichos, pájaros, peces y hasta iguanas prohibidas por la aduana. Y, ¿de dónde sacaba aquello de que le quedaban 5 días? Pura intuición como la taza del wáter, estar convencido que algo estaba allí y sobrevendría. Pero imaginaba su final al estilo de Freud, una dosis de 400 mg de morfina –y fin. Por ello había puesto un sello a cada una de las cartas para Lucas Boy, o We Be, donde relataba alguna aventura malvada, o un silencio, o una queja administrativa. Por poner, hasta metió un ticket en pesetas antiguas, del metro de Barcelona que en su tiempo usaba para ir a la fábrica donde mutaba en obrero y apretaba tuercas durante 8 horas. Ese día, quizás abriría su última Coca Cola, él la mezclaba con hojas marchitas de un té traído de Ceylán –la actual Sri Lanka- que compraba en la herboristería de la vuelta de casa, luego la colaba y le agregaba cubitos y un poco de pimienta. Y al beberse el jarabe,  despertaba durante unas horas, y aún era un tipo decente y chistoso. Con la mirada repaso por última vez, las cartas, el té con pimienta, la ropa que le pondrían ese día, tejano marca Levis, camisa tejana Levis y un aparatoso fular rojo para disimular sus entradas y la perdida de piel del cuello. Los que tienen el SIDA –pensó, son como cowboy antiguos. Ya no montan al caballo, no eructan, ni siquiera piden prestado y se van hundiendo en una perdida espiritual que les prepara al salto mental de la muerte. Con tranquilidad se puso sus gafas de pasta y releyó en voz alta la carta número 8 que había preparado para Lucas Boy:

«Esta mañana me he frito pescado, luego lo he abierto y dentro he metido una droga alucinógena que me ha transportado. Me sentía un coyote, y subía y bajaba praderas inmensas. El sol me deslumbraba, la carretera era recta y su pendiente se frenaba de golpe. Por la tarde he despertado con un fuerte dolor en mi cabeza y un corte en la frente, la sangre ya se había secado. El comedor estaba destrozado, tal vez al subirme y bajar de los muebles imitando al Coyote convertí aquello en el desierto de Nevada

¡Y créeme Lucas Boy! LA LUJURIA Y EL DESENFRENO ERAN TAN REALES QUE AL DESPERTAR ME HABIA ORINADO ENCIMA!  ¡Viva El Che!

Nota /consejo para reelaborar antes de enviar: Cuando vamos hacia atrás en nuestros deseos el corazón dormido despierta y nos juega malas pasadas. Luis F. hizo un visado encima con un lápiz azul de aquellos que utilizan los carpinteros. De trazado grueso le gustaba esa marca tan personal que confería sobre el papel, que consideraba debía ser poroso y recio comprado en una casa de dibujo. Consentía que su vida se acabase y aquel legado de cartas abriera una fosa en sus gentes, tal vez,  para transmitir un legado de incongruencias pero con fuerza, ante una vida  efímera, sustancial si uno decide vivirla, pero resumida e intensa si se aproxima la desaparición física. Se puso de pie y fue hasta el wáter, tiro de la cadena y el chillido cruel le confirmo que estaba en forma. ¿Duraría unos segundos? Por ello fue hasta un caballete e intento pintar, tan solo colores grises o claros, el pincel se arrastraba para sentir un ruido de oleo seco sin disolvente, poco a poco apareció una pradera, luego tomo con su mano derecha un carboncillo y escribió en la base:

RETOMO UNA NUEVA CURVA Y ESPERO AGAZAPADO QUE MIS EMOCIONES APAREZCAN  –y firmo Luis F. (-1 día).

 

Unos meses después, un mensaje en la web de los gays de California alerto que existía un hotel llamado “Spiritou” que “era cálido, suave y nostálgico”. A partir de ese momento, las primeras habitaciones disponibles y la agenda y las reservas del hotel subieron como la espuma. Para algunos la manada sería un aspecto secundario, pero la creciente presencia de visitantes pobló la zona de ruidos y voces diferentes.

NOTA:

  1. A) Slang carcelario

(1) Almeja: vagina. (2) vasca: la gente. (3) bemoles: testículos. (4) bujio: escondite. (5) homosexual. (6) hacer el amor

 

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