el corazón dormido

Hoy muestro la portada, ¿acabaré esta novela?, amigos. El ritmo es endiablado, los personajes charlan y viven en mí. Cada vez es más posible… -j re

W B –Webe- había quedado con alguien al final de la playa de Sitges,  donde un hotel inmenso esta encallado desde hace años. A pesar de hacer calor, su contertulio llevaba una camisa larga de color ocre, un sombrero de paja comprado en los chinos y unas gafas estilo Marilyn. WeBe por su parte solo aposto por un pantalón corto –de las que llevan las adolescentes- que dejaba brillar sus muslos afeitados y una crema para piel comprada en la dermatóloga de la esquina del hotel. Había pedido el día a Lucas Boy con un pretexto de visitar a una antigua amiga. Y no había mentido, ella lo era. Se saludaron sin casi respuesta y durante un largo espacio de tiempo miraron como rompía el mar una y otra vez contra un par de rocas. Luego WeBe pregunto:

— ¿Te instalaras aquí?

—No sé –respondió una voz quebrada y llena de intriga  –para agregar. Esta ciudad está llena de gays asquerosos. Tal vez sea mejor en  Vilanova que tiene playa y un mercado.

— ¿Que queda de lo nuestro? –preguntó WeBe

—Todo. Su visitante no cedía ante el recuerdo de aquellas largas sesiones de la cárcel. Utilizó una palabra poco conocida para definirla: “tú y yo, somos como un holograma”. WeBe no entendió, pero supuso que aquello era casi como una estampita de la virgen de las que al ser niña te colgaban del cuello y no podías abandonar en toda la vida. Pero se resistía. Allí dentro  –en la cárcel, el anonimato, las presiones, tejían una red, aquí fuera, deseaba reconstruir una nueva, a su gusto, sin estridencias, con nuevas fidelidades. Casi era una respuesta de un final o bordeaba ese delicado equilibrio que tejen los amigos cuando se despiden. Su visitante puso su mano sobre la suya, ella noto ese suave calor y la aparto. Luego le dijo al oído: «tengo una habitación allí detrás ¿vienes?» y WeBe le siguió. Parecía que no podía responder de otra manera, una vez en el cuarto, se desnudaron, la cama repiqueteo, la lengua de una experta paso por sus senos, y bajo hasta atraparla entre sus muslos. El dedo índice de WeBe menos enérgico rasgo una y otra vez hasta sentir que su compañera gemía. Los leves grititos de alegría fueron en aumento. Las uñas de su compañera rasgaban su espalda. Por su cabeza excitada, pero serena pasaron miles de citas en las zonas más insólitas de la cárcel, y en su cabeza martilleo la frase: nadie elimina un pacto de manera tan fácil. Y aunque se resistía, en esos pocos minutos aun entendía que ya no le amaba. Pasados unos minutos, la aparto y se puso de pie, su contorno se dibujó una y otras vez con un culo redondo y tieso hasta detenerse y mirar desde la ventana en dirección a la playa.

– ¡Has cambiado! –se escuchó a su espalda

–Si –dijo

– ¿Cómo es posible? –pregunto una voz airada. En la cama enredada en la sabana de color ocre, yacía una mujer violenta y antigua, llena de ofensas, caprichosa y fuerte. Para los suyos era un corazón de mantequilla, pero en el descampado vital… implacable. Su físico, trabajado en el gimnasio de la cárcel, sin un gramo de grasa con una irregular concesión, poseía –según confesión– unas bellas nalgas y si subías más allá de su mentón los labios presidian una cara delicada pero altiva, cautivadora pero muy atractiva para los masculinos.

–Al salir –WeBe intentaba organizar una confesión de su retirada, «me descomprimí    –dijo y continuó-; pude de ver nuevamente a una o varias naturalezas masculinas y recordé a Luis F. También, allí dentro, el cerco nos cambiaba el carácter, nos llevaba  a decir cosas o asumir compromisos pensando que el tiempo que esperábamos recorrer era larguísimo y debíamos protegernos… del asco, de la pasma, o de las violaciones.

– ¡Me utilizaste! –exclamó su amiga

– ¡Tú también! –Respondió WeBe– y fui generosa. Esta última frase hizo daño. Parecía despedirse de una antigua fidelidad. En la cama se deslizo una sombra, al ponerse de pie, podría haber gritado, o sollozar. Desnuda, con unos glúteos angulosos y una cabellera cortada a lo garzón fue hasta el lavabo. Nada, solo un suave hilillo en el wáter. Parecía presentirse que una ruptura era demasiado, y convinieron verse cada cierto tiempo y ayudarse. Su amiga era una experta en robar sin ser vista. ¿Duraría mucho fuera? Tal vez sí. Era dura, de mirada cautivadora y con cierta tendencia a atraer a los hombres a través de una fuerza sexual y ponerlos a su servicio ¿o… dominarles? Esta particularidad de su personalidad rodeaba su territorio de influencia masculina. WeBe intuía que el sometimiento y la fidelidad estaban a su alcance y algún que otro asesinato no probado cargaba en su cuenta. Se despidió de Carmen M. Antes de salir un beso travieso alrededor de los labios les separo.

 

A las 23 horas del mismo día

Hay una calle pequeña en Sitges de no más de 300 metros, que muere en el Paseo Marítimo, es la “Calle Del Pecado”, esa noche WeBe fue en busca de una copa. Llevaba una camisola abierta de color extremo y el sol le había enrojecido la piel confundiéndole con una guiri. Los bares instalados con terrazas sucesivas estaban animados, no sabía en cual entrar. El tradicional espectáculo gay animaba a una clientela variada en la cual los heteros no eran predominantes. Casi al final, pudo ver una barra de colores estridentes e iluminación que surgía de plafones empotrados en el suelo. Entro. Pidió una copa. Se encontraba fuera de lugar, gente joven, turistas que gritaban y reían. Alguien se desplazó de su sitio y le dijo: «Hola». Ella sonrió y sus ojos brillaron –y pregunto: « ¿qué haces aquí?».

—Siempre vengo antes de irme a dormir. Su partenaire llevaba una camisa azul marina suelta, encima de un pantalón tejano y unas náuticas. Parecía más joven e inexperto. O, tal vez más fresco. Ella se sorprendió ante tanto atrevimiento superficial y, preguntó:

—Luego ¿regresas al hotel?

—Nunca se lo que hare durante la noche. Tengo insomnio y vago por aquí o allá. A veces descubro una mirada y me dejo llevar. WeBe estaba azorada, el tipo parecía otro, como si permitiera un juego nocturno que inclusive en su experiencia le incomodaba. Pero miro hacia un lado y vio un grupo de sillones y le pregunto: « ¿nos sentamos?». Lucas Boy respondió:

—Sí. Hablaron unos minutos de la fauna que observaban. En ella parecía que se había roto algo dentro y se preguntó: ¿Lucas será gay? Su aliento estaba muy cerca, para hablar debían acercarse al oído del otro y sus respectivos labios iban y venían. «No sé   –pensó. Este tipo huele a hombre» y se dejó llevar para entretenerse en mordisquear su labio una y otra vez dejando que la lengua abriera un surco. Tenía a su jefe, y el ex amigo de su antiguo amado metido en su boca y trastabillaba en un juego raro. De repente le aparto con suavidad y bebió un poco de cola. Y al mirarle, aquel seguía sonriendo como si una piedra le hubiera dado en la cabeza y solo quedara un camino, y era el tan temido, y conocía: sexo, violencia y una larga noche. Pero, era demasiado para un día, por la mañana su amiga carcelaria, y en la noche… –y dijo: «me duele la cabeza». Con esa salida en frio y reducida a una variación adolescente de final de sofoco del verano, le dejo. ¿Y él? No le siguió, era una de sus noches de caza tal vez y como decía: «buscaría una mirada explosiva».

 

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