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by j re crivello

Sería la madrugada, Lucas Boy metido en su moto recorría la parte final del macizo, en esa zona, un cruce de caminos dejaba ver la entrada de la finca de Mar Pérez. Luego un kilómetro de plataneros a ambos lados, frondosos, llenos de vida dejaban ver una casa sencilla que aparecía en el fondo, sola, blanca y a la espera del visitante ocasional. Del otro lado de Villalobos, por otra carretera, a casi 2 kilómetros en línea recta pero detrás de una gran montaña  permitía ver aquella envidiable situación, como un valle preparado para recibir a su futuro hijo. En su cabeza aun repetía esa frase larga de confesión que Mar había recitado como una plegaria de domingo ante la marcha de su madre: «aunque vivíamos separadas, a la mañana y a la noche recibía sus llamadas y siempre con la misma letanía: ¿has pensado en casarte? ¿En tener hijos? ¿En lo estúpida que estás sola y viviendo de tu egoísmo? Y siempre… esa continúa protesta que corroía mi calidad de mujer». Se apeó de la moto, el reloj digital marcaba las dos, la noche era cálida, no se oía nada, podía pensar y cortar la brisa de su vida, yendo hacia atrás y hacia el presente con fluidez. Golpeo con los nudillos en una ventana donde ella dormía, le respondieron: «voy». Luego una luz del porche dejo ver su cara y un camisón fino, corto, inexplicablemente salvaje y teñido de verdes. Le dio un beso, su corazón latía acelerado. Lucas Boy había recuperado el hambre después de tantas noches buscando en la soledad. Mar hizo un té, en la cocina charlaron un buen rato. Que tú estás aquí; que aquello es una estupidez; que mi sostén está olvidado; que mis piernas son curvas y tu tórax es liviano y ágil; que mi madre decía, que ya no quedan pálidos; que todo es rojo o lleno de violentos ocres; que en el jardín en el largo camino de plátanos ha nacido una buganvilla perezosa; que si me besas te prometo dejarte sentado allí castigado por tu deseo. Quizás una gran atracción les envolvía y les enamoraba. La noche reducía a cenizas toda la envidia humana, y les dejaba jóvenes y vitales. Él la levanto entre sus brazos, Mar se dejó llevar y con su dedo índice lo arrastro por su tórax, describió círculos, lo mojo en sus labios, regreso a su vello para repasar carreteras de fantasía. La cama estrecha y antigua prosperó de tanto calor. Sus piernas se abrieron, su cadera se torció hasta empujar dentro. Algún grito, alguna fe. Alguna risa perversa, alguna cara boba ante tanta fuerza de las dos pelvis que golpeaban sin cesar. Ese punto de azúcar disuelto, donde los amantes reproducen hasta ser derramado. Luego ella exclamo: ¡ahora puedo!

 

10:10 del domingo

Mar Pérez preparo el desayuno y abrió las ventanas, fuera el macizo vivía y latía desde hacía horas. Le despertó. Le trajo a Lucas Boy hasta la cocina y le sirvió cual amante que desea salir de su madriguera y decir que es feliz.

–Hace un buen día  -dijo Lucas Boy

–He pensado –dijo ella, que me ayudes a limpiar aquella hilera de vides.

–Pero yo… no entiendo

–Yo te explico. Ahora hay que descargarlas de tanta hoja para permitir que nazca con fuerza la uva.

– ¿Viene buena cosecha?

– ¡Excelente!

– ¿Y eso como lo sabes? –pregunto Lucas Boy

–Es algo que se nota en el aire. Con mi padre recorríamos esta zona –cuando el tenia viña– y me explicaba los secretos de estas plantas. Le miró, sus piernas flacas y llenas de genio sobresalían por encima de una silla antigua y destartalada. Siempre quise –continuo Mar- regresar al punto de partida. Mi padre siempre me hablaba del corazón dormido. Del espíritu. Lucas Boy escucho esa palabra por segunda vez, ya lo había sentido en el hotel que intentaba montar del otro lado de la montaña con su amigo. Y esta forma de ver el regreso a la vida tranquila, o a los sueños abandonados y proscritos para jugar en historias diferentes a las personales le hizo pensar respecto a si mismo. ¿Tenía el un corazón dormido? Quizás sí, un hijo que no tuvo, o ese desenfreno, esa angustia que se apodera de su alma en las noches y no puede descifrar hasta que la madrugada pierde paso y le mete en el trabajo. Ante lo cual verbalizo algo así como:

–El corazón… dormido. Ella –su Mar-, le entendió y solicita, paso una mano por la cabellera, y le entretuvo frente a la ventana que mostraba el comienzo de la larga hilera de plátanos.

 

Luis F. (hace diez años)

(-2 días)

 

Estaba de pie en el balcón, serian cerca de las siete de la mañana, desde ese espacio se veía Paseo de Gracia. Aún no había mucha actividad, los turistas incomodos hacían cola para entrar en las dos casas de moda en el itinerario de Barcelona. Luis F. se las sabía de memoria, la casa Batlló con su sombrero de gala y abundante histrionismo de Gaudí y sus balcones llenos de fiebre y, su pareja la casa Ametller, creada para este rico chocolatero que ansiaba un jardín urbano, con sus remates escalonados que declinan cual tableta de rico sabor. A veces no sabía con cuál de ellas quedarse, en ambas el genio y las alegorías del espíritu burgués barcelonés le unían a esa ciudad hundida en el encanto. Una llamada en su móvil -de Lucas Boy- le quito del ensimismamiento, hacia fresco y atendió en el interior de su piso:

–He estado en casa de R y le entregado el kilo de merca. Pero he salido de allí a risotada limpia. ¿Sabías que este tipo tiene dos doncellas mulatas que le abanican como si fuera un harem decadente? Luis F. declino contestar, conocía al personaje en cuestión desde hacía 30 años, era un industrial que solía respirar los fines de semana con sus locas aventuras; le recordaba a Engels –el amigo de Marx- rico industrial que le financiaba y hacia la revolución, aunque era una analogía desesperada, pero los industriales tenían esa pasta de ver los negocios y concebir los cambios.

– ¿Estás ahí? –pregunto Lucas Boy

–Sí, el coctel de pastillas me hace ser más lento en las respuestas –dijo Luis F. Pero Lucas Boy aporto algo de su visita, al comentar que el tal R, además le recibió con un deshabillé bordado en oro y desde su refugio no paraba de insultar a los cabrones socialistas que le quieren dejar sin un chavo. «Este pavo lo quiere todo para él» –agrego su amigo. Para Luis F. esa era una gran definición del orgullo humano, recordó que en los mejores momentos este R, hacia traer faisanes desde una granja en Aragón, que los alimentaban con cereales escogidos y al servir las viandas tenía un particular latiguillo: «esta mierda es mejor que tu droga». Un imbécil –pensó. De la cantidad de paisanos que corretean por el mundo, algunos poseen el dinero para demostrar que la vida es una sucesión de vanidad. Y dijo:

–A ese le vendría bien que un día de estos le volaran la tapa de los sesos

–Pero nos quedaríamos sin cliente –respondió Lucas Boy  –y agrego: «iré donde tú sabes para dejar 2 pájaros más». «OK» –respondió Luis F. Luego se sentó delante de las cartas que preparaba y abrió para releer la carta número 9, decía:

«Amabilísimo colega, el entusiasmo es un alimento necesario pero si te dejas llevar por el acabas dominado por una fiebre rara de sensualidad que siempre desea más. Más coches, más crema, más movimientos de cintura y más ganancias de dólares que alimentan tus obsesiones. Si puedes parar al lado de un rio y estar sentado un buen rato observaras su corriente, lánguida e igual. LA NATURALEZA DE LA QUE NOS HEMOS SEPARADO ES MAS AUSTERA». Cogió un carboncillo de tono azul y la firmó con un: Luis F (-2 días), luego se estiro en un sofá mientras observaba la chistera de la casa Batlló, fina y delicada, en ella Gaudí hace una ola, sucesiva, alegre y se durmió

A las dos horas, le despertó otra llamada de Lucas Boy:

–He dejado los dos pájaros. La pajarería está en una esquina y dentro juegan cartas como si fuera un club social de jubilados. Pero me hicieron entrar y me llevaron hasta un saloncito que da a un patio. Esta sociedad ¡esta corrupta! Un tipo vestido de marinero ¡si de marinero!, contaba billetes tan arrugados que los alisaba con el antebrazo en un movimiento, como te diría: «así, así». Luego me miro por encima de sus gafas y me hizo sentarme en una silla tapizada en…

– ¡Abrevia joder! –dijo Luis F

–Le deje los pájaros y me entrego el dinero que acababa de alisar atado con cinta de carrocero. ¡Esto no es dignidad! Mezclar la cinta con los hermosos billetes –dijo Lucas Boy con ironía- y para terminar agrego: dejare la pasta en el retrete del edificio que hemos comprado en Sitges. Nos han hecho una obra genial, levantas la tapa y puedes desmontar la taza de wáter para acceder a un descansillo de un metro cuadrado. ¡Ya casi está lleno! Luis F volvió a dejar el móvil en la mesa para preparar un coctel de su medicina. En la cocina recordó a We Be, hacía dos días que no la veía y su ausencia le escocia. Su animalidad le llevaba a escaparse de tanto en tanto para experimentar nuevas historias, al regresar parecía incluir en sus relatos la fauna que poblaba la cabeza de Gaudí. Se escuchó la puerta, ¿será ella? Con los ojos irritados y un peinado revuelto, le dio un beso. Solo dijo:

–La mierda está cada vez más adulterada dijo We Be. Luis F. rio de buena gana.

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