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—Pero yo la amo. Es una sabrosa bella durmiente blanca ciudad.

—No la amas. Es tu ciudad ahora. Pero no es blanca ni roja, sino rosada. Es una ciudad tibia, la ciudad de los tibios. Tú eres tibio, Silvestre , mi viejo. No eres ni frío, ni caliente. Sabía que no sabías amar, ahora sé que tampoco puedes odiar. Pág 389, Tres Tristes trigres, Guillermo cabrera Infante.

No son de papel arrugado ni se esconden en lozas antiguas, los tibios son aquellos que amantan futuras hienas y disponen de caladeros donde el agua se mece. Siempre caen bien, son solícitos, inexplicables si uno les consulta donde está su norte, breves en su amistad, y una sonrisa de ellos amanta a miles de amigos. Al final de la tarde se quitan la mueca y la depositan en su mesita de luz y quedan a oscuras. Allí tal vez ruge su verdadero espíritu.

Dirá Kant que el imperativo categórico es la verdadera moral pues responde a nuestro interior, que sabe, intuye que debe ir en esa dirección y las leyes externas pueden o no coincidir. Es como dirá que la racionalidad universal se corresponde con esa vieja manera de ser, del deber.

¿Qué hacen los tibios? De su dorado lecho de hienas, mantienen un suave disfraz, se ocultan, impiden dar el paso, pero manipulan para que otros les correspondan con su simpatía.

¿Tiene un tibio a su alrededor? #No doy lecciones de como convivir.

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