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by j re crivello

Atravesé una o dos ondulaciones suaves, Había dejado el coche en un lateral de la autopista. En esta comarca la fiebre de cemento pasaba desapercibida a no ser por este monstruo de cuatro carriles. Los habitantes de las dos grandes ciudades a ambos extremos lo suelen cruzar casi sin mirar hacia este lado. Al aflojarme la corbata -minutos antes-, decidí detenerme y caminar en línea recta, pues intuía que a cinco kilómetros aparecerían las fantásticas playas que solo las visitan los que montan la ola. Pero, dos descensos sucesivos me desviaron hasta una casa antigua, un molino, un gallinero y un porche. En el frontal, el aire dibujaba un lento movimiento de carne de víbora que se secaba al sol. Di dos golpes en la puerta de entrada. Un anciano escuchaba la radio. Era una música infernal que me llenaba de garabatos la garganta. Al verme la apago. Tenía casi 90. Cabello recio, cano, ojos blandos y llenos de verrugas a su alrededor. El pantalón se mezclaba con una camisa limpia y arrugada.

-¿Se ha perdido? –preguntó

-No, quizás quería saber qué había detrás de estas dos lomas.

-Como ve, nada

-¿Qué hace con tantas víboras?

-Las seco al sol y durante el invierno me las como a trozos con un licor que fabrico de aquel árbol que da flores amarillas. ¿Ud., no es de la región? –agrego para describir esa inmensa copa cargada de flores de un árbol del patio-; un día paso por aquí un extranjero –continuo su relato- y lo llevaba en un bolso. Se lo cambie por comida. La flor deja caer una semilla y la macero con alcohol para… ¿Quiere probar? Acepte. El puso dos vasos de culo de cristal grueso y el licor trepo hasta salirse. Luego corto una víbora reseca en dos trozos. La mezcla de sal, la carne recia y el acido afrutado producía un suave desaliño al llegar al vientre, aquello prometía un descenso a los infiernos. Su cara picara esperaba mi reacción, pero disimule. “¿Como se llama?” –pregunté

-Segismundo Todos los Santos, por parte de padre somos de más allá y de madre, de esta comarca. Ahora estoy solo. Cada seis meses llega una mula con un taiwanés que me deja comida, grano, algo de pienso, alcohol, y harina. Lo encargo a través de una paloma que envío desde allí: ¿ve?, del único árbol que da la semilla del licor. Ese taiwanés me conoce desde hace años, si no llega la paloma me trae lo mismo. Paga todo un hijo mío que vive donde acaba la autopista y comienza esa ciudad que tiene fama para las apuestas.

-¿El Dorado? La cara dio de frente como si afirmara que aquella lejana ciudad le mantenía. ¿Y su hijo le visita?

-La ultima hace diez años. Fue aquel año que llovió tres días seguidos y el agua se llevo los puentes y entre aquí y el mar se formó un lago salado y… ¡murieron todas las víboras! Y las que quedaron al matarlas eran flácidas, llenas de humedad. De… ¡humedad del alma!

-¿Puede el alma estar húmeda? –Pregunte. Para mi contertulio, el alma era una pena que sangraba, se dio dos giros para soltar un estribillo mientras lo acompañaba con dos dedos que vibraban al golpear la mesa:

Zam bun Zam bun

Reza por ti,

Grita por ti

El alba es una castigada sentencia

¡Y se quebrará!

Zam bun Zam bun

-¿Le sirvo otra copa? Y… probé de nuevo otro trozo de serpiente y deje que el líquido bajara con más suavidad. Segismundo reía, y puso la radio a toda pastilla. Sentía un calor que cabalgaba al ritmo de esa música. El volvió a preguntar: ¿Qué le ha traído por aquí? Dije que era una corazonada, que tantos años pasar por delante me decía que detrás de estas ondulaciones alguien esperaba.

-Desde hace años –agrego por su parte.

-¿Desde cuándo hace que esta solo?

-No lo estoy –y rio-, breve, intenso, con una carcajada fuerte y llena de mística. Le seguí, detrás de aquella risa, la mía fue ensanchándose hasta abrir mi pecho y liberarme.

-¿Y con quien está? ¡Joder! –Exclamé-  Maltrecho en la risa pude pronunciar aquella montaña de pregunta. Pero no respondió. Si se puso de pie y me pidió que le siguiera, a medio camino, su pregunta fue: “¿ha cazado víboras alguna vez? Y fui tras él. Llevaba un palo, me dio otro y atravesamos una loma. El calor irritaba. El iba descalzo. La vegetación era baja, a casi ras del suelo. Busco una penumbra, en un grupo de piedras. Luego me pregunto si oía el sonido, lo intente hasta que el retiro dos piedras gigantes. Era un rio subterráneo, no muy grande, para pasar a explicar que las serpientes se metían en estos recovecos para obtener sombra y empujo otra piedra bastante ancha de donde aparecieron tres serpientes. Con el palo, que en su punta acababa en alambre la retuvo desde el cuello para asfixiarla, insistiendo que yo hiciera lo mismo. Su técnica era dejarlas al sol y ellas morían lentamente hasta secarse por dentro.

Regresamos a la casa y decidí marcharme.

-¿Volverá? –preguntó. “Tal vez” –respondí. Si regresa –agrego-  le contare la historia de Sor Benita, la monja que resistía al sol para vivir sin sexo.

-Interesante –dije, mientras me alejaba, la radio sonaba fuerte a mi espalda al trepar las dos lomas y dar con mi coche.

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