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by j re crivello

Llegue hasta su casa cerca del mediodía desde lejos se podía escuchar la radio. Estaba sentado en el porche, a su alrededor el pedido que cada tanto le traía el chino desde la ciudad. No he tenido tiempo de poner las cosas en su sitio —dijo en tono de disculpa. Le ayude a arrastrar los sacos más pesados. Era sábado, en el viaje de ida había dejado a mis hijos en la playa  a casi 5 kilómetros más adelante y tenía planeado regresar cerca de las tres. Don Segismundo bajo el sonido del aparato y estiro una víbora encima de la mesa. Luego dos vasos y su licor casero. Agrego: “es una pitón –olvidada por algún turista. En esta zona paran coches y sueltan a sus animales domésticos cuando se cansan de sus juguetes. A esta la encontré allí abajo, estaba casi muerta, media tres metros y la arena la había dejado ciega. La mate con la daga y luego la puse a secar. Si prueba, vera que su carne es tierna y la sal la enriquece. La he condimentado con pimienta y le aconsejo comerla con una salsa, aunque hoy no tengo pero le da un color marrón”. “Luego el licor hace lo suyo” —agregó.

—He vuelto por… –dije

— ¿Por el cuento de la monja? Sabe, Sor Benita vivía en aquel pequeño acantilado, donde quedan los restos de su Monasterio. Venga se lo mostrare. Caminamos hasta aquella elevación. Esta costa era la menos visitada pues en sus curvas escondía unos remansos traidores donde se ahogaron muchos y por ello le esquivan, hasta dar con las playas más al sur donde se aplanaban y la arena fina y delgada se convierte en un dorado que –según dicen, da un color moreno a la piel que es la envidia de los visitantes. Esta planta rectangular era donde hacían misa, allí vera usted los dormitorios. En este lado están sus tumbas. Y eso, ¡ve eso? Tan pequeño como rectangular con cruces tan delicadas.

Allí enterraban a sus abortos. Eran una época dura. De este convento no hay ningún documento, todo está en mi cabeza. Me lo contaban ellas. Era joven y les visitaba. Sor Benita era alta, llena de vida, acostumbraba a escribir, y hasta se metía en el mar hasta llegarle el agua a unas rodillas redondas. En esa posición reía. En esa posición uno imaginaba que el calor de la tierra vivía en ese cuerpo alargado y redondo. De labios fuertes, de risa rápida y donde su ritual era pasar la lengua para darles humedad.

—¿Y el convento como desapareció?

—Un gran incendio le destruyo. Pero Sor Benita había fallecido mucho antes. Allí, en aquella subida que permite ver la larga playa del poniente. Allí se estiraba con las piernas abiertas al sol, cada día. Ella decía que atraía al pecado y le maldecía.

—¿Siempre en esa posición?

—Durante días enteros. Yo le espiaba detrás de aquel árbol. Las monjas le visitaban, era el ritual de cada día, le intentaban convencer, le rezaban, le traían agua. El sol inclemente le abrazaba. Ya sabe, su, aquello que es su. Donde las mujeres nos atraen a su…

—Su pasión –dije Una pausa le retuvo un largo rato. Le acompañe hasta el árbol y desde allí intente imaginar a esa mujer vestida de monja con los muslos al aire y su sexo ofrecido al cielo.  ¿Y no dejo nada escrito? ¿Se quemo todo?

—Aún tengo algunas cartas, ¿quiere leerlas?

—Bueno —dije no muy convencido. Regresamos por la loma y mientras el buscaba en un cajón, comí otro trozo de víbora reseca y me serví licor. ¿Estaba enajenado? Me refería a mí. Mi cabeza ya se había liberado de las obligaciones. Cada vez que ponía los pies aquí parecía irme por otros mundos. Él se sentó. Y dejo encima de la mesa un atado de folios envueltos en un papel de periódico. Lo desate lentamente y leí.

Querido Segismundo. Pude ver, un número en lápiz de color que ponía 23

Ayer tarde te vi pegado a ese árbol. Parecías estar unido a él. Ni siquiera la violenta brisa ni la lluvia te apartaban. Quise retirarme de mi posición. Tenía miedo. El agua me chorreaba por los muslos. ¿Qué pretendes al espiarme?

Confesión uno: El diablo me ha visitado anoche y he fornicado con su espada. Estoy asustada. Ni rezando encuentro paz. Le mire, Segismundo dijo casi murmurando: Estaba loca o ¿no?

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