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by j re crivello

—¡Qué raro es todo esto! —dijo Lenina. Muy raro. —Era su expresión condenatoria favorita—. No me gusta, y tampoco me gusta este hombre.

Señaló al guía indio que debía llevarles al pueblo. Tales sentimientos eran recíprocos; el hombre les precedía y, por tanto, solo le veían la espalda, pero aun ésta tenía algo de hostil.

—Además —agregó Lenina, bajando bastante la voz—, apesta. Pág. 139. Aldous Huxley, Un mundo feliz.

Percibimos que algunos apestan, y decoramos su vida para disimular, pero aquello vuelve a aparecer cada cierto tiempo, podemos decir nuevamente que es ocasional, pero los olores emocionales están allí durante años. Son parte del individuo que conocemos, a veces tras esfuerzos por refundarse, ser capaces —como dicen los coachs “de regular”. Es cuando ante nosotros aparece  una sociedad que se divide entre los auto fundados y los que llevan la marca, el olor emocional. Para todos vivir es una experiencia única y elegir como atravesar esa senda es una gran reserva de intuiciones:

Muchos son más sabios emocionalmente y se desplazan en esta sociedad líquida sin dificultad. Diríamos que sus olores no apestan, y son señuelos para que otros les sigan. Los de la huella, los que apestamos, debemos apretar los dientes y forjarnos cada minuto, ver o decidir qué camino escoger.

Difícil ¿no?

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