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La semana pasada fue bronca, un ataque de gripe que no fué y todos los días cambiados y al revés. Hay semanas que uno desea ver si ello acabará y a la vez es consciente que el estado de ánimo depende de nosotros para reinventarlos. Hasta mi escritura desvarió y se ahogó entre promesas sin sentido. –j re

Lunes –comienza un nuevo ciclo

Las largas hileras de plátanos de cada verano se hacían pesadas a cada metro que pisaba. Así desde la estación de autobuses hasta las afueras de la ciudad. Las calles anchas de arena del rio aumentaban su peso y mi herida crecida en el pasado me recordaba que mi padre era un tipo alegre y vivaz pero de aquellos que enamoran y se ausentan. Entrar, saludar y ver como los miembros de mi otra familia desentrañaban que era mejor o peor en mí, me situaban en un foco estéril. Pasaba un día y vuelta a hacer la ruta en sentido contrario. Nada calmaba mi sed de juventud, mis intrigas, mi futuro incierto. Hay una edad que uno debe ser libre y le pesa el miedo.

Es en ese preciso instante cuando siente la fragilidad y a la vez debe dar la impresión que sujeta su vida. Incierto suena para todos, pues los protegidos en familias de clase media se deben despegar y su atractivo es parecido a los que somos de familias desestructuradas, en suma detrás de la aventura de la vida no hay reglas. Estamos solos, cual ráfaga que anuncia promesas pero que solo depende de nosotros aligerarlas.

¿Ud. ha hecho ese camino? Tal vez el paisaje sea diferente, pero cada metro es parecido.

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