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Escribir es una manera de lealtad, con tu propio pasado, con la capacidad de crear, con la auto exigencia y con cientos de historias interiores o exteriores que nos convocan cada día para darles voz.

Por ello escribir es dar voz.

“Bueno ¿has cumplido mi mandato?

—¿Qué mandato?

—¿Tan olvidadizo? Me refiero a que si sabes ya bailar el foxt-trot. Me dijiste que no deseabas cosa mejor que recibir órdenes mías, que para ti no había nada más agradable que obedecerme. ¿Te acuerdas?

—Oh, sí, ¡y lo sostengo! Era cierto.

—¿Y, sin embargo aún no has aprendido a bailar? Pág. 111, Herman Hesse, El lobo estepario

Pues a veces la voz —al escribir, se llena de mandatos. En cada escritor debe nacer también una capacidad para seleccionar aquello que sea universal, que tenga capacidad de ser compartida por otros, original y única. Los escritores que aman la vida y han pasado por multitud de escenarios personales, son aquellos con la fuerza para unir dentro aquellos registros de la memoria y los que aparecen en su vida diaria. El genio mezclara esa coctelera y abrirá la puerta a la creación. Luego aparecerá el lector para estar implicado con ese duende.

Algunos hablan de un libro, yo hablaría de una historia que nos cautiva, y ella puede vivir en un formato de texto o digital y… siempre está a la espera de cautivar al pasajero del tren de la vida.

¿Leemos o miramos? Da igual, buscamos historias, desde que las dibujábamos en las cuevas de Altamira.

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