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by j re crivello

—Se puede marchar

Sus ojos eran de hielo.

Me levanté y me dirigí hacia la puerta en medio de un silencio sepulcral. Cuando había dado cuatro pasos Randall se aclaró la garganta y dijo al desgaire:

—Ah, una pequeñez. ¿Se fijó usted en qué clase de cigarrillos fumaba Marriot? (Pág. 83, Raymond Chandler, Adiós Muñeca).

Aunque deseamos regresar a la época dorada de los pitillos ya no es posible. Cuando en un bar era imposible cortar el humo que se oponía a nuestro paso, o al viajar en coche y fumar dos, ponerse aquello que apestaba deliciosamente. Se han marchado esos años en que Chandler el rey de las series negras describía con exactitud esas vainas que cada uno sacaba de su bolsillo para dar candela. Ahora vivimos años de nueva moral u odio en las redes. Señoras o señores que no fuman pero dicen cómo debería resolverse el mundo y cuantos cuatreros hay que matar. Como los polis argentinos de ayer:

“500 kilos de droga han desaparecido pues se lo han comido las ratas” Si hasta los polis ya son veniales. Nos imaginamos las ratas con tal pastel y bailando el rap más pesado y sediento del género humano.

¡No, no dirás que no! Seré tu amante bandido. Bandido. Si hasta Bose suena como un chico antes de entrar en la pubertad. Los tiempos líquidos son así. Sin tabaco, sin humo y con cientos de despreocupados ciudadanos que han reemplazado el humo y su vistosidad por la mentira creativa y el rap. Dirá el protagonista de Chandler:

—Sí, marrones. Sudamericanos, en una pitillera francesa esmaltada. (Pág 83, Idem)

Nosotros alegaremos: ¡la hemos visto! Era una pitillera de seda bordada, y la usábamos para dar candela. @Mundiario

 

 

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