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Los enterradores somos así, empecé a trabajar en esto por casualidad, un día me topé con Old Chevy en casa de mi abuelo, en un lugar destartalado, era como un almacén tiré de una lona y su corazón de metal apareció reluciente; como unos meses después venderíamos aquella propiedad, decidí dejarle en las Dunas.

Me llamo Bert Carrington, natural de un pueblo de Iowa, no trabajo y vivo de una herencia que administro con sabiduría en una vida modesta y que una parte he invertido en el solar de las dunas en la costa del Océano Pacifico donde están Old Chevy y sus amigos.

La Rawson

Hace unos días, me llamo su dueño, luego de largos titubeos confesó que se había peleado con ella. En su momento su pick up representaba la furia modernizada pero deseaba dejarla en paz, la había desnaturalizado en su obsesión por cambiar su rostro y volver a hacerla joven, y… “esos neumáticos blancos le chirriaban” —exclamó. Que por solo 1000 pavos me la dejaba. Le había llamado un tipo de Sant Louis que decía que yo enterraba furgonetas en un terreno al lado de la playa y que era muy legal y que no la trocearía, ni la vendería y en la conversación repitió sin cesar

—Fuck! Llévesela que tal vez dentro de unos años iré a verla

Abrí su puerta, me monte y un olor a desechos de sexo me advirtieron que allí dentro el camorrista que me la vendía por los 1000 pavos había follado hasta el cansancio, me di vuelta, para salir y camine dos metros para decir: ¿Ud. la usaba para…?

—Sí, con ella hacia el camino de los garitos de Los Ángeles, los que están cerca de la playa y al ver mi furgo, ellas se echaban dentro y me metía en las dunas que quedan más arriba y así cada noche, luego me case, monte este garaje y mi mujer al conocer la historia, comenzó a odiar a la Rawson. Por primera vez escuche el nombre de la furgoneta. Y el tipo siguió: he visto la web que Ud. tiene sobre las furgonetas que entierra. ¡Me encanta!

No dijo nada más. Volví a entrar y el motor rugió, estaba casi nueva, despedí al transporte y me dispuse a hacer los 500 km hasta las dunas. Los primeros 100 casi no hablamos. La Rawson repetía monótona un ruido estable y regular y yo transmitía una seguridad que aquel sería un espacio donde podría estar tranquila y ella me refería que fue un infierno la vida con su viejo dueño, que la paseaba como una yegua de la belleza hasta estirar sus faldones, o él menearse con mujeres flacas, extremadamente delgadas, de tetas grandes en los garitos de la costa. Y a todas las montaba en este asiento de cuero rojo sangre. ¡Un suplicio! –Gritó.

—Serás la primera mujer de las dunas –dije. Acompañarás a Old Chevy en un espacio que he fabricado para el fin de los sueños humanos.

Los otros 400 km fue silencio, dos bocatas, una cola y 300 dólares en gasolina de la cara. La Rawson dormitó casi todo el viaje con un motor que sonaba a gloria. En mi caso escuche música de carretera antigua, con Elvis mofándose de la vieja y estúpida América de los 50, cuando aún se escuchaban las melodías seductoras de Frank Sinatra. Esta furgoneta me transporto a los 50, a sus viejas cuentas con el mundo que dejo la II Guerra y el poder de América que moriría en Vietnam.

Y al llegar, vio las dunas, ni protesto, fue derecho hasta un espacio más elevado desde donde se ve el Océano Pacifico, cerré la puerta me hice la foto y La Rawson se durmió.

#La vida, y el pasado nos va dejando sus huellas, de las atrevidas noches locas de asfalto

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