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Hoy cambiamos de personaje en Death (mi próximo libro que aparecerá en junio): R Latimer -j re

R Latimer conocía a la familia que vivía al lado de su ex-esposa. Gente corriente que solía responder a su saludo con “un muy buenas”, nada más, salvo aquel día en que les dijo que se había divorciado y se marchaba a vivir a otro barrio de Barcelona. El padre le llevo a un apartado del ascensor y le interrogo de una manera fuera del pudor que habían mostrado, en sus encuentros de escalera:

— ¿Y dónde vivirá?

—En un piso del Ensanche, está cerca de la Rambla de Cataluña, allí las aceras y los bares se parecen a una gran ciudad. No sé porque dijo aquello del barrio, lo que dejaba atrás era el corazón de la Sagrada Familia y aquello no era tan feo. Su vecino dijo:

—Ya, que estará solo tal vez Ud… –y bajo la voz hasta ser inaudible. Ante lo cual, le pedí que repitiera la frase y con su mano derecha pareció agrandar el deseo: “¿me podría alquilar una habitación?” R Latimer se extraño de aquel tipo decente y bien entrado en canas, pero considero que sería una buena salida y por ello dijo una cantidad para quitárselo de encima tal como: “quinientos”. “Vale” –fue su respuesta, para agregar, “esta es mi tarjeta y en ella va mi e-mail. Cuando esté instalado me llama” —y se marchó.

A la semana siguiente, un sábado, su ex vecino le visito, serian las 21 horas y en el exterior el frio tardío de Enero limaba los corazones de la ciudad. Al abrirle pudo ver que le acompañaba una señora de 55 años, no muy alta pero llena de vida. Lo que más le impresiono fue su sonrisa que le hizo comprender la glotonería de su vecino. Se marcharon a las dos horas, pero el ruido y estasis de la habitación del fondo fue mayúsculo. R Latimer decidió salirse al bar más cercano ante tanto descontrol. Y… cada sábado se repitió la historia, sonrisa sabrosa, visita de dos horas y festejo sexual. Hasta que un día cuando ya se marchaba a su tradicional hora y media del bar para evitar escuchar el escándalo, ella salió con una bata roja abierta que dejaba ver un interior redondo y curvado cubierto por un satén del mismo color. No podía hablar, solo agitaba sus manos y su brillante sonrisa amagaba un miedo atroz. Ante su insistencia, le acompaño hasta la habitación, en el centro de la cama R. S. Sanz dejaba salir sangre desde un cuchillo que le entraba por la barriga:

— ¿Cómo ha sido? –pregunto R Latimer

—Me pidió que lo pusiera entre los dos y mientras hacíamos el amor perdimos el control sin saber cómo… ¡se le incrusto! R Latimer miro si respiraba, pero estaba muerto o casi. Decidió llamar a una ambulancia y a la policía, en tal descalabro, ella se sentó en una maleta a medio abrir llena de material sado. Al llegar los médicos certificaron su muerte, el puñal de plata fue quitado de su emplazamiento dejando una brecha enorme y le guardaron en una bolsa de Mercadona. A la señora se la llevaron a Comisaria. Antes de salir pudo intercambiar dos frases con ella:

— ¿Y ahora? –pregunto R Latimer. Al mirarle ella dijo: “le echare de menos, con Papitu nos reuníamos cada sábado desde hace veinte años”. R Latimer pudo pensar al ver cuando se alejaba:

#Los sábados carecen de sentido sin amor ni sueños.

 

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