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Amigos presento otro personaje que aparecerá en junio en mi próximo libro: R Firck -j re

El teléfono sobre un escritorio pequeño lacado en negro daba un pitido que mostraba como su dueño hacia un momento le dejaría descolgado. La casa vacía, el suelo licuado de el sol del Mediterráneo y al fondo un delicioso azul, de agua traída desde Grecia. Ella estaba adormecida y sus piernas entreabiertas, su cara mostraba una torpe expresión entre disgusto y deseo. ¿Por qué R Firck se había marchado? Tal vez, para ello nos deberíamos situar en la calle paralela a esta mansión, allí un bar de música nocturna hundido en la roca les había unido hace dos meses. Un buen alcohol y música untada con refriegas en sabanas de hilo donde estaba prohibido unirse, solo tocarse. Aquel crescendo de deseo les había llevado a respirar en un balcón abierto sobre el mar. ¿Quizás? ¿Tal vez? Y es probable que durante  varias noches seguidas. Para Firck la molicie y el aburrimiento habían dado paso a una ceguera a tal tentación y le colocarían en un discreto papel para pasar de  ser su partenaire en el sexo, pero sometido a unas reglas de juego: no te acerques, se suave, pon nariz con nariz, luego tu hombro en mi nalga, o mi pierna envuelta en tu lengua. Un sinfín de agridulces devaneos de aquella carne que le devoraba pero le impedía tomarla, someterla o subir por la escalera del paroxismo masculino. Y además cada noche la misma llamada y ese mandamiento: ¡sube ahora! Ante lo cual trepaba por las escaleras desde el bar vecino para repetir aquel sueño que le torturaba. Al abrir la puerta, ella estaba allí, distendida escuchando música y aquella puerta entreabierta por donde entraba la brisa del Mediterráneo, para llevarle en volandas al cenit. Era una cita que comenzaba la loca carrera de tocamientos, acercamientos y la ansiedad subsiguiente. Noches enteras de este verano raro y silvestre, le parecían un sueño del que no despertaba. Hasta que un día le cambio la hora de visita y tuvo que ir a las dos de la tarde. ¡Mal asunto! –pensó, con el estómago lleno y ¡tener que refregarme! Aquello no podría salir bien. Pero nada fue diferente, hasta que escucho el teléfono y ella dijo: “atiende tú”.

—Hola

— ¡Acaba con ella! Y… ¡ya!

— ¿Quién habla?

—Hazme caso y acaba con ella. R Firk dejo el tubo en el suelo y se vistió. De improviso ella pregunto:

— ¿Te vas?

—Casi

— ¿Por qué? No podía decirle lo que sentía, tan solo argullo o cuatro palabras: “estoy satisfecho… a medias”

—No digas estupideces –dijo ella

—Se me ha acabado la paciencia. Tanto jugar y jugar –su frase se escapo, ya no habría arrepentimiento.

—Solo el que juega admite perder –dijo ella

—A mí no me gusta perder –fue su la solida respuesta de Firck.

—Pues, esta vez si te vas, lo dejaras todo

—Prefiero amar cobijado en una isla, sin miedo, ni futuro, que ser arrastrado en esta ola de silencios.

—Eres tonto –su voz suave y melosa continuo con un… Te tenía preparada una sorpresa,  mientras se ponía de pie con el torso desnudo y sus afilados pezones aparecían cubiertos de pedrería azul incrustada. Él le miro y solo se atrevió a entender que era aquello que les unía: “¡solo puto sexo!” –dijo  en voz alta. Ella sonrió y solo respondió:

— ¡Vete! Siempre había entendido el amor de aquella manera, bueno casi siempre, con R Flick se acostumbraba últimamente a noches donde el golpe de las olas sumaba una cierta  complicidad. Hizo un esfuerzo y dijo: No, no te vayas, creo… que he comenzado a amarte. R Flick intento memorizar aquella escena y, ¿si regresaba sobre sus pasos? Y, ¿si le domaba a su manera? Y, ¿si le decía que aquella misteriosa liturgia y esos senos decorados de cristales le molestaban?

—Me voy –fue su respuesta. Aun quedaba sal en la mesa, aun las dosis de aventuras futuras podían esperar. Aun, sentiría la llamada torturándole. Al marcharse pensaría una frase larga e impronunciable:

#El amor salvaje carece de estímulos. Cuando te mordisqueo en la oreja, en mi caso, luego necesito fe. 

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