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La Gatti deambuló por la estación Central de Nueva York. La tarjeta ponía U Faber, taxista. Solo tenía en su espalda una mochila, aunque hacia horas que había llegado, no reservaba para sí más que ganas de ducharse y que le llevaran hasta ese departamento alquilado por un mes. ¿Se quedaría o se iría? Las preguntas a la Gatti le daban igual, hacía años que cambiaba de lugar y se dejaba llevar. Se había teñido de gris claro lo que le hacía más joven y esbelta. Su vestido lleno de flores le daba un aire a holandesa y judía.

­_ ¿Ud. es Gatti? Preguntó un taxista con una camisa blanca y suave acento cubano. Ella giro y su explosiva mirada dio por supuesto que el tipo llegaba tarde. U Faber señalo la salida y el coche de taxi de Nueva York. Al subir ella le dio la dirección de aquellos apartamentos que daban a Central Park y salieron. U Faber miro de rabillo y sus piernas atrapadas en una falda que dejaba escapar unas suaves ligas de seda más arriba de la rodilla le intrigaron. ¿Será la moda? —se preguntó. El viaje fue rápido. Al bajarse La Gatti, miro hacia arriba como captando que la planta 40 era su destino, luego se volvió a U Faber y dijo:

—¿Tiene chicles?

—No. “Deje el coche y me los sube a la 40 E”. Gatti llego al piso y se dio una ducha. U Faber golpeo la puerta y esta se desplazó invitándole a entrar. Recorrió el pasillo hasta dar con el lavabo y mostro un paquete de chicles de sabor menta fuerte. Ella salió de la ducha y se tapó con una toalla, luego abrió los chicles para mojar tres y con suavidad arrastrarlos por su pierna hasta más allá de la rodilla. Luego le miró para decir:

—Si atrapas los chicles con la lengua, sé que Nueva York es mi casa. U Faber se agacho y comenzó a subir la lengua bordeando los laterales de su pierna izquierda, al atravesar la toalla un golpe en la cabeza le dejo frito. La Gatti busco las llaves del taxi, le desnudo y se vistió de taxista. Luego le dejo amarrado en la cama con un cartel.

Si aguantas hasta la noche verás una recompensa. La Gatti conocía a U Faber y sus líos de faldas por una amiga que había estado hace un año, pero no pretendía hacerle daño. Desde pequeña soñaba con ser taxista en Nueva York. ¡Ese era su día!

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