6ba37cef417929c25654f73820076db1

¿Qué quieres chico? –preguntó. Soy Ron Cortez y vengo a cobrar lo que tu novio me estropeo hace dos días. Ponte estas braguitas rosas. La mulata se desnudó quedándose vestida con lo que le había dado. En aquel barrio los gritos no llamaron la atención, ni siquiera la lluvia ni la tormenta que estallo a los pocos minutos. Caía agua abundante y las calles parecían ríos. Solo me asome para ver como aquella tormenta se tragaba el Pontiac y dos cubos de basura, pero seguimos juntos toda la noche mientras ella repetía una canción que comenzaba con un son:

Macita cubana quiero, ¡eh!

Macita cubana, ¡sí!

Aún recuerdo aquel día como si lo estuviera viviendo otra vez. Mi Pontiac se fue por la garganta calle abajo de ese barrio de Caracas arrastrado por el agua en una tormenta infernal. La mulata aguanto esa noche tratando de convencerme que me fuera pues no recuperaría nada. Ni los dólares, ni los documentos del coche, ni el Pontiac. Al final desistí y me marche.

Han pasado tres años y Caracas está llena de vendedores de historias para sobrevivir. Y gobierna un guasón alto que se pasa todo el día gritándole a Rajoy. He decidido marcharme, del país y dejar a la salsa que la frían otros. Antes de irme he visitado a la mulata de aquella época. Al tocar el timbre entre abrió y metí mi zapato derecho y empujé, para decir:

Macita cubana quiero, ¡eh! Ella sonrió y estiro la mano para señalar donde dejar mi dinero. Luego dijo:

_Tu eres aquel que el agua se llevó el Pontiac y ahora vienes a por… Ron Cortez sonrió para ver como ella se quedaba con unas braguitas rosas y caminaba hacia una habitación. Al entrar tres loros gritaban en sus jaulas, el ruido era ensordecedor. La cama crujía como si fuera de la última compra del súper y ella sudaba mientras sus senos le apretaban la cara. La cama subía y bajaba como si fuera un acordeón. Aquello duro unos minutos hasta que Ron Cortez gimió. Luego ella le empujó hacia un lado. Fuera la lluvia estallaba de nuevo arrastrando barro y miseria. Ron Cortez encendió un pitillo, estaba sudado, su camisa verde rajada y rota,  y miró en dirección al armario, arriba una matrícula roja, brillante comenzaba con UBX y acababa en 13. ¡Era la de su Pontiac!

Salto de la cama y fue hasta la cocina cogiéndole del cuello y para arrastrarla hasta el garaje. Allí estaba su Pontiac flamante pero pintado de rosa.

¡Las llaves! —gritó. La mulata no se atrevió a decir nada y señaló un bolso. Ron Cortez estaba hecho una furia. Abrió el portón y poniendo en marcha su coche antes de salir dijo: ¿Por qué?

_La pechuga cuesta cara en Caracas. –dijo Ella. El Pontiac entro en la calle y el agua saltaba por encima. Ron Cortez bajaba esquivando todo lo que arrastraba ese rio. Un cuerpo dio en el parabrisas y sus ojos aguantaron unos segundos mirándole para desaparecer. Ron se mantuvo firme y buscó la carretera que llevaba a Colombia, a San Cristóbal la última ciudad antes de pasar la frontera y se prometía que con sobornos y sangre pasaría al otro lado para dejar Venezuela. Dentro del coche tres loros volaban sin parar, bajo una ventanilla y salieron fuera. ¿Llegaría con esa gasolina?, la cabeza le daba vueltas y repetía:

Macita cubana quiero, ¡eh!

 

Notas:

Me comentaron en San Cristóbal, una ciudad venezolana a unos 40km de la frontera, que desde la terminal de autobuses salen unos coches destartalados cuyos conductores gritan para atraer clientes “¡Cúcuta, Cúcuta!”, que es la ciudad colombiana que hay al otro lado de la puñetera línea divisoria, y además cobran cuatro perras mal contadas. Link Blog

3 DÍAS EN AUTOBÚS de VENEZUELA a COLOMBIA con menos de 100 DÓLARES

Anuncios