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—Harry —dije, ¿Qué haces ahí?

—Nada —dijo el espejo. No hago más que esperar. Espero a la muerte.

—¿Y dónde está la muerte —pregunté

—Ya viene —dijo el otro (pág.209 El lobo Estepario, Herman Hesse)

En el Padrino III su protagonista M. Corleone regresa al final de sus días al pueblo donde surgió su familia. Es un camino en sentido inverso. En ese cruce se confiesa a Juan Pablo I que fallecería en extrañas circunstancias. Ante el aparece el precio de los errores acumulados y la conciencia. Corleone intenta reconciliarse con la buena vida, aquella que construimos en la fe ciega a ser buenos solo con actos de amor. El futuro Papa hace de espejo. La aldea de su familia hace de espejo. A veces pensamos que el regreso a la juventud -que ya escapo, es una posibilidad latente, pero los actos en la vida marcan el paso a una madurez sana y libre.

En Don Corleone observamos como lentamente se va despojando de sus mil caras para dejar ver su soledad, su traición a su proyecto de vida. El asesinato de su hija en las escaleras de un teatro da un último golpe a este juego de espejos. Deberíamos preguntarnos, sea la edad que sea la que nos acompañe, si en el juego de espejos que es la vida estamos siendo honestos con nuestro destino vital, aquel que marcara cada paso, cada sueño, cada intento y luego se diluirá. Pero antes de ese momento mágico, podemos hacer muchas cosas, una de ellas, tal vez la más necesaria: es recapitular y cambiar si es necesario, la valentía.

 

Notas:

“El tema de la película es qué hacer con las ruinas de la gloria. Y sobretodo qué hacer con la conciencia. La respuesta es, de nuevo, muy pesimista: no hay nada que hacer” Ver Link

Solo para cinéfilos: La ruta de Corleone Link

Solo para aquellos que tuvieron una vida italiana en sus genes:

¿La gente ruda hace un país? Tal vez logra afianzar un estilo de vida. Los días se suman unos a otros. Las tardes monótonas se juntan y suman en aciagos domingos de pueblo. La ideología es situar a la prole en la nueva sociedad. Mi Nona Francisca compraba el diario todos los días, allí aprendí a leer en términos periodísticos. La brutalidad fue desfilando en letras de molde y con ella discutimos -desde su visión italiana- el nuevo mundo. Con mi otra abuela Domenica recite el padrenuestro y descubrí la magia. Con dos pases curaba empachos, nervios, etc. El escenario vital era visto desde el sentimiento, desde el espíritu que emigra pero sigue fiel a sí mismo. Pasaron los años y tuve el placer de conocer a su hermana en Italia. Me llevo hasta una aldea en el techo de Italia –los Alpes. En su casa fui testigo de las fotos que entre el mar espumoso y cruel habían intercambiado. Esta mujer cálida y tímida me recordaba a aquella que había dejado atada al sentimiento. Entre ambos mares la ruda separación construía una amarga nuez de frágil fruto.

 

 

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