La curva plana de la longevidad aparece cuando no atendemos a los signos de infelicidad. Es como si sobre nosotros se abatieran  los inmensos tratados de salud que nos diagnostican una enfermedad. Y ya caídos en este síndrome recorremos los hospitales o espacios donde nos recetan. Si… aceptémoslo, la enfermedad es precedida por la infelicidad. Cada vez estoy más convencido que al abandonarnos, nos atrae una suerte de castigo corporal que aparece como dispuesto a dar con nosotros. Es un virus o una dolencia del corazón que contagia nuestro físico y se adelanta en nuestra mente.

¿Qué podemos hacer para estar frescos? Alegres. Satisfechos con las pequeñas diabluras de la vida y remar con ellas.

Tal vez, lo primero es tirar por la borda todos los males que nos rodean, esas pequeñas esclavitudes que nos hablan de un pastel amargo, de una siesta mal sentida, de una caprichosa hermana o familiar dispuesto a que le sirvamos en mérito de una unión genética. Es aquí donde debemos escapar a nuestro destino. Es estar, pero no aguantar, es escuchar, pero no dar uno el primer paso, es besar pero no quedarse unido a aquella dificultad.

Si ya sé, Ud. dirá, Estimado Juan, hoy te has permitido beber y ser egoísta. Tal vez. ¿Hacemos una lista?:

Dejare de beber o fumar lo que resulta tóxico

Dejare de soportar a mi suegra si ella no se reduce a ser una buena compañía

Dejare de escuchar a mi hijo hasta la exasperación si él no es capaz de ir a terapia

Dejare de saludar al vecino si es un tirano y al pasar a mi lado ¡Gruñe!

Dejare de echar polvos y amaré para cruzar mis labios con ella o él sin pensar en correrme

Dejaré… ¿Sigue Ud. la lista?…

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