Pocos autores en español trascienden la conciencia política de sus libros porque a la mayoría le trae al pairo el prójimo mientras no sea un personaje de sus historias

Carlos Zanón artículo publicado en El País

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Si usted quiere ser escritor de novela negra evite sonreír en las fotos. Ponga cara de malote, de hombre curtido en unas calles que dirá conocer como la palma de su mano. Si además es usted mujer sepa que el precio de ser escritora de ese género es que la llamen dama del crimen cien veces por mes y la reúnan con otras escritoras en mesas redondas, antologías y avances de novedades de prensa. La imagen es importante, impostada e importada. Uno ha de poner jeta cincelada en el cemento porque se le presupone que conoce la dureza de la ciudad y, por ende, de la vida. Sonreír es quitar la credibilidad a lo escrito y mostrarse insensible con los que sufren las desigualdades de este sistema con el que, por otro lado, el escritor —cualquier escritor— participa encantadísimo: publico, vendo y, de poder, me arrimo hasta conseguir un premio.

El canon fotogénico es importado, anglosajón. Delincuentes (Bunker, Himes), pirados (Ellroy) o misántropos (Highsmith, Thompson) mientras que la mayoría de nosotros somos vecinos afables, yernos entrañables y extrovertidos cobardicas. Gentes siempre muy de orden: funcionarios, periodistas, abogados y policías, mucha, mucha policía, como decía aquella canción. Para muestra, los festivales de novela negra, lo más parecido a unos ejercicios espirituales que pueda usted conocer. El aspirante a escritor negro debe señalarse como siempre concienciado de las lacras que pergeña el capitalismo, con caída de ojos de comunista decepcionado mientras recoge el pase bajo el aro de la novela social, ese ente del que todo el mundo habla pero nadie leyó. Pocos autores en español trascienden la conciencia política de sus libros (Cristina Fallarás, Paco Taibo, Kike Ferrari, Montero Glez, Guillermo Orsi o Juan Madrid) porque a la mayoría le trae al pairo el prójimo mientras no sea un personaje de sus historias. Cosa en absoluto nefasta ya que aquí el crimen es aburrir y no el no poder optar a candidato a Las Uvas de la Ira del Año.

La seriedad en el semblante vendrá, a poder ser, acompañada por foto en callejón o ciudad de paredes grises. Esos son dos elementos a tener en cuenta. La idea de que el escribidor de turno ha sido sorprendido de vuelta de una noche complicada, ya al alba, en el lumpen del centro de la ciudad y la idea de que la metrópoli es siempre una protagonista más de sus novelas.

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