A veces los grandes fabuladores se retiran y desde allí se ríen de nosotros. José Ángel Ordiz es uno de ellos –y su amistad, me ha permitido publicar esta joya de varios capítulos para inaugurar MasticadoresLatino. Cada semana nos visitará con un cuento de Relatos Impíos. ¡Gracias Ángel por tu amistad! -J re crivello

Adelanto fragmento… el jueves continuará en MasticadoresdeLetrasLatinoAmerica

XI Premio de la Crítica de Asturias, 2010 Capítulos: Nunca seremos ángeles.  Los gatos.  Mañana por ti.  Breve historia de un hombre pequeño.  Canción de Nazareno.  No tengas miedo.  Palabras para nadie.  El fin

Nunca seremos ángeles

 “Mientras seamos nosotros, tan cercano a veces el cielo, ese mismo cielo tan lejano, nunca seremos ángeles” Versos de “Poemario incendiado” Mateo García

 La seguían los recuerdos y los perros mientras dejaba atrás un pasado de hijos muertos y soledades.  Desde uno de los riscos del pico Manodiós, el cabrero mellado, despeinado por el ábrego del día estival, advirtió la presencia lejana de la mujer y los perros en la curva de los barrancos, otro de los recodos del camino que conducía al pueblo de alta montaña donde él había nacido, la casa heredada de los padres una vivienda más de piedra en la que buscaba refugio cuando abandonaba la cabaña del aprisco para comerciar con los vecinos y emborracharse en el chigre, que también servía de tienda. Valdés, el enjuto cabrero cincuentón, desde la distancia, reparó en los cabellos de fuego de la mujer y en el hatillo que portaba al hombro.  Mucho más cerca de ella y del pueblo, sentado en una llábana con las piernas flexionadas y cruzadas, la flauta y las manos en reposo sobre los muslos, el hijo de Rosendo observó que la mujer se detenía, miraba a su alrededor y finalmente se salía del camino y se dirigía hacia el arroyo. Mientras los tres perros bebían, la pelirroja de rizada cabellera fijó la vista en la pequeña cascada que formaba la corriente de agua que parecía proceder directamente del cielo. La mujer dejó el hatillo junto a los romeros y saúcos de aquel paraje frondoso, se agachó para desatarse las abarcas y después, ya descalza, se quitó el sayo claro que vestía y avanzó desnuda hacia la cascada, puro cristal durante los fríos invernales. Tragó saliva el hijo de Rosendo, la mirada subyugada por los pechos y el vello púbico de aquella mujer madura pero tan hermosa aún. Extasiado por la visión de la desconocida purificándose en el agua, el flautista se percató demasiado tarde para intentar la huida de que los perros de la extraña, de pelaje pardo y más grandes que lobos, se habían alejado de la dueña y ahora lo rodeaban a él dispuestos a tarazarlo en un instante pues ya le mostraban los colmillos y gruñían.  El camino se bifurcaba a la entrada del pueblo; un ramal conducía hacia las casas de la parte baja,

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