“El Terry´s caffe en South Dakota, donde escribía postales para mis amigos de Minnesota. Querido Phil, estoy en South Dakota, en dirección a Nueva México. Estamos a finales de julio.” Natalie Goldberg pág. 147, el gozo de escribir.

A veces las rutas nos llevan por espacios que parece estuvieran esperándonos, los escritores (y los humanos en general) tenemos bares donde nuestra identidad se asoma. Allí tan solo bebemos un café o escribimos, o tal vez creamos las próximas aventuras. La fina escritora Natalie Goldberg lo tenía en una larga ruta donde algunos han desaparecido, no así el Costa Coffe shop de Owatonna, en mi caso hay dos: el Zurich de Barcelona sitio donde pasé mi época hippie y como lagarto me estiraba bajo el sol y ahora es visitado por cientos de turistas que se hacen fotos y el Plantaciones en Vilanova. Al Plantaciones ahora lo han remodelado y se llama wurtz pero los vecinos de la Ramblas le siguen teniendo en su itinerario al decir: vaya hasta la esquina del plantaciones y luego gire a la derecha.

Dicho esto, estas iglesias de la vida nos permiten crear un mundo de intuiciones, rivalidades y traiciones. A veces la colonia de amigos de más edad pareciera convencernos que es posible otra vida. Pero allí, en su interior tramamos muchos asesinatos. Dice la Goldberg al respecto:

“Escribir en un café puede servir para mejorar la concentración […] Es un poco como distraer a un niño pequeño con bromas […] mientras le introducimos una cucharada de manzana rallada”.  Nadie duda que esta autora era fanática de escribir en esos templos, en mi caso es el espacio de describir, allí concentro las energías que me llevarán a un siguiente momento donde me zambulliré en las traiciones de la vida: señores peinados con poca agua y disgustados, señoras que llevan el perrito entre sus senos, jóvenes que ríen e intuyen lo que vendrá, camareros ociosos (los bares de Buenos Aires aun los mantienen), tipos maniatados en la parte baja que les impide descubrir si la vida es sexo o represión, mujeres talentosas que dentro el volcán atrapa muchos fracasos. Y la larga lista escaparía a nuestras observaciones. Por ello escribir es previamente observar y degustar.

Ayer dos alumnos de 11 años que escriben (y ellos no saben que soy escritor) uno de ellos me comentaba:

“Sabes Juan, en estos tres días he escrito un libro de 20 páginas”. No pude menos que pensar: ¿habrá visitado algún café?

Nota

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