Los personajes de la novela generalmente pertenecen a una de tres categorías: los que tienen corazones disciplinados, los que carecen de un corazón disciplinado, y los que desarrollan corazones disciplinados en el tiempo. David Copperfield (Wickipedia)

A veces esperamos que la vida te envíe a freír espárragos y por alguna causa vuelves a estar en tu sitio. Esta tensión entre espacios donde parecemos fracasar y los que nos dan el equilibrio es una apuesta muy sutil. No hay un librito mágico como el libro rojo de Mao o la mini constitución de Maduro. La vida es más sutil que provocadoras lecciones referidas a los actos; la vida es una cambiante y continua inteligencia emocional para acertar en los encuentros que suman o los que nos degradan. Suponiendo que las drogas no afecten a nuestras decisiones, la libertad del que estamos construidos es una atractiva y seductora responsabilidad, pero la ejercitamos en continuas tensiones ante motivos tales como la amistad, el cuidado de nuestros hijos, nuestros amores, o la responsabilidad ante el mantenimiento de nuestros día a día.

Muchos relatores dan consejos. Infinidad. Pero en nuestro interior salvaje y oscuro solo nosotros decidimos con quienes aliarnos o de quienes separarnos. Estas inquietudes del alma desarrollan el corazón disciplinado que define Dickens en Copperfield.

“Peggoty —le susurré meditabundo una noche mientras me calentaba las manos en el fuego de la cocina—, el señor Murdstone me quiere aún menos que antes. […]

—Puede que sea por la pena —dijo ella acariciándome el pelo.

—Pero yo también tengo mucha pena —dijo David Copperfield. (1)

El estado salvaje de nuestros amables monos que nos precedieron no suponía que la cultura y las emociones abrirían en nosotros delgadas capas de inteligencia emocional. Es más le superpusieron a ese estado original. Caminar con ellas es un atractivo que fascina pero impone la lucha por amarnos y saber amar a los demás.

Esta coexistencia es un secreto que cada humano guarda en su cajita intima. Y a veces se agita demasiado. Al escribir percibimos esos vientos del sufrimiento. Otras veces no.

(1) Pág. 187 David Copperfield, Charles Dickens.

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