Andrea Kowch pintura

“Si algún talento tengo es el de hacer enojar a la gente. Echo una lluvia de orina sobre el mundo, y en tales casos, el mundo nunca tarda en ofrecer reciprocidad” F Nietzsche (1)

R provenzal hizo los 100 metros que le separaban de la panadería. Entro con paso rápido y seguro. Pidió un tipo de pan que hacen tres al día, pago y al darse cuenta de que la panadera le miraba raro se estiro como un pavo en época de celo. Luego –dijo:

_ ¿Ve Ud. la tele a menudo?

_A la tarde, cuando preparo la comida de mi marido que trabaja hasta la noche, y se la dejo en una mesilla muy cerca de la entrada.

_¿Ud. ve en aquel algún recuerdo?

_Si se parece a un tío que visitaba la casa de mis padres y me regalaba tres caramelos ácidos.

_ ¿Es rara la vida? –pregunta R Provenzal, parecía que se le escapaba su autentica angustia crecida en esa casa grande de la esquina, con flores y las persianas bajas de día y noche.

_No es, como le diría… para mí es un cruce de continuas quejas y algo de amor

_¡Y de sexo! Para R Provenzal, un varón lleno de musculatura, de 45 años y soltería antigua el sexo era una propuesta desorganizada a la que accedía en las páginas amarillas. Marcaba un numero, venían le limpiaban el piso y por ultimo un servicio extra, dejaba recompuesto su curiosidad. Era nuevo, lo regenteaba un chino de mirada socarrona y que respondía siempre igual. “Ya sé lo que usté querer”.

_A veces el sexo es una partida solitaria. La voz de la panadera le trajo a la realidad. R Provenzal miro su sonrisa de platino. Se detenía poco a observar las señoras casadas, las imaginaba en el paraíso del amor, rodeadas de cambalaches de propuestas eróticas diarias de sus inefables maridos. Aunque cuando iba al gimnasio sus colegas le decían aquello de “que bien te lo montas, ¡eres libre hasta para tomarte tres cervezas y…” Esta última letra se llenaba de multitud de propuestas. Pero ¡que caray!, los solterones eran una cifra irrisoria en el hábil mundo de casados y divorciados, y estaban mal vistos. Como si ocultaran un apetito de emboscada, o fueran esquivos para arrimarse a calores emocionales. Por ello dijo.

_Ud. piensa que es mejor ¿un marido o un oculto paraíso? ¡Que había dicho! Un palabro de origen cristiano lo había metido entre ella y el. Entre esta panadería y la que quedaba un kilometro más abajo donde por cierto un día dijo también una frase y acabo con la dependienta en la cama y un amor raro, desigual, que aumento su fobia a ser presentado en público como “el amor de”.

_Lo oculto está esperando detrás de la sonrisa. Y, ella escribió en el billete de 10 Euros un número. R Provenzal lo miró. En su mano el billete tenía multitud de números que bailaban, y pudo ver sus ojos marrones, su peinado de rizos, su bata blanca con un cartelito que decía: Mar Fernández. Giro la cabeza mientras una señora mayor le metía el carro en la cadera. Luego se detuvo en la puerta y agito el billete. Ella sonrió desde adentro. Las panaderas caminan siempre en un territorio especial, la de los clientes normales y algunos apetitos de seres individuales que persisten en rechazarles. R Provenzal había abierto una vía de sueño y Mar Fernández respondía con un teléfono que imaginamos dos días después, reproduciría este dialogo:

_He marcado por error su número –dijo R Provenzal-.

­_Es el mío ¡El que Ud. Desea! ­­–dijo Mar Fernández

_A veces deseo y otras rechazo

_Hoy me dirá Ud. que está solo y quiere hablar de sandeces

_Quizás

_Estoy esperando que la olla a presión comience a sonar y mi soledad sea fuego –dijo Mar-

_Al fuego le mantiene vivo un hombre que reside en el Paraíso

_Y si apago el fuego, y deja de pitar la olla, y me cambio y digo que voy hasta la casa de la vecina para mirarme un vestido y le visito una hora y en ese tiempo no hablamos –responde Mar.

_Solo masticaremos chicle

_Si

Notas

Pag. 144 f Nietzsche Mi hermana y Yo, Edit hacer, Año 1980

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