“Los bosques —de donde la gente siempre había recogido combustible, fruta y el bambú con el que reparaban sus casas—se habían convertido en zonas prohibidas, vigiladas por hombres vestidos con el uniforme de alguna compañía semimilitar privada” (1)

Hablar de la privatización es como meterse en los tipos conformistas de izquierda que afirman: todo es un cenagal y con solo eliminar el capitalismo habremos solucionado nuestros males. La frase que abre este artículo esta en Tiempos líquidos de Zygmunt Bauman y aunque coincido en mucho con él, aquí manifiesta: “que la masa de seres humanos convertidos en superfluos por el triunfo del capitalismo global crece sin parar” (2). Y aunque es fácilmente comprobable este fenómeno, el capitalismo global a diferencia de aquel que conocíamos a mediados del siglo XX lo único que hace es poner en la carretera aquellas desigualdades previas de ámbito nacional. Ahora las esparce. Logra que millones de seres humanos busquen una salida a sus vidas. Pero… ya no tomaremos el Palacio de Invierno. O al menos esa no parece ser la solución.

La máscara del capitalismo incuba cambios, es difícil predecirlos. Uno puede construir un discurso de izquierda al estilo Podemos en España y le aplaudirán. Tal vez hasta logre algún escaño. Pero la imparable máquina del cambio capitalista (o del tardo capitalismo) busca otras vías, si regresamos a El capital, allí la universalización del valor (o sea convertir al planeta en capitalista) ya se ha logrado.

¿Y ahora de que se trata?

De una lucha público-privada? Tal vez no. Podríamos decir que vamos en varias direcciones:

a) Salvar al planeta de su colapso. O sea convertir a la Tierra en un gigantesco ser humano que se autorregula y recicla

b) Evitar que la libertad colapse bajo las ambiciones de los populistas que solo explican las bondades de su paraíso para hundirnos en la fe ciega.

c) Asumir que los individuos deben vivir y convivir como decía Stuart Mill, dando a los demás su cuota de felicidad y no apropiándose de ella.

d) Lograr una comunidad de mujeres y hombres más equilibrada abandonando el dominio de sexos que arrastramos desde que éramos monos.

e) Dar el salto fuera de la Tierra. Dar el salto fuera de nuestro cuerpo físico. Dar el salto a una comunidad de humanos, animales y robots.

Las tareas que nos esperan son arduas y el capitalismo es aquel que mejor se adapta a nuestra piel. Es nuestra máscara vital, a la que irremediablemente regresamos cuando decimos que deseamos escapar de él.

Por ello, tal vez sea mejor asumir que de lo que se trata es de reconocer que nuestra piel es nuestra identidad y cambiarle será más fácil. La sociedad líquida es un primer intento de asumir que los intercambios presiden nuestros destinos y que haber abandonado el reino animal nos desposeyó de máscara y decidimos rellenar ese espacio con religión, fanatismo, guerras. Hemos fracasado en esos intentos por cubrirnos, por mostrar nuestra nueva realidad.

#Los humanos conocidos han llegado a su fin.

Notas:

(1)Jeremy Seabrook, Podwer Keg in the slums, The Guardian, 1 sep de 2004

(2) Pág 45, Z Bauman, Tiempos líquidos