“Tomemos un ejemplo. Supongamos que, en un momento determinado, cierto número de personas trabaja en la manufactura de alfileres. Trabajando –digamos– ocho horas por día, hacen tantos alfileres como el mundo necesita. Alguien inventa un ingenio con el cual el mismo número de personas puede hacer dos veces el número de alfileres que hacía antes. Pero el mundo no necesita duplicar ese número de alfileres: los alfileres son ya tan baratos, que difícilmente pudiera venderse alguno más a un precio inferior. En un mundo sensato, todos los implicados en la fabricación de alfileres pasarían a trabajar cuatro horas en lugar de ocho, y todo lo demás continuaría como antes. Pero en el mundo real esto se juzgaría desmoralizador. Los hombres aún trabajan ocho horas; hay demasiados alfileres; algunos patronos quiebran, y la mitad de los hombres anteriormente empleados en la fabricación de alfileres son despedidos y quedan sin trabajo. Al final, hay tanto tiempo libre como en el otro plan, pero la mitad de los hombres están absolutamente ociosos, mientras la otra mitad sigue trabajando demasiado. De este modo, queda asegurado que el inevitable tiempo libre produzca miseria por todas partes, en lugar de ser una fuente de felicidad universal. ¿Puede imaginarse algo más insensato? (Russell, 1932).

“Todo parecía buena idea: producir allí era más barato, se deshacían de los problemas laborales, podían aumentar el beneficio para los accionistas y además ganarían a medio plazo un gran mercado, el chino. Esta estupidez salió mal”. Esteban Hernández El confidencial

Y salió mal, pues vemos una gran concentración de la riqueza en manos de unos súper ricos. El modelo se ha disparado las Elites acumulan tanto poder que pocas corporaciones mantienen las decisiones en sus manos. Hemos generalizado el modelo de China al mundo. Con ello han caído los salarios de las zonas más ricas, la socialdemocracia ha estallado y solo le votan en España (donde aún ser de izquierda es una definición personal de vida o muerte)

Y el pleno empleo solo es posible en Alemania con un salario mínimo de 1400 Euros mes, pero que en Serbia o Bulgaria es de 300 y en España de 790 Euros mes. Estas disparidades han aumentado las diferencias dentro de la Unión Europea, pero han despertado una emigración masiva hacia las zonas más ricas, por ejemplo el salario medio en Cuba es de 10 dólares al mes o el promedio de Africa que va de 40 Euros a 200 Euros en Marruecos.

Con ello vivimos una centralización del capital tan aguda que hasta el Fondo Monetario ya lo advierte, y los salarios tan bajos aumentan la desigualdad convirtiendo al mundo en China y disparando hacia zonas más alejadas la producción sustituyendo a China como tractor mundial de la producción.

Ello han comenzado a disparar las presiones proteccionistas, y el ascenso de los partidos ultraderechistas. ¿Asistimos al fin de la socialdemocracia? Es probable, pero la civilización que se aproxima es impredecible, entre ella la quiebra de los sistemas de jubilación de la Europa rica. Por ejemplo España, con un déficit de pensiones del 1,5 % del PIB y una clase media agobiada por la presión fiscal. Sanchez quien gobernará ya no podrá usar la deuda como Zapatero, pues desde aquel lejano socialdemócrata a este hemos pasado de 400,000 millones a 1 billón de deuda.

Las decisiones serán duras. ¿Dejaremos de hacer alfileres? Rebajaremos las jubilaciones hasta un límite razonable como insinúan algunos economistas, o como dice el economista Santiago Niño Becerrra:

“Será una era de precariedad laboral. Al nuevo modelo al que nos dirigimos cada vez es menos necesario el trabajo. En parte, está provocado por el desarrollo tecnológico que está sustituyendo el factor trabajo. El volumen de producción estaba antes en el centro del sistema capitalista, pero ahora se está desplazando hacia la productividad, la eficiencia y la flexibilidad. Y esto tiene implicaciones muy profundas. La única manera de adaptarse a este contexto es devaluar salarios. El trabajo cada vez valdrá menos. El mismo puesto de trabajo estaba mejor pagado hace diez años. Habrá entre un 10% y un 30% que vivirán muy bien manteniendo sus puestos de trabajo vinculados a las grandes corporaciones. El resto de gente no lo pasará bien”. Link a El Economista

La máscara de la igualdad socialdemócrata habrá caído.