Amigos, aquí vivo y escribo, el Garraf, el Penedés -j re crivello

Clara amaba hasta un diminuto tallo de perejil. Luego se murió este verdor y se quedó muy sola. Ya ni atrevida, a veces intensa, dejo caer sus nalgas en una silla de color marrón, de madera y paño desgastado. En ese mismo espacio se había montado en un antiguo amor. Y sentir que uno se despoja en tan poco espacio es una aventura efímera. Ella había descorchado una botella de tres cuartos, tinto, oloroso. Del Penedés. Sin fama de gran vino, pero nacida en una viña donde las ondulaciones de la tierra acaban en el mar. En sus ricas villas costeras de Vilanova o Sitges. Muchas veces al estar ebria, las tres botellas a sus pies le vestían de miedo, de quedar borracha y necia ante el cumulo de hombres que deseaban vaciar su malhumorada caja de esperma. A todos les había rechazado. Menos a uno o dos. Eran el pasado. Eran fuertes espasmos, de risa, de fetiche, de paseos por el viñedo de sus abuelos, de sus padres, en suma, propios. Ni siquiera el trozo de pan, el aceite y el ajo, en una bandeja a su lado le cerraban el vientre. Tenía apetito. De amar, de follar. Pero desde esta silla donde veía una pradera verde que se rompía en la autopista a Barcelona, se decía: “Ni me atrevo a confesarle que le amo -desde los 5 años”. Como cuando en la esquina de la plaza se tocó su mano, desprevenida, en mi vello. Desde ese increíble y absurdo día no le vi más que de tanto en tanto. Cuando era invierno y la viña estaba seca y los terrones de tierra se rompían casi juntos al fin de la hacienda. Por las tardes le podía observar poner estacas donde las antiguas.

Nada era tan falaz como amar desprevenida de gracia. Nada era tan increíble como desde esta silla dejarse abandonar en el sueño de alguien que no sabía que le rodeaba cual avispa llena de miel y silencio. Sintió un leve sonido. El timbre de la puerta grande dejo escuchar un murmullo. Desde aquella entrada irregular hasta su posición eran pocos metros. Y, en tan solo unos segundos detrás, escuchó: “Hola”. Un tipo alto y frio estaba en el rellano. Clara no se inmuto, o intento disimular como su corazón latía despejando traviesas de ferrocarril. Abandonada a su suerte, respondió al intruso que imaginaba en aquella Hacienda que estaba en sus sueños. “Hola”.

_Tu padre me ha dejado pasar –dijo él.

_¡Ah! ¿Qué te trae por aquí?

_Te parecerá idiota, pero mi tío me dijo que estabas en la casa y me dije: Iré a saludarla

_Podrías haber usado el teléfono –dijo ella.

_Sí. Aunque me intrigaba saber cómo te había ido en la ciudad durante estos meses. –dijo, para agregar: ¿estabas allí desde diciembre?. Aquella pregunta dio vueltas, mientras ella seguía en su sitio y el de pie, brotándole la angustia. No se sintió mal. Es más, agarro una silla y la puso casi enfrente de aquel archipiélago que ella había construido. Le miro y sonrió. Ella retiro la pierna izquierda que flexionaba encima de la silla y presa del pánico, inclusive sonrió. La sed de agua del viñedo en un julio relleno de masas de sol y violentas olas de calor, daban a las hileras verdes de racimos y hojas un sentimiento pasado. Pero estaba vivo y dispuesto a madurar antes de septiembre. Ella pregunto:

_¿Haremos la vendimia juntos? El estiro su mano hasta dejar que rozara en su piel. Otra sonrisa brava e indecible volvió a salpicarles. En esta tierra de cálidos inviernos y veranos violentos -de sol, la vid rodea con su extraña pericia a sus pobladores. Ellos tejen creyendo ser los dueños de la espuma de sus caldos, pero la madre tierra hábil les convence de estar quietos unos con otros. Luego, los lazos de amor se empecinan en encontrarse y a someterse. Testigo es, el agua que bulle en la playa. Cada segundo, cada porfía de brillante sed les obliga a anudar grandes destierros en Barcelona -del que Clara regresaba cada cierto tiempo o, asomarse al amor o, a redondas noches de vital y autentica sesiones de piernas entrecruzadas hasta el alba.

Clara sintió que él ahora estaba listo para el compromiso. Se quitó el chicle. Y le besó. La planicie de vid se agitó ante la brisa que venía del mar.