Esta semana amigos, nos vamos al territorio de la ficción. abro este libro publicado en unión a Ana Fernández. 90 páginas que se pasarán volando. por las tardes regresaré con alguna de mis escrituras de ensayo. saludos y buena semana j re

« ¿Qué tripa se te ha roto?»

by Ana Fernández

El sonido de mi móvil me despertó del húmedo sueño en el que me encontraba gozando con mi vecino del cuarto, y con  la misma cantidad de mal humor que si me cortasen el momento erótico en la vida real, miré la pantalla para saber a qué loco de la vida se le ocurre llamarme a aquellas intempestivas horas de un día no laborable.

— ¿Qué tripa se te ha roto Martita?

—Nena, tienes que venir corriendo, ha ocurrido algo.

— ¿Estás bien?

— ¡Yo sí, corre, ven lo más rápido que puedas!

Me giré en el borde de la cama, buscando mis bragas —que había dejado tiradas en el suelo— y con ellas en la mano fui al baño. Me senté en el váter con los codos apoyados en las rodillas y la mirada perdida en los azulejos —Dios no recuerdo la última vez que los limpie —exclamé. Me puse las bragas y me enfunde en el chándal de los domingos y las zapatillas de deporte. Cogí las llaves del coche y mi viejo bolso. El ascensor tardó una eternidad en llegar.

— ¡Venga por dios!

Por fin en el garaje, cogí el coche y salí a más velocidad de la recomendada. La casa de Marta estaba en las afueras. Frené y pegada al portero automático que daba acceso a la pequeña finca que la rodeaba y accione el botón de llamada.

— ¿Quién?

— ¿Cómo que quién?, ¡Marta coño, que soy yo!

El portón de entrada se fue abriendo mucho más lento de lo que yo hubiera querido. Entré despacio y estacioné en la puerta que ya se abría dejando paso a una imagen aterradora. La ropa de Marta estaba llena de sangre y en la mano derecha llevaba un enorme cuchillo de cocina.  “¿Qué demonios…?” “Acabo de matar a Juan Re” —dijo mi amiga.

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A lo Bertín

by J. re crivello

A los pocos minutos cinco coches de la policía rodeaban la casa. Mi amiga Marta había cometido la imprudencia de llamar a los detectives de la famosa Comisaría de J. Wert y él estaba como si fuera una ráfaga husmeando la cocina. El cadáver no estaba y esa era su mayor preocupación, aunque yo pensaba que era fabuloso, sin muerto este sabueso no tenía tema. Pero el interrogatorio desbarrancaba, mi amiga estaba sentada en un sofá de telas rosadas, yo en una silla a su lado y el poderoso Wert decía como un loro sin pelo y antiguo:

—Dice Ud. que estaba justo en la zona donde la cocina se amplía al estilo del programa Bertín Osborne?

—Sí —dijo Marta angustiada. Mientras todos razonaban que faltaba un cuchillo y la huella de sangre daba a una ventana trasera por donde creían que el muerto había saltado.

— ¿Por qué le hirió? Marta dejó caer unas lágrimas y con frío en el alma no fue capaz de responder, solo se oía un lento murmullo repetido: «Eso es algo privado». Wert dio varias vueltas tocando aquí o allá los muebles y volvió a contraatacar:

— ¿Desde cuándo le conocía?

—Hace unos meses le vi en un bar y me acerqué a charlar con j. re crivello sobre uno de sus libros, fue muy interesante, estuvimos un rato conversando mientras el reía a cada nueva anécdota, su desolada vida cuando niño, o las tías que le protegieron cuando su madre desapareció y su padre recorrió pueblos en el interior de una provincia rica en vacas y trigo. Luego quedamos para hoy.

—Y hoy ¿Cómo fue el suceso?

—Es un asunto privado. Marta insistía en arremeter contra ese momento que les había unido. Y de allí no salíamos. Wert viendo que no tenía muerto, ni arma, ni móvil decidió retirarse, aunque su decisión la explicó de una manera extraña. Le extendió un papel, le hizo firmar una nota donde afirmaba que el suceso había ocasionado un gasto a  la Hacienda Pública y  le enviarían una factura. Además le ofreció presentarse a la Comisaría si recordaba algo.

Y agregó:

—Daremos parte de su desaparición y a la prensa diremos que está vivo, pero se hace el muerto. Y… tal como llegaron los coches patrulla, se marcharon.

Marta y yo limpiamos la cocina y me quede a acompañarla toda la mañana, luego me fui a casa.

«Te has salvado por poco».  La mirada del médico J. Ran era muy cauta, le explicó a J. Re que la hoja del cuchillo le había esquivado el bazo y penetrado en una zona blanda. Que tanta sangre era normal y que el parche que llevaba le aguantaría unos días, pero debía hacer reposo. ¿Irás a tu casa? —preguntó J. Ran.

—Si voy me echan a la calle —dijo J. Re.

— ¿Por qué te sableó? Tú no eres putero, ni te da por salir de tu casa —agregó.

—No puedo contártelo, es que aún no lo he asimilado.

—Si quieres puedes ir a mi casa pequeña, la del lago, yo llamaré a tu mujer que estás escribiendo. J. Re no respondió, por su whatsapp escribía febril.

#Wert vendrá a por mí  #Es un cabrón que no quiere en su distrito ni una falta.

 A los segundos un mensaje entró como un rayo.

#Eres un capullo, y firmaba Marta.

En la ciudad se hacía de noche, una tenue llovizna regaba la playa y el telediario dejaba caer una noticia fuera de contexto:

«Desaparece un escritor en extrañas circunstancias, deja un rastro de sangre y se lleva el cuchillo afilado de la marca Sniff en su cuerpo». El Jefe de Policía Wert declaró: «encontraremos al muerto que se hace el vivo».

 Por primera vez la ciudad se ríe de su famoso Inspector —fue el comentario general.