Fred Law abrió la carta escrita en el año 1900, el tono había cambiado, ella le sugeria una mujer más hecha quien escudriñaba lo que sentía su marido y no aceptaba recomendaciones sin sentido. También flotaba un deje de amargura ante tanta lucha y las ilusiones pospuestas. Volvió a releer en voz suave. El bar Pilsen estaba solo, la luz se asomaba por el ventanal donde hace unos días le viera. Su tarea en Berlín no encontraba solución y tan solo los días aciagos se sucedían uno detrás de oro. Bebió, leyó:

¡Querido Dziudziu!Realmente  -¡eres  fantástico!  Primero  me  escribes  una  carta  en  el  tono  más  odioso  y  cuando  yo  respondo  naturalmente  en  forma  breve y desganada, tú afirmas: “tu tarjeta postal está escrita en un tono que quita las ganas de responderte en detalle!…”Además,  no  te  das  cuenta  de  que  toda  tu  correspondencia adquiere sistemáticamente un  carácter  tremendamente  fastidioso;  su  único  contenido  se  reduce  a  una  aburrida  y  pedante  prédica,  como  acostumbran  ser  “las  cartas  del  maestro  al  querido  discípulo”.  (1)

Las cartas al discípulo, menuda reacción —pensó. Las mujeres se suman a los amores pero a veces estallan ante cómo les tratamos. En América esta relación entre hombres y mujeres era más pareja, pero él era un recién llegado a esto. Joven, inexperto, con una juventud que le empujaba por el mundo, de repente sentía una conmovedora solidaridad con esta mujer. Leyó otro poco:

“Todo tiene su origen en tu vieja y mala costumbre que se hizo notar en Zurich desde el principio y que ha echado a perder nuestra vida en común. Es tu mala costumbre de hacer de mentor, que te has asignado tú mismo y en la que pretendes aleccionarme y asumir el papel de educador”. (1)

Law no conocía sobremanera el alma femenina, pero un educador aparecía como una superficie que gastaba cualquier relación. Debía verla de nuevo. Debía insistir que las cartas le pertenecían y entregárselas. Pero como encontrarla. ¿Dónde? Salió del Bar Pilsen y marcho hasta donde solía estar un compañero americano que también hacia tareas de inteligencia. Le pudo ver apoyado en la barra de un restaurante barato dos calles más abajo. Le saludo y su colega respondió al verle con cierta confusión, fue al grano.

—¿Si tu tuvieras que contactar con Rosa Luxemburgo donde lo harías? El tal Ludwig Wart solo dijo una especie de frase que parecía escapar de una carnicería de salchichas.

—Ve a un bar con ventanas azules cerca del Landwehrkanal. Allí es probable que el dueño sepa lo que debe saber. Solo pide una Lager. Luego di: “la lager de Landwehrkanal es muy buena”.

Una hora después y tras pasar dos controles llegué a ese bar. ¡Hice el estúpido!, con aquella consigna. El dueño no vendía lager y me dejo beber un largo rato. Al cabo de dos horas, casi sin hablar me señalo que pasara por un estrecho pasillo, luego saliera a un patio, abriera una puerta al final del patio, para dar a una calle, en línea recta, debía buscar el tercer edificio. Subiendo las escaleras, de todas las que viera, una puerta gris era lo que buscaba.

Al llegar a la puerta gris ya era casi de noche. Golpee dos veces y pude ver como Rosa apareció. No estaba sorprendida. Me hizo pasar y me pregunto:

—¿Ha leído mi libro? Quise responder que tan solo me obsesionaban sus cartas pero improvise al decir

—Me interesa mucho y me gustaría comentar con Ud. cada día algunos pasajes.

—¿Cómo cuál?

—La crítica a Rodbertus

—¡Ah! Mi autor preferido. Y fue hasta un bolso de donde saco unas copias escritas a máquina, llevaban muchas correcciones en rojo. Luego me las puso en mi mano. Su belleza al estar cerca crecía hasta rodear el pequeño círculo de aquel piso destartalado que iluminaba una bombilla de pocos watios. Y leí: “lo que determina las crisis reside en el hecho de que la renta de los trabajadores representa, con el progreso de la productividad, una parte cada vez menor del valor del producto” (2) Le mire, luego ella dijo:

Si vemos que la productividad se refleja cada vez más en la riqueza de unos pocos, la sociedad se escindirá en ultra ricos y una masa de asalariados. Surgirá  una sociedad de guetos para defenderse de los desposeídos.

—¿Ud. cree en la igualdad? —pregunté. Sus ojos brillaron. Una media sonrisa despertó aún más mi curiosidad. Golpearon la puerta, al abrir un tipo pelirrojo, de gafas pequeñas sin patillas, con bigotito a los lados y de ojos vivaces, pero delgado, saludó. Ella le nombró por Karl, pero no me lo presentó. Me marche, nos veríamos al día siguiente a las 16.

Notas:

  • Cartas de amor de Rosa Luxemburgo Cartas de Amor de Rosa Luxemburgo Traducción: Rosa Dubinski y Guillermo Israel Diagramación: Salvador López Portada: Vanessa Cárdenas3ª edición Buenos Aires, 2015Gracias a Isabel Loureiro Reimpresión Quito, 2017 Esta  publicación  fue  apoyada  por  la  Fundación  Rosa  Luxemburgo con fondos del Ministerio Federal para la Cooperación Económica y Desarrollo de Alemania (BMZ).
  • Rosa Luxemburgo. La acumulación del Capital