“Los muertos”, Dublineses

(Fragmento) Traducción de Edith Verónica Luna

Su propia identidad se fundía en un inasible mundo gris; aquél mundo sólido en el que alguna vez estos muertos se habían criado y en el que habían habitado se disolvía y menguaba.

Los breves golpes en el cristal le hicieron volver los ojos a la ventana. De nuevo, había comenzado a nevar. Observó, adormilado, los copos titilantes que caían en diagonal a contraluz frente al farol. Le había llegado la hora, debía iniciar su viaje hacia el ocaso. Sí, los diarios tenían razón: nevaba en toda Irlanda. La nieve caía en todos los rincones de la sombría planicie central, sobre las colinas pelonas; caía delicadamente sobre la ciénaga de Allen y más allá del ocaso, delicadamente caía en las oscuras y sinuosas olas del Shannon. Caía también en todos los rincones del solitario camposanto de la colina, donde yacía el cadáver de Michael Furey. La nieve yacía densamente acumulada en las desvencijadas cruces y en las lápidas, en las lanzas de la pequeña verja, en los estériles espinos. Su espíritu se desvanecía despacio mientras escuchaba la nieve que caía débilmente a través del universo y débilmente caía, como el descenso hacia su destino final, sobre todos los vivos y muertos.