Me marcho a la carretera. El viaje es de ficción o de verdad, nadie sabrá si voy en busca de asfalto o atravesado por el final de julio, el calor insoportable me envía a beber cerveza y reducir mi vida a un despelote.

La carretera tiene algo de vía muerta donde nos anestesiamos. Ahora pagas y subes o bajas del autocar o te guía una señor o señora que te cuenta cual es la última roca y quien piso, o meo en ella. Hace poco hice la ruta salamanca – Madrid. En un coche del 2010 que bramaba sin parar, a 140 de promedio. Y conducía. Mis colegas, eran cuatro y regresaban de ver piedras e historia. El machacón sonido de la fiebre por llegar al final me recordó aquellos viajes de los 70. No era naif, era cemento y agua ardiente, era juventud de veinteañero y coches o camiones que me guiaban con autostop, tren bus o caminando.

Nada es más vibrante que viajar sin saber dónde acabará tu vida. Fueron dos años. Puedo decir que ¡yo lo hice! No miento. No cuento viejas renuncias. Vi parte de Europa, México, Colombia, Bolivia, Brasil y Argentina.

Cuando uno cuenta esos espacios conquistados por la ansiedad de sumar historias, necedades, sorpresas y algún amor uno reduce su conocimiento a lo explosivo.

Explosivo que generan las personalidades que nos acompañan segundos, días o meses.

Del material explosivo se cuece la vida. ¿Se cuece?

Con ustedes en los próximos días: Ruta 66