Me levanté casi al alba. Mi hora física distaba de seguir la horaria, en la isla todo estaba en otro mundo. Me lave un poco en un hilo de agua que desembocaba en el mar. Luego opte por mi desayuno exclusivo, cocos mañana, tarde y noche. Estaba todo listo para emprender un largo viaje, decidí caminar hacia la derecha, cargaba tan solo una bolsa ligera y un saco de dormir. Me preguntaba si seria capaz de llegar hasta la montaña donde crecía una fumarola negra y viscosa. Opte por seguir el riachuelo pues suponía que me llevaría hasta la zona alta. ¿Viviría alguien en este espacio en medio del océano?. Intuía que estaba solo y alejado de espacios de comunicación y transporte. El riachuelo si no se moría, era la primera linea que me llevaba de la playa hacia la montaña del humo.


En mi cuaderno de 100 paginas donde antiguamente apuntaba los gastos familiares, decidí quitar las hojas y dejar un gran espacio en blanco.
La subida en los primeros 3000 metros fue suave y tranquila, gane altura y desde allí pude divisar los contornos de este lado de la isla, por detrás del volcán no podía imaginar que podía encontrar. Me senté, era mediodía, estaba fatigado. El sol desapareció y una violenta tormenta regó el paisaje hasta dejarme empapado. En aquel espacio de soledad las ideas navegan con fuerza, sin proponerlo recordé una frase de Ortega y Gasset:
“no hay creación estatal si la mente de ciertos pueblos no es capaz de abandonar la estructura tradicional de una forma de convivencia y, además imaginar otra nunca sida” (1)

“¿A que venia esta historia?” -me pregunté. En esta soledad, el Estado era una desaparición astuta y cruel al triunfar la naturaleza. Los humanos nos protegíamos por estos castillos de miseria artificial para no ser sometidos por el más fuerte. Pude abandonar mi pensamiento… pero recordé que un ideal más longevo, más antiguo tal vez, sería el futuro de la Humanidad: las ciudades interconectadas. ¿Volveríamos a las tribus? O esas serian el símbolo de la fe en la convivencia, ya más ajustadas a las necesidades del ciudadano. Levante una piedra y la tire en dirección a una arboleda que despejaba un camino hacia arriba, vi que rebotaba y se perdía detrás de unas delicadas flores tropicales.

#A veces ni en una isla estamos libres del ataque que nos pide un escarmiento#

Notas.

(1) Pág. 201 La rebelión de las masas. Ortega y Gasset