Desperté y el sol estaba fuerte y grande. Había decidido dormir en una cama hecha a media altura encima de un árbol, intente seguir los consejos de un tipo que se mataba cada día en la televisión. No fue tan difícil construir el manto de hojas verdes; al mirar a mi alrededor me encontraba varado en una explanada de unos 50 metros, hacia atrás el camino con el riachuelo que iba al mar, por delante otro ascenso que suponía atravesar un bosque para dar con el comienzo de la base del volcán y en los laterales se abría un antiguo sendero que corría cerca del riachuelo. De comida, en esta zona nada, ni siquiera los famosos cocoteros, pero llevaba aun algunos de ellos y desayuné, también pude cargar con agua mi cantimplora. Aquel tipo de la tele, que regresaba a mis recuerdos continuamente, insistía siempre que llevar agua era fundamental. Pero no tenía donde poner más. Puse pie en el comienzo de aquel camino y vi que se abría paso con soltura hacia la derecha, pero su ascenso era lento en dirección a la cima, aquello me recordó, un libro sobre la cocina de El Quijote. Cuando uno más cocos come, más recuerdos alimenticios crecen —pensé-. Era una copla que referida a algo así:

Hago yo mi olla
con sus pies de puerco
y el llorón judío
haga sus pucheros (1)

Y camino a un paso de un volcán, sus estrofas sonaban raras, ni había judíos, ni pies de puerco, aunque algunos cerdos del monte pude ver correr arriba y abajo. Pero ¡como matarlos! Como acercarme a un bicho que corre como un demonio, con un cuchillo pequeño, ni siquiera en los programas del tipo de la tele pude ver cómo hacerlo. ¡Lo bien que vendría un puchero ahora! Era mediodía y el final del camino me dejaba en otro rellano, abierto, sin muchos árboles y al final pude ver una choza. No era muy grande, estaba en un lateral, desde allí un precipicio abrupto permitía ver el mar. Di un par de vueltas y no había nadie, me acerque con cuidado, todo estaba abandonado. Dentro tres camastros antiguos, una cocina de leña, y ¡cuchillos! Por primera vez alguien estaba aquí, o algún naufragio anterior los deposito. Mire y pude ver una fotografía con tres personas, una pareja y una niña, la clásica foto de familia que era tal vez antigua. Decidí instalarme. Desde la puerta a la izquierda se podían ver dos tumbas. ¿Y el otro miembro?
Algo no encajaba. En el interior de uno de los camastros encontré una libreta, muy cerca de una especie de ventana, la abrí en el último día y señalaba diez años atrás; ¡imposible! -pensé-; de nuevo se alejan los posibles habitantes de esta isla en el tiempo. La cerré y la abrí en la primera página, en lápiz con letra alargada y ruda, decía:

Hemos llegado a esta explanada. Estamos bien. Con grandes esfuerzos hemos arrastrado hasta aquí lo que teníamos en el barco.

Nota:

(1)La cocina del Quijote, Lorenzo Díaz, página 57, cita de Quevedo. Edit. casa del Libro