By Juan re-crivello

El infierno indio es parecido al de la esquina de casa. Las maletas de los que se van son escasas y sus abrigos raídos están a la espera de encontrar otros asentamientos. A veces cuando me asomo a la ventana veo aun un mísero taxi discutir sobre el precio del trayecto. Las grandes urbes del perdido Tercer Mundo están abarrotadas de escenas del final de la vida, pero sus habitantes se empeñan en seguir participando de esa extraña literatura. Me refiero a un macuto estrecho y unos favores sexuales entre dos. De ellos al escapar una lagrimita se supone que los hijos futuros serán un espacio de aquel abigarrado estilo. Mugre, sed de cariño, un chusco de alimento.

La cara de los pequeños se acerca al cristal de la Gran Estación. Ella les provee de brazos, de sueños. Podemos escoger, el de un ahijado del Mandarín caído en desgracia, que viene a ver a su tío que posee una fortuna, pero le dejara en una pocilga del extrarradio por no recordar afectos ni vergüenza.

En la esquina esta la copula nocturna y hasta el kiosco de baratijas para el transeúnte. Solo en la noche descansa el monstruo. El ruido de los trenes se calma. Los rateros que medran se van más allá de los 40 kilómetros. Nada queda alrededor. Todo se muere. Hasta los santones que daban fe de la salvación duermen, olvidados de su papel de servicio a ellos mismos y a su Dios. Es en ese momento cuando bajo hasta el epicentro descrito. Detrás dejo un cuarto roto, donde caben mi máquina de escribir, la maleta, un libro de mujeres desnudas y prietas. Y un cepillo para peine y dientes con mis pastillas para la epilepsia en su interior. Digo, bajo hasta allí y recorro las cuatro calles, la gente está dormida o ida. Solo queda abierto un bar, el Railway Station.

Le atiende un sij, alto, recio y de mirada alimentada de gas marrón. Este tipo me sirve en una mesa -desde donde veo la entrada de la estación- dos salchichas y una ensalada, un poco de pan y una Cola del país. Acostumbro a comer una vez al día. Como desearía amar y tener sexo una vez también. Pero las mujeres no aguantan mi soledad, ni mi hastío, ni mis ganas de desgarrar el momento en que ella se monta o yo me dedico a pasar la lengua en la piel a préstamo. Por ello pago a una prostituta. Me baila una danza del vientre inventada y fea. Me ceba su libido sin ganas y se va. El sij me ha retirado el plato. Sabe que quiero un güisqui y un cigarro. Luego le pagare. Al salir, me detendré a mirar como la gran burbuja que sale de la manguera se lleva la porquería que rodea la calle de la entrada. La piedra brillara en gris o negro. Y yo brillare de manganeso y sal. De lo que, contare los días hasta acabar con tanta angustia.