Agosto -18: Don Lisandro y su teoría de la legión de los malditos by Claudio Nigro

Hoy me desperté como siempre temprano, pero había tenido una noche de sueño incierto y discontinuo; las noticias del ámbito político nacional de los días anteriores me quemaban la cabeza, no lograba digerir la precariedad de la oferta de “supermercado” que nos vendían los políticos de turno.

Mientras tomaba mi desayuno, mi señora me observaba como gesticulaba y salían palabras de la boca sin sentido aparente, entonces ella me dice:

-Alberto, ¿porque no terminas tu desayuno y sales a caminar?; así te despejas, ¡bah! digo, no sé qué te parece — expresó con algún grado de fastidio.

Tal vez así dejas hablar sólo como un loco — sentenció finalmente.

-Si amor, voy a hacer eso, tal vez pueda despejarme (un poco) — contesté con la cabeza agacha y cierto grado de resignación, porque más que una recomendación, pareció una orden.

Levante la taza y los cubiertos, los dejé sobre la mesada de la cocina, me arreglé un poco y partí hacia la calle en búsqueda de aire fresco para calmar mi ansiedad.

Había caminado unos 2km, cuando me cruce con Don Lisandro, que estaba sentado en la puerta de su casa tomando mate como siempre.

Era un personaje típico de pueblo, piel curtida por el sol, con más arrugas en la cara que un perro Shar Pei, sus manos sentenciaban la dura vida que llevó; todos lo conocían por sus profundas reflexiones, sorprendentemente certeras porque apenas sabía leer y escribir.

-Buen día Don Alberto, ¿qué pasó, lo echaron de la casa? — me dijo el viejo, y ahí nomás soltó una carcajada.

– Don Lisandro, es que la patrona dice que ando como loco malo y (me) mandó a pastorear un poco ¿sabe? — le contesté con una sonrisa.

– Venga pa’cá, siéntese un rato y tomemos unos matecitos así conversamos, ¡tal vez, (así) se le pase la mala yerba! — el viejo zorro ya estaba percibiendo mi estado de ánimo.

– Sabe que pasa Don Lisandro, es que anoche después de ver los noticieros y los programas políticos quede envenenado; ¡no puedo soportar tanta hipocresía de estos mierdas!; nos quieren dar aspirinas para el cáncer, ¿me entiende?

Y ahí después de un breve instante que se quedó mirando fijamente y sin pestañear, se fregó el rostro como si fuera la lámpara de Aladino, como algo mágico comenzaron a brotar reflexiones que sorprenderían a más de algún intelectual.

– Mire Don Alberto yo tengo 78 años vividos en esta bendita tierra, y jamás pude pasar de aquella puerta — señaló hacia lo lejos con su dedo.

– ¿Cual Don Lisandro? — pregunte inocentemente, ya pensando que el viejo estaba desvariando.

Que cosa me está señalando mi viejo, no le entiendo — le remarqué
– ¡mi’jo!, lo mismo que Ud. no ve, tampoco lo ven esos personajes que Ud. critica; y como no lo ven tampoco te lo dan, por eso nunca pasé de pobre — sinceramente hasta ese momento no entendí que me estaba diciendo. Amigo — continuó, ¡yo no ando pidiendo plata! ¡No!, nada de eso ¡Nunca lo hice! solo quería educación y trabajo pa’ poder ganarme el pan; pero a cambio ¿Que nos dan?, miseria pa’ que sólo seamos unos pobres mendigos y así poder llevarnos cargando las miserias como burros a la montaña, calladitos y a paso firme.

Con la boca casi abierta, me acomode en pequeña silla matera para escuchar con más atención hacia donde llevaría esta conversación. Continuó el viejo sabio, casi sin interrupción salvo para dar algún que otro sorbo al mate lavado.

-Le viá’ decir más, porque se me ha calentao el pico, ¿sabe? – continuaba el viejo. Muchas veces me tira el cordón del garguero pensando como nos oscurecen la memoria, te fusilan sin piedad, siembran enfermos, les sirve el luto, salen a cosechar orejas tibias.

Estas arrugas en la cara son de tanto fruncir el ceño por esta gesta de miseria de todos estos años. ¡no! mi amigo, lo que Ud. ve ahora es de antaño; ¿sino como ellos viven?

Cada diente que me falta en la boca me lo han reemplazao por la semilla de la ignorancia pa’ que le plante en mi cabeza; ¡já! Eso ellos creyeron — sentenció nuevamente.

Tenemos una miseria crónica, nos dan ladrillos y chapas para que construyamos nuestras propias cárceles, ahí quedamos aislados, en silencio y con esperanza hambrienta al cuidado de esta legión de  los malditos — giró levemente la cabeza como señalando su casa para que vea el ejemplo de lo que él me estaba diciendo.

Un silencio profundo se hizo presente, yo con la mirada anonadada; él, observando al piso, movió su pie derecho enfundando en una vieja alpargata de soga, removió un poco de tierra, como buscando una esperanza perdida o enterrada.

Levantó su mirada luego de unos minutos y me dijo:

-Quiere otro matecito, así no se me va rengo; ¡ja ja! Espero no haberlo dejáu con el coco más revuelto que como lo trajo.

Sonreí, y contesté, luego de tomar el mate lavado

-Muchas gracias Don Lisandro; ¡fue un verdadero placer! — le di la mano y retomé mi caminada, mirando hacia ese lugar donde su dedo sentenciador me había marcado; ciertamente no había nada y había todo.

Me brotó un sordo deseo de prometerle al viejo sabio que cuando llegue el día su partida lo enterraría allá lejos detrás de esa puerta que mi propia limitación no dejaba ver.

Mientras caminaba recordaba esa expresión tan certera: “La legión de Los Malditos”; llegó a mi memoria ese momento una frase que alguna vez leí:

 “… no es casualidad que la destrucción de los recuerdos sea una de las medidas típicas de la dominación totalitaria”, que si mal no recuerdo era de Juan Bautista Metz Ciertamente — pensé—, las derrotas, las muertes, la esperanza hambrienta, son el fetichismo de estos Héroes que reinan La Legión de Los Malditos.