Agosto -19: En el altillo by Diego Sergio Miranda

Ese día tenía una terrible migraña, en realidad hace años que la sufro. Pero ese día fue distinto. Al momento fue una sensación adormecedora, caliente en la parte de atrás de la cabeza y caí. Lo próximo que recuerdo es despertar con un dolor intenso y una sed insoportable.

            — ¡Agua! —grité—. ¡Tengo and sed!

            —¡Auxilio, ayuda! —Otra voz gritó—. ¿Dónde estoy?

            Una tercera voz susurrante, nos dijo que nos calláramos.

            —¿Dónde estoy? ¿Quién es usted? —preguntó la primera voz.

            —Shhh… No sé dónde estamos, solo sé que es un altillo.

            —¿Cómo Sabe que es altillo? —interrumpí y la tercera voz siguió explicando—. Lo escucho caminar ahí, debajo nuestro. Ya mató a dos ayer, mantenga la voz baja para que no venga por nosotros también.

            Poco a poco mi nuevo amigo —la tercera voz— nos contó que estábamos con los ojos vendados y que no sabía cuánto tiempo llevábamos ahí.

            Al segundo día o, mejor dicho, después de varias horas desperté y noté al momento que ya no tenía los ojos vendados, pero aun así no veía absolutamente nada.

            —Amigo ¿estás ahí? —susurré

            —¡Auxilio! —Una voz distinta gritaba en angustia. 

            —Shhh… Por favor no grites, no voy a hacerte daño —exclamé en un grito ahogado

            —¿Quién habla? ¡Auxilio, auxilio!

            —No por favor, estamos en un altillo y…

            La puerta se abrió. La silueta de un hombre apareció y se llevó a rastras al nuevo. Yo permanecí en silencio, como si el terror me hubiese robado el sonido. Afuera llovía y yo estaba solo en la más tangible obscuridad, en el altillo.

            — ¿Dónde estoy? ¡No me puedo mover AUXILIO! —Una nueva voz gritaba—. ¡Auxilio, ayuda!

            Esta vez guardé silencio, la cuarta voz que había sido arrastrada por la puerta, nunca volvió y no sé cuándo, pero las otras dos también desaparecieron. Yo ya perdía la cuenta de cuantas siestas había tomado. La falta de comida y agua me habían debilitado, la nueva voz seguía gritando por ayuda. Mis ojos entreabiertos, casi adivinaron otra vez la misma escena; solo que esta vez escuché la voz del perverso: «Volveré por ti».

            «¡Esa voz! La conozco, pero ¿de dónde? ¿De quién es esa voz?!», me dije.

            Varias siestas pasaron ya, quizás cuatro o cinco. No sé. Encontré algo de agua y comida al despertar. Mis labios resecos y con manos temblorosas bebí. Entonces decidí que era tiempo de terminar con esta pesadilla.

            —¡Auxilio, auxilio! ¡Ayúdenme, aquí en el altillo!

            No bien la puerta se abrió y la silueta se asomó, me abalancé sobre el desgraciado y lo sujeté por el cuello.

            —¡¿Por qué maldito por qué?!

            Entonces escuché su voz otra vez.

            —Estamos listos…

            ¡Esa voz, su voz, mi voz! —Tuve tantas siestas callado en la oscuridad que olvidé mi propia voz—. Estamos listos para salir a la luz…

            Parado frente al espejo, mirada inerte, escucho una voz que viene desde el altillo.

            —¡Auxilio, ayuda por favor!

            Parado frente al espejo sonrío y él vuelve a decir:

            —Estamos listos…